Pedalibre

Asociación cicloturista y de ciclismo urbano

Llevar la bici en el bus

De los distintos medios de transporte que he utilizado a lo largo de mis viajes, el autocar (formal) es al que menos veces he recurrido. Denomino formal al regular/habitual en los países occidentales, aquél que dispone de una tarifa (tanto para el viajero como para su bicicleta), unos horarios definidos, etc.

El otro, el informal es el que te puedes encontrar cuando viajas por África, Asia u otros países de determinados continentes en los que el contrato para el transporte de tu, o vuestras, bicicleta(s) se lleva a cabo de un modo más personal, acomodándose a tus necesidades, pues dicho transporte se fleta exclusivamente para ti o tu grupo de amigos. A continuación, voy a referirme a ambos:


      • Tenemos en primer lugar el habitual, cuando quieres desplazarte del punto A al punto B y has de informarte de las condiciones que se te exigen por parte de la compañía de autocares. Por lo general, una vez has indicado que viajas con bicicleta —y pagado el billete de la misma—, has de quitarle la rueda delantera, los pedales (no siempre, depende de la compañía) y, seguro seguro, cubrir todo el sistema de transmisión con algún plástico/cartón/etc., que evite manchar el equipaje del resto de viajeros.
        ¿Qué te queda? Cruzar los dedos, guapetón (o guapetona), porque no es tan fácil como pueda parecer… El hecho de tener ambos billetes no te asegura, en la mayoría de los casos, el que el conductor te vaya a dejar subir al autocar. ¿Por qué? Porque dependerá del número de viajeros que vaya a utilizarlo y del volumen de sus equipajes… Si en el avión te encuentras con un impenetrable sistema defensivo (toda una compañía aérea, unas infraestructuras demoledoras, la presión de la hora y protocolo de embarque…), que te hace sentir pequeño e indefenso, en el caso del autocar es muy diferente: te las vas a tener que ver, cara a cara, con un ser humano, sólo uno, el conductor, en cuyas manos está la decisión final de tu felicidad o tragedia, el cual puede ser —créeme que lo será— un huesecito bastante duro de roer si las cosas se tuercen…Es en el uso del autocar, con mi bicicleta, cuando he vivido las situaciones más dantescas y angustiantes, pero también las más reconfortantes porque, para más guasa —por lo general— acabarás pudiendo subir a dicho vehículo, pero sólo tras una difícil negociación o, directamente, un durísimo período de ruego de lo más cansino que hará que, cuando por fin te sientes y abroches el cinturón, suspires con alivio y des gracias a todos y cada uno de los dioses del Olimpo por tus habilidades por haber convencido a ese… conductor.Sin ir más lejos, este verano —y fíjate que estamos hablando de Suecia, un lugar presumiblemente hipercivilizado— llegué a una estación de trenes y autocares, dije que iba con bicicleta, pagué ambos billetes (el de ella y el mío) y, cuando llegó el momento de cogerlo, me dicen que no se admiten bicicletas (¿¿¿???, ¡¡¡¡¡¡!!!!!!) porque los que me habían vendido los billetes no eran los de la compañía de autocares (atención: una oficina de venta instalada, físicamente, en la misma estación). Ahí empezaron las luchas verbales (en inglés, claro, lo cual hace más divertido, y angustiante, el tema). Tras mi legítima insistencia e indignación, aceptaron… hasta que vieron mi equipaje… Y es que, amigos míos, yo viajo con cuatro alforjas (dos delanteras y dos traseras) y el bolso del manillar, lo cual me complica muchísimo este tipo de trámites, pues suele suponer el pago de un exceso de equipaje donde los haya. Y es lo que hice, claro, pero acabé consiguiendo que me llevaran. Para más inri, como se aprecia en las fotos, al final había espacio de sobra (porque no viajaba mucha gente), y no tuve que quitarle la rueda delantera, sólo los pedales, girar el manillar y cubrir el sistema de transmisión, como señalaba al comienzo del texto.

    • Y en lo que respecta a lo que mencionaba como autocar informal, ahí podemos encontrarnos de todo, absolutamente de todo, como también puede verse en las fotos: autocares inmensos, enanos, microbuses, coches, furgonetas… Todo aquel medio de transporte que te ofrecerán, de seguro, cuando viajes por esos países donde no hay problema con los horarios, pues los pones tú, ni con el precio, que no será muy elevado (probablemente, ya sabes, hay que regatear). Eso sí, ten claro que en África, cuando cojas un autocar oficial, saldrá cuando se llene, y eso puede suponer esperar horas, y horas, y horas…
      Otro aspecto que has de tener en cuenta, como también puedes ver en las fotos, es que es bastante probable que tu bicicleta vaya a sufrir muchíiiiiiisimo con este tipo de viajes, pues no se van a ocupar de que no se te dañe sino, simplemente, de que las piezas encajen (en este caso, las bicicletas), con independencia de si un pedal está rompiendo algún radio o uno de tus faros se va al garete por una pata de cabra traviesa. Lo mejor que te pongas tú, con ellos, a manejar el cotarro y comprobar que no se produce ninguna de estas situaciones, dando por seguro, eso lo tienes que tener claro, que la bici va a sufrir algún percance (del tipo rozadura de pintura, abollamiento del guardabarros, etc.), pero es lo que tiene viajar a la aventura, que tu querida compañera, tarde o temprano, sufrirá algún daño…

Espero haber ayudado con esta información a arrojar cierta luz sobre cómo poder viajar con tu bicicleta en eso que entendemos por intermodalidad (la cual, en muchas ocasiones, es una intercrueldad… )

Pero no te desanimes, al final todos estos obstáculos merecen la pena vivirse, te traes muchas risas y curiosidades a tu país y, evidentemente, forman parte del viaje.

Walter Post Villacorta

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