Pedalibre

Asociación cicloturista y de ciclismo urbano

Rumbo a Hita (ka)

Otro relato antiguo, pero al que tengo gran cariño. Algunos de sus aspectos despiertan mi sonrisa (ciertas reflexiones), desvinculado como estoy ya de ellos, otros, sin embargo, se mantienen vigentes: su poesía.

 

Las puertas responden, inquietas, al silbato del tren. Se cierran y la maquinaria empieza a piafar. Rumbo a Hita(ca). Sentados, tras acoplar nuestras bicicletas, nosotros, compañeros de Ulises abordamos, a medida que vamos escapando lentamente de este paisaje urbano, los temas que tanto nos gustan, y así nos vemos embebidos, una vez más, en la Bici Crítica y sopesamos, de nuevo, la necesidad de establecer una conducta común entre los miembros de Pedalibre ante un evento que va adquiriendo dimensiones extraordinarias y que, algunos, profetizan, “Morirá de éxito”. ¿Parar ante los semáforos en rojo?, ¿llamar la atención a los que no respetan a los peatones?
El barco sigue su rumbo, se escuchan –allá a lo lejos- algunas sirenas cantar, y su dulce llamada nos arrastra a través de las vías de hierro, rumbo a la isla soñada. En Guadalajara embarca Ulises, y su llegada viene acompañada de isobaras misteriosas, un reloj mágico y miradas inquietas a ese cielo abigarrado de grises que amenaza la travesía. Una vez en Matillas, los caballos de hierro empiezan a ser revisados y, algunos minutos después (crema, alforjas, gorra, un cambio de pantalón…) empieza la jornada a través de las tierras del Cid. El cielo se oscurece, y a medida que ascendemos la meseta castellana, un suave manto de gotitas refresca nuestro sudor. “Son nubes rotas”, añade Ulises, para tranquilizarnos, y nosotros seguimos remando. La confianza en sus designios meteorológicos, por parte de los argonautas, es absoluta. Las sirenas se zambullen alegres a nuestro lado, sus cabellos rubios flamean entre el verde de los campos de trigo.
La carretera se inclina hacia arriba y el plato pequeño se resiste a entrar. Los muslos empiezan a endurecerse, tiran de la rótula con fuerza, pero sigo remando, contento de sentirme cada vez más preparado para jornadas de mayor duración, elevándome sobre esas casitas de tejados rojizos, cuyas tejas se ven tiznadas por algún que otro liquen. Me pregunto si Polifemo estará allá arriba, sentado sobre una peña, observándonos con su único ojo, siguiendo el lento discurrir de los compañeros, pedal arriba, pedal abajo, mientras el azul del cielo comienza a resquebrajar los grises y un sol tímido calienta mi rostro. “Sí, son nubes rotas”, susurro, y como es habitual en mí, empiezo a dejarme hipnotizar por estas tierras rojas, cubiertas de amapolas y margaritas, sobre las que crecen, retorcidos, los olivos. Miro hacia abajo, una vez alcanzada la altura desde la cual navegaremos con fluidez hacia la isla, ya sin mayor esfuerzo. Mi corazón late sereno. El pueblo, el tañer de una campana solitaria, las nubes rotas en el cielo azul… Polifemo ha debido de marcharse, cansado de esperarnos, me digo y, una vez agrupados, empezamos un descenso que imprime velocidad a nuestras ruedas y refresca nuestros rostros calientes. El viento agita los campos de cereales de distintos tonos verdes, olas de un mar vegetal entre cuyas espigas se ocultan, traviesas, colas de sirena. Pedaleo a través de estos campos hermosos, escuchando el silencio sólo horadado por el leve chirriar de la cadena, saboreando los versos que el viento susurra:

La primavera besaba
suavemente la arboleda,
y el verde nuevo brotaba
como una verde humareda

 
Cierro los ojos, ningún coche, carretera recta, uno puede abrir los brazos, extender los dedos para abarcar el cielo, y dejarse caer, caer, caer hacia Machado

Las nubes iban pasando
sobre el campo juvenil…
Yo vi en las hojas temblando
las frescas lluvias de abril

 
Observo esas nubes a las que canta el poeta. Sus panzas oscuras se dulcifican a medida que la mirada asciende hacia sus crestas algodonosas. Ni ellas mismas tienen muy claro qué quieren ser. Las nubes, pienso, como las personas, guardan en su corazón luces y tinieblas.
En la llegada al cruce con Valfermoso de las Monjas el grupo vuelve a socializarse, se dirige hacia este pueblín con pedalada lenta. Una vez allí, sentados en los peldaños de acceso a la iglesia, algunos nísperos, mandarinas, la habitual charla ulisiana sobre la inconveniencia de los frutos secos durante la marcha y, también, un engrase de cadena con aceite que esa amable anciana ha cedido a Pablo. “Echa, echa más, hombre”, indica, pero son necesarias tan solo unas gotitas. Ahora la cadena guarda, entre sus eslabones, rayos de sol de oliva castellana.
La marcha continúa, y viene el Monasterio, y su silencio, cuando recorremos su jardín por turnos, y discutimos sobre si es olmo o avellano, y un golpe de viento travieso que tumba dos bicicletas. Más tarde: el pedal, el muslo, la brisa, el campo rojo y esos árboles que mecen sus ramas, saludándonos, mientras Reme me habla de sus experiencias con perros atacones de bicis en países lejanos.
Luego otra vez la natural disgregación del grupo, de las parejas que charlan, el encuentro con el viento, con la carretera solitaria, con ese río que fluye a nuestra izquierda, y de nuevo el poeta, a mi lado, con su fina voz de plata.

Bajo ese almendro florido,
todo cargado de flor,
-recordé-, yo he maldecido
mi juventud sin amor.

 

¡Ay, juventud!, ay, amor… Podría uno pasarse una vida entera, recorrer de puntillas -o pisando con indómita fuerza- su juventud hablando del amor, buscándolo, bebiéndolo, rasgándolo para darse cuenta, en su senectud, de que aún no sabe nada de él… Yo maldije, como el poeta, mi juventud sin amor, y la maldije más aún -¿quién no?- cuando me llegó el desamor… Estiro mi espalda, mis vértebras crujen cuando las curvo hacia delante. Miro los verdes campos de cebada, mientras los claroscuros que el viento provoca sobre sus crestas espigadas me confunden, me hacen creer que son sombras que el sol crea a través de las nubes, pero no, siguen siendo olas que se mecen, que me mecen, entre sueños del pasado, del presente, del por venir…
Se vislumbra Hita(ca). Los argonautas nos detenemos para deleitarnos con su apariencia de volcán en la meseta castellana. Quizás allí arriba se encuentre Penélope, tejiendo –y deshaciendo, por la noche, cuando nadie la ve- el sudario de Laertes. De igual modo, puede que también ella, en este momento de su vida, esté destejiendo los recuerdos que juntos construimos susurro a susurro, beso a beso, caricia a caricia, a través de otras pedaladas, otros caminos, otras onzas de chocolate. Destejiéndolas lo suficiente para abrir un huequito y encontrar nuevo aire que respirar. Hay que reconocer que se pasa mucho frío cuando quieres abrigarte con sueños del pasado, y es tan hermoso –tan dolorosamente necesario- sentir calor… Por ello me digo que es probable, -legítimo, incluso- que ya esté confeccionando un nuevo lienzo, con colores diferentes, y que su corazón no se obstine, como el mío, en mantener duelos eternos, herméticos a otras miradas, otros teléfonos…
Comenzamos el último tramo en ascenso hacia la isla. El grupo se disgrega en ritmos distintos. La pista nos agarra con sus surcos de tierra, las piedras se entrecruzan y las sirenas intensifican su canto, ineludible, desde allá arriba, llamándonos. Ninguno llevamos tapones de cera y remamos, remamos a través de nuestro sudor y de esta sensación de plenitud que me embarga. Luego la coronación de la villa, la plaza de piedra, los soportales, estirar los músculos, el paté vegetal y los frutos secos. Conversaciones y alimentos compartidos. De las sirenas, como es habitual, no queda más que un suave rumor que, acaso, no haya sido más que un sueño. Al finalizar, nos ponemos en pie y recorremos las calles de este tranquilo paraje. El poeta camina a mi lado.

Hoy, en mitad de la vida,
me he parado a meditar…
¡Juventud nunca vivida,
quién te volviera a soñar!

Y a soñar nos echamos, desde uno de los miradores cuando observamos los campos multicolores, las carreteras que van y vienen fragmentando paisajes suaves. Pero el sueño se resquebraja. Allá, en lontananza, grúas, grúas y más grúas, siniestras cruces apóstoles de otra religión, la de la especulación, la del llanto de la tierra. Cruces que a uno le hacen desear, por su exagerada presencia, que acuda presta esa crisis económica tanto tiempo anunciada para que todo se paralice, para que nos dé tiempo a respirar, y caminar, y pedalear sobre un mundo no tan drásticamente transformado en hormigón y asfalto. De repente, un gato, en ese tejado, buscando los huevos que esos estorninos, que aletean y pían con rabia, intentan defender. Me ha parecido escuchar una voz conocida, giro mi rostro: Penélope se oculta, juega conmigo al escondite, entre las ruinas de esta iglesia de Hita, y veo el tapiz, deshilachándose a lomos del viento, a medida que su cuerpo desaparece tras esa esquina. Suspiro, y no la sigo. Quizás esté empezando a cansarme de este juego.
Luego viene la marcha, de nuevo el sillín, y una carretera de reciente creación, desproporcionada para esta hermosa tierra de nadie donde duerme el centeno, y pronto la respuesta: “Pasión Inmobiliaria”, se puede leer en esos carteles que se clavan sobre los campos, ahítos de vida, como puñales de una civilización incivilizada, hitos que marcan la delimitación de un próximo cementerio. ¡Ah, un virus!, sí, un virus que corrompe, mata al huésped en el que vive, y gracias al cual vive…

Mucho más tarde, ya en el tren, dejamos de remar satisfechos, piernas vibrando y la mirada serena. Una tortita de arroz con chocolate, un plátano, mientras este barco nos lleva de nuevo a nuestro hogar y resuenan aún en nuestro interior los cantos de sirena. Al cabo de un rato, vamos entrando, lentamente, en polígonos industriales, y nuestros ojos se convierten en cemento y cristal. Pobres argonautas urbanos, pienso, -¿ilusos?- que quieren transformar su mundo a golpe de pedal… Las manos se van estrechando a medida que los nombres de las estaciones son más conocidos, las bicis van desalojando el vagón hasta que quedamos sólo Juan Luis y yo, y entonces, suavemente, sobreviene una pregunta: ¿por qué se es tan feliz conduciendo una bici, aunque se haga en un entorno tan hormigonadamente feo como es la ciudad en la que vivimos? Se me ocurre que podría ser una buena pregunta que lanzar a la lista de correo, para que todos pudiéramos sorprendernos por la creatividad que emana de nuestros corazones, por la profundidad de este misterioso vínculo afectivo que establecemos con un aparato mecánico con ruedas. Quizás lo haga, sí, y podamos dar luz entre todos a una nueva entrega de ese Rumbo a Hita(ca).
La estación de Nuevos Ministerios aparece tras las ventanas del barcotren. Me despido de Juan. Salgo a la calle. Coches, humo, ruidos. Pero yo pedaleo tranquilo, escuchando de nuevo el lejano, pero dulce, canto de las sirenas que me llaman, nos llaman, a recorrer el presente, el por venir, a lomos de nuestras bicicletas.

Ulysses_And_The_Sirens_by_Léon_Belly

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