Centauros del asfalto

El centauro es, como todos sabemos, un ser mitológico. Mezcla de hombre y caballo, aúna la fuerza animal con la inteligencia y raciocinio humanos. Es condición del ciclista, al pedalear por la ciudad, poner los pies sobre el suelo y ser consciente tanto del peso de su cuerpo en las plantas de los pies como del calor y presión de sus manos sobre el manillar. Es en esos instantes cuando me siento algo centauro yo también. Este ser híbrido entre peatón –que camina- y conductor de vehículo –que se desplaza sobre ruedas- que somos los ciclistas nos confiere un modo de sentir la ciudad peculiar y distintivo. De algún modo, los motoristas se podrían asemejar a nosotros, pero el ruido y vibración del motor que tienen entre sus piernas aniquilan esta sutil percepción. A los ciclistas, como a los peatones, tocar suelo nos confiere un vínculo especial con el espacio en el que vivimos, nos hace tomar conciencia de nuestro cuerpo constantemente, pero lo extraordinario de los ciclistas es que lo hacemos sobre la calzada, un lugar frecuentado mayoritariamente por máquinas que, aun cuando no lo percibamos de manera consciente, suponen una amenaza. Es sutil, pero muy real. Recuerdo que ésta fue una de mis primeras grandes sensaciones cuando comencé a utilizar la bici en la ciudad (además, por supuesto, de las de vulnerabilidad y lentitud): la intensidad del asfalto bajo mis pies y el goce de convertirme, día a día, en un ser mitológico.

 

Centauros -y centáurides- que pedaleamos mientras nuestra respiración se acelera y nuestra mente estudia velocidades y trayectorias, analiza objetos moviéndose o se deleita con la forma en que las nubes anaranjean el cielo. Seres humanos -mezcla de animales y ángeles- que se encuentran, a través del pedaleo, equilibrados, integrados. Intelecto y músculo convergiendo en un mismo objetivo. Hombres, mujeres y máquinas rodantes no contaminantes ni asustantes unidos.

 

Centauros y centáurides del asfalto que lo humanizan y descontaminan, que siembran, sobre la calzada, entre humos, ruido y prisas, con labor de granjero paciente, semillas de sudor, silencio y calma.

Centauromaquia

Conferencia coloquio – carril bici en Chamartín

Minientrada

Nuestro compañero ciclista de Pedalibre, Miguel Andrés, dará el punto de vista y experiencia de los usuarios de la bicicleta en una charla coloquio que tendrá lugar en el Centro Cultural Nicolás Salmerón, Distrito de Chamartín, el próximo 3 de junio, a las 19,00 h.

Con la excusa de el Carril bici de Chamartín, en ella se debatirá sobre el uso lúdico o de transporte que se le puede dar a la bici. En la charla participarán los vecinos y el ayuntamiento, quienes expresarán su visión aplicada a su entorno próximo.

Quienes lo deseéis podéis participar en esta interesante actividad, abierta al público.

Cartel Conferencia El carril bici en Chamartin. AV El Madroño

 

Pedalibre participa en Planeta Madrid

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Hoy, sábado, “Pedalibre” junto con “en bici por madrid” ha participado en Planetamadrid.

Se trata de un evento que, en el marco de actividades de la Semana de San Isidro, ha tenido lugar en la Plaza de las Vistillas, donde se han ofrecido actuaciones musicales durante todo el día y puestos informativos por la mañana, de 11:00 a 14:30 h., sobre la cultura sostenible (reciclaje, reutilización, reducción de residuos, comercio justo, huertos urbanos, compartir coche, etc.). Uno de ellos estaba enfocado a la bicicleta y Pedalibre ha intervenido montando su carpa.

Nuestra asociación ha informado a los ciclistas que se acercaban a preguntar. Por supuesto, no ha faltado el interés por la inminente puesta en marcha del BICIMAD, bici pública de Madrid, y de los actuales ciclocarriles y cilocalles, que van apareciendo cada mañana sobre varias calles de la capital.

Como siempre, los voluntarios encargados del montaje del puesto han trasladado todo el mobiliario y material en sus propias bicicletas, haciendo gala de su apuesta efectiva por el respeto al medio ambiente, sin emisión de malos humos.

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Cuando los deseos huyen

Los aldeanos, sombrero de paja, mejillas redondas, enrojecidas por un sol borracho de polvo, sudor y tierra, cogen agua del caño limpio y brillante del manantial, a las afueras del pueblo. A su lado, las furgonetas, con las puertas traseras abiertas, muestran los bidones de plástico vacíos que esperan pacientemente su turno para ser llenados. Me acerco a los hombres con los míos de la bici en una mano y el mapa en la otra. Tras el saludo, comienza la típica conversación-interrogatorio.
– Así que a Lisboa, eh? – añade uno de ellos, tras haberles informado de nuestra ruta -. Pues te quedan … ummmmm… más kilómetros que los que tenías desde Madrid.
– Querrá decir que tengo, por delante, algunos kilómetros menos que los que he hecho hasta aquí, ¿no es así? – contesto, con el objeto de corresponder su intervención pero sin obviar que de Madrid a Badajoz (donde ya casi estamos) hay 400 kilómetros y que, por lo tanto, sólo restan 200 más hasta la capital portuguesa.
– No, majete- me dice, y arrellana su codo sobre la rodilla que tiene elevada, apoyado el pie en el borde de granito de la pila de la fuente -. Te digo que tienes muchos más de aquí a Lisboa que de Madrid a Lisboa –  y, tras decir esto, me mira solemnemente y juega con el palillo que tiene en la boca. Una sonrisa que nace en mi cerebro viaja, sin mi consentimiento, a mis labios, desde donde brilla con ese puntito de condescendencia intelectual para tan desacertado cálculo geográfico-matemático. Descubierta la evidencia de mi reflexión, me veo obligado a expresar lo que pienso: “No puede ser de mayor longitud un tramo del itinerario que el total del mismo”.
– Sí, sí que puede – corrobora, y echa un vistazo, de reojo, al bidón que se está llenando. – Te lo demostraré – dice, mientras aparta el recipiente de plástico, rebosante, lo lleva al vehículo y pone otro vacío bajo el caño – ¿Me dejas el mapa?
Se lo alargo. Lo despliega sobre el capó de la furgoneta y me dice:”Cuenta los que tienes desde aquí a Lisboa”.
Así lo hago y, para mi sorpresa, efectivamente, me salen alrededor de 700. “No puede ser”, susurro “, habré contado mal”. Sumo con cautela los tramos parciales que unen las grandes ciudades y esta vez me salen 915. “¿Qué está pasando?” mascullo, mientras no dejo de clavar mi mirada en el desconcertante mapa.
– Cuanto más quieras llegar a Lisboa- escucho a mi espalda -, más lejos estarás de ella.
Me giro. Mofletes sonrientes, camisa a cuadros, el otro hombre, delgado como una espiga, que hasta el momento no había abierto la boca, luce una mirada traviesa tras haber intervenido.

– Eso no es posible- rebato -, desde Madrid había seiscientos y pico a Lisboa. No puedo estar más lejos ahora, aquí en Badajoz, que cuando estaba desayunando en mi casa.
– Pues así es, amigo mío -, sentencia, contundentemente, el que no deja de sustituir bidones llenos por vacíos – En este lugar, para obtener las cosas debes dejar de desearlas. ¿Que tienes sed? Ni se te ocurra coger el botijo e ir a por agua a la fuente. No estará en el lugar donde habitualmente se encuentra.

– Ciertamente cierto – aporta el enjuto.
– ¿Ah, no?- replico – ¿Entonces, cómo es que han venido ustedes a buscar agua a este manantial?
– No hemos venido – explica -, llevábamos los bidones en la furgoneta sin ninguna intención de llenarlos.
– Sin ninguna intención – escucho por lo bajito decir al otro.
– Y cuando hemos pasado por este lugar de camino al pueblo, – me dice el primero, mientras juega con el palillo- , pues la fuente estaba aquí, donde suele estar siempre que no se la busca, y… ¡mira por donde! – exclama, dándose una palmada en el muslo -, ya tenemos agua para una temporada.
– Es de locos – mascullo.
– En este lugar- refuerza el delgado cual vara de mimbre -. Nunca nada aparece cuando lo buscas. Cuanto más lo quieres, más lejos estás de conseguirlo.
Miro a Hermes, que está a unos metros, acomodando las cosas de sus alforjas, sin estar seguro de que esté escuchando la conversación, me encojo de hombros. “¿Y la comida, cuando tienes hambre?”, pregunto, dirigiéndome a ellos de nuevo.”La cama, cuando estás cansado, o el baño, cuando necesitas darte una ducha…”
Caída de ojos y ligera elevación de hombros del delgadito.
– ¿Y qué me dicen de la compañía, la amistad… el amor?
Los hombres se miran en silencio.
– Ya, entiendo – convengo, sin tener muy claro qué más decir ni, por supuesto, dando completo crédito a cuanto me acaban de explicar. Les doy las gracias y, tras haberme aprovisionado de agua, monto en la bicicleta. Nos vamos pedaleando y le cuento a mi amigo la conversación. En el horizonte, lejos -cada vez más- la hilera de montañas a las que nos dirigimos para llegar a la frontera portuguesa se empequeñece a medida que pasan los kilómetros. Sonrío y comprendo.

Con la caída de la tarde, cuando ya las piernas pesan y parece que he pinchado sin que así sea, cuando las fuerzas van abandonándome metro a metro y me paro, a beber agua, y vuelvo a pedalear cansinamente, sigo reflexionando sobre el peculiar encuentro, la singular revelación, hasta que me doy cuenta de que, en el fondo, en nuestro mundo cotidiano, a veces, las cosas también suelen funcionar así…

 

Relato extraído del blog: “Un conejo se escapa y nos mete en el mapa”, crónica de nuestro viaje a Lisboa que puedes consultar en:

http://acasosdemadridalisboa.blogspot.com.es/

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