Carta al conductor que me pitó tres veces en la subida de Campoamor

Campoamor-light

Autor de la foto: Joaquín Moreno

Ya se notaba desde el inicio de la cuesta que, con tu vrrrruuuum vrruuuum, tenías algo que decirme.

Yo seguía a mi ritmo de bici, dejándote a mi izquierda todo el espacio que podía por si hubieras sido una moto u otro vehículo pequeño pero no, no cabías.

No puedo ni quiero tomar el riesgo de acercarme más a la fila de coches aparcados a mi derecha.

Y llega el primer pitido.  Te entiendo, te escucho, y me empeño, pero no dejas de soltar tu irritación con un segundo pitido que casi se pierde con el ruido de tu motor.

Es una suerte que no puedas adelantarme en esta calle estrecha, que estaría yo tragando todo el humo de tu coche enfurecido, cuando más oxigeno necesito.

Y casi llegamos al final de la calle.  Yo todavía más animada a la vista del semáforo en verde, a unos pocos metros. Y tú soltando este tercer bocinazo que me quita toda la energía.  Me desinflo como un globo, mis piernas dejan de funcionar y mi bici se para en plena cuesta.

Miro atrás, con cara de desánimo que dice “no se puede pitar”, “no se puede faltar tanto el respeto a una bici que está en su sitio en el tráfico”.

Sales del coche para hablar conmigo, y me encanta.  Tenemos tanto que decirnos.  Pocos son los conductores que se atreven a dejar el ámbito protegido de sus coches.

Me dices que vives en Basilea y que allí eres ciclista.

–    Pero ¿por qué no lo eres en Madrid también, donde tanto te necesitamos? ¿Y te pitan los coches en Basilea?
–    No, porque no voy por el centro del carril.
–    Pues, igual allí tienes la suerte de tener tu propio espacio, en forma de carril bici…

Y yo, que siempre llevo copias de la normativa… ¡Se me acabaron todas!

Como me ves secar unas lágrimas que se me caen por las mejillas (tengo alergias que empeoran mucho con la contaminación), piensas que me has hecho llorar y no sabes cómo disculparte.  Me hace mucha gracia.  Y a ti se te quita toda la rabia. La adolescente que iba en el asiento pasajeros de tu coche, tapándose la cara por la vergüenza que tenía de viajar contigo, ahora nos mira con cara de incredulidad.

Como el semáforo se vuelve a poner en verde, y para no retrasar al tráfico que se nos va acumulando por detrás, tiramos para adelante.

Pero creo que a los dos nos hubiera gustado seguir charlando detrás de un buen café, buscando juntos maneras de convivir entre coche y bici.  Hubiera escuchado tu desesperación por tener que ir a tan poca velocidad. Te hubiera podido repetir cuánto duelen los pitidos a los oídos que no van protegidos por la cáscara de un coche, y lo grosero que es el mensaje que conllevan (“¡Quítate de allí, que me estorbas!”).

Pues, verás la cantidad de soluciones que hay:

  • Muévete en un vehículo más pequeño, que montado en bici, por ejemplo, me habrías adelantado sin problema.
  • Quitemos una de las dos filas de coches aparcados.  Así recuperamos espacio para darles a los peatones la acera que se merecen, quedando espacio para la bici que, además, podrá circular sin miedo a la repentina apertura de puertas.
  • O elige un recorrido por calles más anchas, dejando las calles tranquilas para el tráfico más tranquilo.

No sé si me leerás, o si me leerán los que inevitablemente van a tener que seguir subiendo esta cuesta a ritmo de bici, porque, hasta que se quiten unos coches de las calles, no tenemos más remedio que compartir el poco espacio que queda, de la mejor manera posible y con mucho respeto el uno por el otro.

Me pongo a la búsqueda de un blog para automovilistas, que son a quienes realmente se dirige esta carta.

Saludos y ánimo a todos los que compartimos la vía pública.

Clarice Woitrin Bricteux