Pedalibre

Asociación cicloturista y de ciclismo urbano


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Neverland

Hace ya varios miles de años fui niño. Solía mancharme de barro con las presas que hacíamos tras abrir -insistentemente- el grifo de una de las numerosas fuentes que por aquel entonces, benditos tiempos, había en el parque de mi barrio, cuando todavía no sabíamos nada de cambios climáticos ni de los despilfarros asociados de los que, años más tarde, debimos hacernos responsables.

El parque, territorio obstinada y voluntariamente ignoto, ofrecía mil guaridas en las que esconderse, mil aventuras renovables por vivir. Una de ellas, como ya habréis adivinado, era la de surcarlo a toda velocidad en mi bici.

¿El primer puerto de mi vida? La cuesta que subía a la parte alta, por supuesto, a la que llegaba con un brote incontenible de sudor que limpiaba metiendo la cabeza bajo el chorro directo, intenso, de agua.

¿El primer viaje cicloturista? El que hacía las noches de verano por esos parajes cuajados de estrellas y toboganes, arenisca y columpios, mientras ya ciertos lobos merodeaban las sombras y los arbustos dibujaban contornos de calaveras que erizaban un incipiente, rubio, vello en mis brazos.

Esta tarde, tras venir del colegio donde trabajo, he metido, como siempre, mi bicicleta plegable en el pasillo. Al desatarme las deportivas, he alzado el rostro y la silueta del niño que no quiere crecer me ha mirado, desafiante, desde el manillar. Ha sido apenas un segundo, pero un fuerte impacto me ha dejado ahí, en cuclillas, pensando en esa infancia antediluviana. Peter Pan era uno de mis personajes favoritos, por eso es lógico que lo eligiera como emblema-soporte donde fijar el itinerario que he de seguir cuando voy a buscar a los niños, cada viernes, en el bicibús. Rumbo a Nuncajamás…Peter Pan… Cuántas veces habré soñado con volar, con tener un lugar imaginario, secreto, reservado el derecho de admisión, donde poder desplegar los mundos de fantasía que me nacían en el borde de la inocencia. Peter Pan… El niño que no quiere crecer… He sonreído… Crecí, míster Barrie, crecí… Perdí el brillo de la ingenuidad en la mirada y, a veces, incluso me he convertido en Garfio y he ahogado, con mis propias manos, varias princesas indias que me amaban sinceramente.

Luego, de súbito, sin ser invitados, varios tópicos han acudido, perros fieles, a lamerme las manos: “La infancia es el único paraíso del que nunca podrán expulsarnos”, “Nunca es tarde para tener una infancia feliz”, etecé, etecé.

Pero no era eso, no, lo que yo buscaba, la reflexión que serpenteaba por entre los pliegues de mi conciencia. No, no era eso. ¿Por qué pedaleamos?, no…, ¿por qué pedaleas, Walter? De nuevo una cohorte de argumentos manoseados, de tanto uso a lo largo de estos años y relatos, ha venido a rendirme pleitesía. Pero seguía yo rebelde, sin querer atenderlos, dejándolos de lado, mirándolos un tanto desconfiado. No me servís, les decía, ya no, hoy no.

He entrado en la cocina y mirado a través de la ventana, como si alguien me hubiera dicho que la respuesta estaba escrita en ese cielo azul de viernes por estrenar. Un vaso de agua. Dos.

Pedaleamos, pedaleas, a veces, porque quieres buscar la vida, allá afuera, y otras, qué duda cabe, amigo mío, porque quieres escapar de la muerte…p1120893

 

 


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El niño, su globo y la Movilidad a Escala Humana

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Paso todos los días por delante de la escuela al entrar y salir de mi centro de trabajo. Aquel día, los peques tenían fiestuki: fin de curso o algo así, como dejaban claro el griterío en el patio y los globos de colores.

En la acera, una mamá llevaba a su hijo de la mano. En la otra mano, el chaval llevaba su globito naranja como recuerdo del evento. En esto que el globito se le escapa y va a parar a la calzada.

El impulso lógico del niño fue correr detrás de su globito. Normal, yo habría hecho lo mismo. Lo malo, ya sabéis, es que, en este mundo de coches, una acción normal como esa puede ser sentencia de muerte y está por ello prohibida. Mamá se encargó del papel de poli mientras el niño se quedaba angustiado.

Y con razón… un coche que me acababa de adelantar pasó por encima del globo y lo reventó. Era un coche de estos grandes, tamaño tanque, de los que cada vez hay más. Siguió su camino como si nada. Dentro, debía haber al menos una persona pero nadie la vio. Sólo vimos un tanque reventando un globo. El niño se quedó hecho polvo mientras mamá le intentaba consolar, a la vez que le sermoneaba sobre lo peligroso de la carretera y de que hay que tener cuidado.

Me pareció todo ello un ejemplo demoledor de lo inhumano de la movilidad y de la ciudad. Un coche que pisotea lo que pille y tiene permiso para hacerlo y un peque que no entiende nada: que no entiende por qué no ha podido ir a coger su globito y que no entiende que aparentemente, al final, todo haya salido bien. Para él, desde luego, no.

Ahora, el angustiado era yo.

A todo esto, yo voy en bici, en ligera cuesta arriba. La velocidad que llevo me permite presenciar la escena tal cual la cuento y pienso en ello como un ejemplo estupendo de lo que llamo la Movilidad a Escala Humana. Me estoy moviendo pero no de forma ajena a lo que me rodea. Aquí alrededor hay personas, globos y otras muchas cosas y todo ello es parte de mi experiencia.

El caso es que la Movilidad a Escala Humana puede hacer algo más por la humanidad que permitirle percibir la miseria que le rodea; al menos, en esta ocasión: unos metros más allá, veo ¡un globo! escapado del patio de la escuela. Es de otro color, morado, pero debería servir igual. Avanzo hasta él, lo cojo y se lo llevo al niño.

Me dirijo a él, no a su madre:

– He visto lo que ha pasado pero no te preocupes, ¡te he traído este otro globo!

La metáfora me pareció muy poderosa: el coche destruye, la bici repara. Es la Movilidad a Escala Humana.

Nota: los hechos son reales. Pasó tal cual. Todo.


Los embriones turísticos se tuestan al sol

Los embriones urbanísticos se tuestan al sol, sus huesos cementados (estructuras esqueleto), su sistema nervioso (farolas, tuberías abandonadas) son recorridos por Susana y por mí con estas bicis de alquiler (a 10 euros el día) con las que pretendemos abordar, poco a poco, bajo el cada vez más intenso sol majorero, la línea de magníficos volcanes extintos que se eleva frente a nosotros en la lejanía. ¿Y cómo pueden, estas protuberancias inmensas, que despidieron magma y gases, ceniza y humo, hace millones de años, formar parte de este espectáculo de carreteras, hoteles y urbanizaciones a medio construir que las circundan y acorralan, que las aíslan y afean? Es inconcebible, para mí, que semejante proceso geológico, tan hermoso, destructor y fascinante como es el de las erupciones volcánicas, pueda ser absorbido e incorporado a nuestra civilización estresada de vehículos que van y vienen a sus pies con semejante falta de respeto. De algún modo, frente a estas moles bronceadas por un sol antiguo, lamidas por los siglos, se me despierta la adoración que por ellas pudieran sentir –y que aún siguen profesando, seguro- muchos pueblos indígenas del pasado, del presente y, por ende, el dolor al verlas así maltratadas.
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Seguimos pedaleando por entre los montículos de tierra y gravilla, rodeados por las cintas de plástico que delimitan los perímetros de esta urbanización que no pudo ser, que quedó en fase embrionaria, feto abandonado ante la caída y muerte del ladrillazo. Sus calzadas a medio calzar han allanado parte del terreno que circunda el monte Bayuyo, al cual queremos acceder a través de una GR (Gran Ruta) a la que se le ha amputado una parte, aquélla que, ahora mismo, más necesitamos: la que conecta la localidad de Corralejo con la cadena de volcanes de orientación suroeste-nordeste, oblicuados en el mapa de Fuerteventura, una de las siete islas que configuran el archipiélago canario -en el que me encuentro por primera vez-, las Fortunae Insulae que Plinio el Viejo nombró allá por el año 40 antes de Cristo.

Aburridos, decidimos abortar la búsqueda más próxima e invertir el sentido de acceso al singular ecosistema semidesértico, volvemos a la carretera –que apenas tiene arcén, a pesar de ser nueva- e ir hasta Lajares, localidad desde la que se ve claramente en el mapa cómo sale la pista a Caldero Hundido.
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El sol sigue barnizando de fuego la piel expuesta y pronto nuestras ruedas comienzan a resbalar con la arenisca ocre del camino por fin encontrado. El típico paisaje marciano se extiende ante nosotros –malpaís lo llaman aquí-: piedras volcánicas de diferentes tamaños y formas que aparecen dispersas sobre un suelo rojizo. En muchos lugares, un tono verdoso, producido por la asombrosa alianza hongo-alga que da lugar al liquen, cubre parcialmente el espectáculo pétreo. Crema solar e ingesta de agua se repiten con frecuencia, son una constante en las paradas que hacemos para tomar alguna foto. Susana, que se aloja en el Surf Camp y que se va a marchar en unas horas a Lanzarote, me pregunta si no me molesta que ponga música mientras pedaleamos. De esa forma, el grupo Myth nos acompaña a lo largo de la mañana, a través de una canción que Yeray –el monitor de surf- nos dio a conocer ayer.

Llegados a un collado entre dos volcanes, dejamos las bicis e iniciamos un corto pero acusado y resbaladizo ascenso a la cima de una de las montañas, con el objeto de ver de cerca su caldera, el cráter que se hundió una vez el volcán dejó de vomitar lava, hace tan solo 50.000 años. Una vez arriba, vemos llegar una cuadrilla de buggys que polvorean el camino y aparcan junto a nuestras bicis. Sus ocupantes, lentamente, descienden de ellos y también emprenden la subida a donde nos encontramos. El cielo es inmensa y abusivamente azul. Otras líneas de cadenas volcánicas se recortan en la lejanía y, a ambos lados, más allá, divisamos las dos costas del norte de la isla: tanto la del oeste –las playas de Cotillo y la Escalera, donde he surfeado estos días- y la del este, -donde se extienden las del Moro y el Burro, donde probablemente vayamos mañana, en mi última clase- pues Yeray ha consultado la página windguru e indica que el swell (oleaje) y viento procederán de África y, por lo tanto, nos tocará probar fortuna en alguna de esas playas de orientación este. Los buggyboys and buggygirls suben despacio, resbalándose, como nosotros, hacia la cima. La visión de los vehículos aparcados contrasta radicalmente con la de las vallas de piedra, cabras y viviendas integradas en el paisaje que duermen a los pies del volcán. Es imposible, reflexiono, en un acto de profundo e inusitado pesimismo, que la raza humana evolucione hacia medios de transporte no contaminantes –la bicicleta, en la actualidad- si ello le supone esfuerzo, mientras tenga opciones de seguir utilizando vehículos a motor. La pereza, la comodidad, el gusto por la velocidad y, a veces, incluso, por el mismo sonido agresivo de los motores se hallan firmemente aposentados en nuestras posaderas. Impensable, conociéndonos, que el acceso a este paraje se realice exclusivamente a pie, en bicicleta, burro o caballo. Seguiremos siendo derrochadores de combustibles fósiles o, en el futuro, usuarios de vehículos eléctricos, los cuales, aun cuando consigan ser no contaminantes –en ninguna de sus fases (tanto producción como uso)- sigan perpetuando la filosofía del mínimo esfuerzo y las prisas por ver cuantas más (cosas) en cuanto menos (tiempo); proporción inversa que nos condena, irremisiblemente, a no disfrutar con profundidad y calma de los espacios que visitamos, que los transforman en bienes de consumo rápido y fácil, desposeyéndolos de la magia, de la esencia que los caracteriza. ¿Cómo sentir el tiempo erosionado, ardiente, de este lugar por el que corretean, de tarde en tarde, ardillas o se ocultan, bajo las sombras de las piedras, los reptiles propios de tan magnífico y peculiar ecosistema si no es desplazándose a la velocidad justa –lenta- para apreciarlo?
Los buggybuggypeople ya nos han alcanzado, justo después de que haya cogido en una botella pequeña de plástico, vacía, tierra y piedrecillas de este lugar para regalársela a mis amigos Javier y Ángela. A él porque, con este ritual, es como si estuviese aquí conmigo, coronando esta montaña del mismo modo al que coronamos las cimas de nuestra querida Sierra del Guadarrama con tanta frecuencia.  Y a ella porque, desde hace tiempo, tal y como me pidió en su día, le llevo tierras del mundo para su colección particular. Ninguno tiene la oportunidad de viajar del modo en que yo lo hago y, con este gesto, me solidarizo con ellos. Italianos, alemanes, ingleses están ya aquí arriba, con nosotros. Tras los saludos me informan de que la caldera más hermosa y definida, de 70 metros de profundidad, es la que tenemos enfrente –vaya, nos confundimos- y su acceso se realiza a través de una senda sólo practicable a pie.
Son las 12:15 y Susana quiere devolver la bici a las 13:00 horas para recuperar el dinero de la fianza y coger el ferry de las 14:00. Se me presenta un dilema: separarnos y, de esa forma, poder disfrutar de la caldera dejándola irse sola, o acompañarla, y perderme el deseado paraje. Me pregunto qué me importa más ahora: satisfacer la necesidad-curiosidad del visionado volcánico o la de ayudar al prójimo (en varias ocasiones, a lo largo de la mañana, ella hubiese tomado caminos equivocados, pues no era capaz de seguir las señales de la GR -dado que no tiene mucha experiencia ciclista- y quedan así como 12 km de un camino, que ninguno conocemos, a Corralejo). Como estoy algo bloqueado, me imagino cómo me sentiría si estuviese contemplando el deseado volcán solo, sin tener claro que ella estuviese yendo por el buen camino. La decisión está tomada y el acto de renuncia me hace reflexionar sobre el modo y el porqué de la presencia de esta chica en la ruta cicloturista que había pensado realizar sin compañía de nadie. Cuando le conté a Yeray mi propósito de recorrer esta parte de la isla en bici, al acabar las clases de surf, me dijo que puede que él se apuntase a hacerlo –no me preguntó si no me importaba su adhesión- pero como nos llevamos bien y, de algún modo, compensaba su atención surfera con mi experiencia cicloturista, no reivindiqué mi derecho a la soledad. Al cabo de unos días, al llegar Susana, él le habló del plan ciclista y la invitó a sumarse (al cual ella aceptó encantada), sin hacerme, de nuevo, la consulta de cortesía. De este modo, donde iba a haber uno, a su aire, ahora ya sumaban tres. Sopesé qué sentía al respecto y seguí aceptando la articulación de un futuro tan distinto al imaginado previamente. La mañana de la partida, para mi sorpresa, Yeray había dejado una nota en la cocina diciendo que, como se había acostado tarde, se descolgaba del plan, así que ahí me veía con Susana, a la que ni siquiera había invitado personalmente –y apenas conocía- presta al pedaleo y diciendo que había varios ferrys a horas distintas, con lo cual no tenía prisa. La realidad fue otra y, al final, sí que las tuvo, lo que había propiciado que me encontrase allí, acuclillado, cogiendo arena, sintiendo el polvo y las aristas de las piedrecillas entre mis dedos, mientras reflexionaba qué hacer ante el dilema. Me puse en pie, cerré el tapón rojo y me dije que, últimamente, si me he caracterizado por algo en mi tiempo libre, ha sido por buscar la soledad y descolgarme de montones de los planes propuestos por mis amigos. Quizás fuese tiempo de salirme un poco de mí mismo, de darme a los otros. Susana me dijo que no le importaba irse sola, que visitara el volcán si quería. Pero ya había tomado una decisión.

Llegados a la tienda de alquiler de bicis de Corralejo, devolvió la suya, nos despedimos y me quedé charlando con el alemán que allí se encontraba atendiendo al público, pues quería consultarle cómo acceder a la ruta que bordeaba la costa norte – “North Shore” denominada por los surfers, en clara complicidad con la homónima hawaiana-. Escandalizado porque hubiese utilizado esta híbrida –más bien tirando a urbana- en los volcanes, me desaconsejaba castigarla en la ruta costera, añadiendo, con educación, que cualquier desperfecto que la bici sufriese, al someterla al traqueteo de la pista pedregosa, correría por mi cuenta. Acepté el desafío, dado que las bicis de montaña que me ofrecía para tal empresa no tenían transportín, y la mía sí e, incluso, alforjas, y me marché en su busca…
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13:30… Piedras… polvo… pista rastrillada transversalmente por el viento… Pedaleo en los laterales, las zonas más planas, o sobre las rodadas de los vehículos, evitando en lo posible el incómodo traqueteo minimontañeril que daña mi culo, muñecas, espalda y… bici. Apolo lanza sus flechas de fuego con una verticalidad sádica, su carro luminiscente se encuentra justo en el cenit. 14:00… 14:30… dunas, volcanes extintos a la izquierda, espuma, oleaje, azul intenso a la derecha. En varias ocasiones me detengo, pata de cabra, cuerpo desnudo, pinchazos en las plantas de los pies y, luego, el lamido del frescor oceánico. Con cuidado –los arrecifes parecen enjabonados-, incluso a gatas, me adentro en el agua hasta que por fin mi cabeza se sumerge. Floto. La marea me acuna. Mi cuerpo vaivaneado por este reloj lunar que baja y sube a capricho de Selene. También mi sangre y mis emociones a merced del satélite terrestre. Llevado por el oleaje, boca arriba, de espaldas al Océano Atlántico, extiendo mis manos para anclarme al arrecife y evitar que la marea me dañe contra él. Mis piernas, pene y ombligo asaeteados por el sol a través de las ondulantes aguas. De repente, en el dedo meñique de la mano izquierda siento, ñam, un suave pellizquito cangrejero de algún morador que ha visto invadida su casa por un apéndice carnoso gigante (menos mal que fue en el dedo…) Mensaje recibido. Salgo del agua con sumo cuidado. En las pequeñas oquedades que las rocas presentan, bañadas a impulsos por las olas, montones de pececillos de apariencia atigrada me observan con sus bolitas negras. Algunos, incluso, cuando me agacho a observarlos más de cerca, saltan con una fuerza increíble de su mini piscina natural para escapar de la potencial amenaza humana.

15:00… 15:30… Los casi 40 grados siguen ondulando mis hombros cremados. Parapetado bajo el sombrero veo pasar los 4×4 de las escuelas de surf pero, sobre todo, los vehículos particulares que portan las tablas y velas para hacer windsurf y kitesurf, los deportes estrella del paisaje Descarga 16-7-2013 236marino que se extiende a lo largo de mi ruta ciclohornoturista en la que tengo como objetivo el faro de Tostón, el cual, allá en la lejanía, diminutoDescarga 16-7-2013 242, va marcando visualmente la distancia que recorro haciéndose cada vez más grande. Una vez allí, golpeado por un viento multidireccional, que me tira las gafas de sol, la bolsa donde guardo los frutos secos y que hace tambalear la bici sobre la pata de cabra, – un viento tan antiguo como la playa, considerada fósil por los elementos allí conservados-, me siento, como unos pocos anacardos y me marcho.

Dos litros y medio de agua, una manzana y algunos anacardos han sido mi sustento nutricional a lo largo de esta segunda etapa, la cual concluye con una pedalada fantasmagórica, a la máxima velocidad que el viento en contra me permite alcanzar, para llegar antes de las 19:00 a la tienda de bicis, donde el alemán –ahora más sonriente pues imagino que ha debido de hablar con el jefe y éste le habrá dicho que, efectivamente, yo le había anticipado mi propósito cicloturista para con la bici- me devuelve los 20 euros de fianza.

Con una inconfundible pesadez cabezona -propia de la insolación a la que me he expuesto durante el día- regreso al surf camp tras degustar un buen vaso de batido de chocolate fresquito y, tras ducharme y descansar, me dispongo a tomarle a Yeray la invitación -varias veces ofrecida por él, a lo largo de los días que llevo aquí- para salir a tomar algo y conocer la vida nocturna de Corralejo. Acepto para constatar, una vez más, cómo los mismos patrones de comportamiento que en mi juventud observé –sufrí- siguen produciéndose entre los noctívagos jóvenes –y no tan jóvenes- que se echan a la noche, desde mi punto de vista, con el casi exclusivo propósito de ver y ser visto. Para ver tienes que estar atento, alerta, a cuanto acontece a tu alrededor. Tus ojos se mueven de un lado a otro y permanecen poco tiempo fijados en los de la persona con la que, a duras penas, dado el volumen de la música, intentas mantener una conversación. Elevaciones de cejas, sonrisas tontas, saludos con la mano y frecuentes interrupciones son los hitos que jalonan esta ardua empresa –la de comunicarnos verbalmente- que en otras situaciones y lugares se produciría con naturalidad. Para ser visto (y olido), por otra parte, se requieren otras estrategias: ropas modernas, provocativas, bronceados exageradamente cobrizos, perfumes dulces e incluso una amplia gama de elementos de expresión corporal –la mayor parte de ellos utilizados de modo inconsciente- son desplegados por la mayoría de los allí masificados. Los ojos de todos, de todas, canicas de pin ball, izquierda, derecha, izquierda, derecha, buscan, buscan, absorben, absorben mientras que la música suena, suena, suena y todos beben, beben, beben mucho, mucho, mucho alcohol. A la mañana siguiente, con el cuerpo roto, castigado por ir contra natura -muestra evidente de que la especie humana ha de descansar por la noche- las conversaciones con los demás girarán en torno a la hora a la que te has acostado (parámetro social que parece determinar el grado de diversión disfrutada), las chicas que viste y, por lo general, aquéllas con las que te quedaste con ganas de conquistar. Rara vez, muy rara, el goce auténtico no provocado por sustancias etílicas o alucinógenas. Rara vez, muy rara, el encuentro enriquecedor, profundo, auténtico, con alguna de esas chicas que tanto anhelas o con las personas con las que hablaste. Mucha energía, tiempo, salud y dinero gastados, a mi juicio, para tan poca satisfacción, alegría y plenitud obtenidas.
A la una, más o menos, para desconcierto de algunos de los allí presentes, tranquilamente, me volví a casita para descansar y preparar el cuerpecillo para mi última clase de surf del día siguiente.

(Extracto del texto “Fuertesurfeando”, Walter Post Villacorta, julio 2013)


Alvia 04087 rumbo a lo desconocido

  • ¿En el Alvia con la bici?- se le arquean las cejas- “No vas a poder subirla”.
  • Es una plegable- contesto, con una sonrisa recién estrenada, una sonrisa fresca, de 7:35. El informador informante de la oficina de información de la estación de Chamartín mueve a un lado y otro, con microgestos desaprobadores, mi comentario y quién sabe si, quizás, también mi sonrisa.

Marcho al andén 20 con ese ligero vértigo que cohabita, en el estómago, con mi frugal desayuno de 6:35. A medida que me aproximo al andén donde se encuentra el tren de alta velocidad, con destino Bilbao-San Sebastián-Irún, la atmósfera se torna más tétrica, dado que no hay mucha iluminación una vez se pasa la cafetería donde algunos viajeros toman su desayuno, relajadamente, ajenos a mi angustia y pasos inciertos. El acceso a las vías se encaja, oculto, en el ala derecho de la estación de ferrocarril, un lugar sórdido desde el que unas escaleras mecánicas descienden al infierno. Poca gente se aventura por estos parajes, y menos aún los que cogen esas escaleras vacías, hambrientas, que reclaman almas perdidas. Delante de mí una pareja arrastra sus cadenas, su equipaje: él, algunas maletas con ruedas, mientras que la espalda de ella sucumbe bajo el peso de la funda que, por sus dimensiones y forma, imagino guarda un chelo o contrabajo. “¿Una músico?” – susurro “, y yo un ciclista urbano… A ver quien tiene el alma más condenada… Si a ella no le ponen impedimentos, por el tamaño brutal de su instrumento musical”, reflexiono, acariciándome la barbilla ante el inesperado pareado “, ¿por qué habrían de ponérmelo a mí?” Pero mis palabras suenan huecas al caer golpeándose contra las paredes de mi laringe, produciendo un eco inquietante a medida que descienden: “a mí… a mí… a mí…” Cuando llegan al fondo, y se escucha el impacto acuoso, una determinación surge con ímpetu de mis perversas profundidades: La tomaré como rehén en caso de que me dificulten el paso al tren, la pondré a ella delante, la utilizaré como escudo, coraza argumento, aliada, lo que sea, con tal de establecer paralelismos disuasorios si los guardianes del infierno me niegan acceder al tren, dado que el tamaño de su instrumento -protegido en un brillante y curvilíneo estuche negro- dista poco del de mi querida Dahon Curve Mu plegable.

Al llegar al andén diviso la bestia blanca esperando ya, semiadormecida, sobre los raíles. Un suave ronroneo eléctrico vibra a lo largo de su cuerpo articulado. Una fila de condenados, con apenas fuerzas para sujetar los billetes en sus manos desvaídas, esperan cabizbajos su turno. El sonido de sus cadenas arrastrándose hacia el control rasga este silencio ignominioso y comienza a erizar el escaso vello de mis pantorrillas. “No esperaré a que vean una bicicleta”, me digo, anticipándome a mí mismo “. La mejor defensa es el ataque”. Quito las alforjas y pliego al máximo, como nunca, mi pequeña metalizada, sorprendiéndome lo reducida que puede llegar a quedar. Pasito a pasito me va llegando el turno. Un ser oscuro, alejado de la barrera de acceso, erguido junto a la bestia blanca, observa la comitiva de ánimas. Mi respiración se detiene cuando posa sobre mi equipaje sus ojos fríos. Mi corazón empieza a encabritarse cuando, llegado el momento en que he de mostrar mi billete a esa mano de uñas rojas –desde las que aún gotea sangre- y que sale de la ventanilla, rasgando las telarañas que la cubren, el ser oscuro se arranca hacia mí.

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“Aquí viene el golpe”, me digo, tensándome y sujetando con fuerza a mi pobre pequeña plegable, que aprieta su cuerpo asustado contra el mío a medida que el demoníaco interventor se aproxima a nosotros.

“La bicicleta ha de estar metida en una bolsa”. Escucho el susurro diabólico escaparse de los dientes maltrechos, mientras un dedo enfermizo, señala a mi pequeña. Un sonar de violines rasga la atmósfera y sus notas agudas quedan vibrando, suspendidas sobre nuestras cabezas. Los cuerpos de los condenados se petrifican y clavan su mirada en mí. El ser oscuro me observa desde sus ojos pustulentos bajo los que cuelgan bolsas de piel verdusca.

“No lo sabía”, añado, “, lo siento. Para la próxima vez lo tendré en cuenta. Muchas gracias”. Disparo humildad y cortesía mientras mis manos sudorosas continúan agarrotadas a mi pequeña temblorosa.

El ser maligno hace un imperceptible movimiento con su desproporcionada y deforme cabeza y se aparta apenas unos centímetros de mí, dejándome un estrecho paso franco. Con refrenada velocidad me dirijo al tren, sin mirar atrás, conteniendo la respiración.

Una vez en el vagón que me corresponde, mi Dahon me sonríe, varias gotas de grasa aún perlan su cuadro. Observo el modo en que los cables de sus frenos y cambio se relajan, se sueltan, a medida que la encajo en el hueco para equipaje del que dispone este ignominioso tren.DSCN1487

Al cabo de unos minutos, mi querida bicicleta duerme profundamente, acurrucada sobre sí misma en lo que, para ella, no deja de ser una posición fetal. Tras colocar las alforjas en la parrilla de la parte superior, me acomodo en mi asiento, suspiro y pongo los cascos. El “Lullabye” de los Cure comienza a tamborilear sólo para mí mientras el Alvia es engullido por el oscuro túnel…

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La sangre es la vida

dice Drácula, y dice bien, dado que es un vampiro… Pero para los seres humanos, el sol, tu más mortífero enemigo, querido Príncipe de las Tinieblas, es la vida. Ese sol que se encuentra velado por una densa niebla alcarreña en este amanecer bajo cero. Descarga 30-12-2012 216Los campos están helados y el silencio es absoluto dado que no corre el viento. Sólo se escucha el chirriar del pedaleo y mi respiración. En apenas unos minutos, desde que saliera de la cafetería donde desayuné, las orejas empiezan a dolerme hasta la insensibilización. Cifuentes, donde he pasado la noche, ha quedado atrás y la nuclear de Trillo, a la que quería visitar para hacerle un corte de mangas, queda oculta por estas nubes perezosas que difuminan el mundo a mi alrededor creando espectros con cada árbol.

Cuando me detengo para sacar unas fotos, pienso que podría ponerme el gorro debajo del casco, pero ya mis dedos han dejado de funcionarme y soy incapaz de abrir la alforja donde lo tengo guardado. Observo con sorpresa que los guantes están empezando a cubrirse de escarcha.Descarga 30-12-2012 219 Saco las fotos con dificultad, pues me es muy complicado apretar ese diminuto botón con estos dedazos de aprendiz de hombre de las nieves. Vuelvo a la bici, y empieza el congelamiento de la punta de los dedos de las manos (los pies aguantarán aún un poco más). Es mucho más doloroso que el de las orejas, y duradero, pero para mi asombro llega un momento en que dejo de sentirlo porque dejo de sentirlos, lo cual me retrotrae a una experiencia que tuve en Cercedilla, hace muchos años. Hice una excursión solitaria, a pie, en la que caminé hundiéndome en la nieve durante horas, por lo que se me empaparon las botas. Cuando volví a mi casa, el dedo chiquinín de uno de los pies se había quedado insensible, dormido, anestesiado. Y así se pasó varios días, lo cual llegó a preocuparme. Me pregunto, cuando veo cómo mi flequillo también empieza a blanquear sobre mis ojos, cuántas horas de congelación son precisas para que uno pierda algún dedo… Cobijo como puedo las manos, encogidos los deditos sobre sí mismos, rodeando a los pulgares, tras la bolsa de manillar, y guío la bicicleta con la presión de mis muñecas sobre la dirección, lo cual me hace sentir ligeramente inseguro, pero es la única oportunidad que se me ocurre puedo ofrecer a mis pobres manos para aliviarlas del castigo gélido.
Los pueblos se van sucediendo, la Alcarria que Cela describió en su viaje se ha convertido en un fantasma impenetrable. Ayer la disfruté y hoy la estoy sufriendo. La idea de pedalear solito durante algunos días fue muy buena: me encuentro en la gloria, pero la de hacerlo a finales de diciembre, en esta zona, ha sido nefasta, pues ahora lo único que deseo es zambullirme de cabeza en un agujero negro, donde tiempo y espacios se pliegan, para aparecer en apenas unos segundos en Madrid, en mi camita, con bufanda, calcetines, gorro de lana, guantes, bolsa de agua caliente, edredón de plumas y chocolate a la taza inyectado en vena.

Mis piernas se mueven con la mayor velocidad que puedo –las mallas me protegen eficazmente del frío, como lo hace el cortavientos-, y me llama mucho la atención que mi aliento se mantenga caliente, así que lo utilizo como un foco de atención/meditación que compatibilice el dolor de las manos. Ahora también mis brazos están cubriéndose de escarcha y, cuando voy a cambiar de piñón –tengo que pulsar la maneta con toda la mano, dado que no me es posible hacerlo con estos dedos patosos-, descubro que está cubierta de hielo. Pobre Walkyria… como su dueño, ella también llora lágrimas heladas. Paso junto a un arroyo y un ave enorme despliega pesadamente el vuelo, flopeando ante mí hasta desaparecer. Con el objeto de poder observar aves, llevo mis prismáticos a mano, pero lo que ahora no tengo son manos para cogerlos.

La mayor traición se produce cuando mi cuerpo me pide satisfacer una necesidad que va en contra de toda lógica, dada la situación en que me encuentro. ¿Cómo se le ocurre solicitarme orinar con la que está cayendo?, ¿por qué someter a uno de mis más preciados tesoros a semejante riesgo? Me quito los guantes, veo mis dedos gordotes y enrojecidos, apenas puedo doblarlos pero, cuando lo hago, siento mil pinchazos que los agujerean desde dentro, la sangre está llegando a las zonas periféricas y el dolor es inmenso. La sangre es la vida, para Drácula, pero a mí en este momento me está dando la muerte. Siento que el estómago se me revuelve, como cuando me dio aquella bajada de tensión después de donar sangre en ayunas. Incluso, como entonces, siento ganas de vomitar. Maldigo, gimo, respiro profundamente y me doblo por la bisagra de mi cintura cual autista asustado repetidamente (¿por qué haremos esto ante el dolor?) hasta que el cuerpo se medio templa, luego realizo la temeraria acción tan vilmente requerida y sigo mi camino.

Durón, Budia, viejas iglesias, campanadas, plazas mayor con soportales, villancicos que salen de unos altavoces atornillados al balcón del Ayuntamiento, perros cazadores ladrándome desde su encierro (esas especies de carros-jaula cogidos a los cuatro por cuatro), a la espera de que sus dueños salgan de tomarse el cafelito antes de iniciar su asesino cometido, y por fin, cuando asciendo hacia Fuentelaencina… ¡El sol, la vida!, cubriéndome de besos amarillos. El sol es la vida, amigo Drácula, el maravilloso sol que ayer me acompañó durante toda la jornada, desde Guadalajara hasta Cifuentes, y que me permitió incluso comer al aire libre frente al castillo de Torija. Descarga 30-12-2012 190Me reconcilio con mis manos y orejas, pero un frío azul vibra en mis huesos, una gelidez que no me abandonará en todo el día y que morirá, ahogada, ya por la noche, por la ardiente ducha con la que rociaré mi frigocuerpo.

Atrás han quedado dos días en que busqué la soledad en estos albos y rojos campos alcarreños. Atrás ha quedado ya el 2012 y aquí, frente a mí, frente a todos, el 2013, dispuesto a ser pedaleado por aún no sabemos qué lugares maravillosos…

 

(Nota: esta crónica la escribí hace ya dos años. La subo hoy, 31 de diciembre de 2014, porque el frío que he pasado esta mañana en Madrid me ha estimulado a recordar aquel viaje…)

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Bicicletazo

“Son curiosos, por ejemplo, los sufijos que indican un golpe, pues a menudo guardan relación con el propio sonido de la pieza (-azo, -ón, además de –ada). Por ejemplo, martill-azo, empuj-ón, cabez-azo, tir-ón, manot-azo, cod-azo, tromp-azo…)”

 

Cierro un momento el libro “La gramática descomplicada”, de Álex Grijelmo. Me estiro. Estoy sentado sobre mi esterilla nueva, preparando las clases de Lenguaje del curso, en una linda praderita del Parque del Oeste, junto a mi querida bicicleta plegable que, de pie a mi lado, sobre su caballete, mira los pájaros, las nubes, la hierba. Llevo un buen rato en la misma postura y decido cambiarla. Me tumbaré boca abajo, me digo, así arqueo la espalda en sentido opuesto, verás qué bien. Me tumbo, abro de nuevo el libro, me acomodo, busco la página por la que iba y retomo la lectura sobre los sufijos, esas piececitas que, añadidas a la raíz de la palabra, dan alguna información sobre ella cuando de repente, ¡ZAS!, siento un impacto cuasibrutal en mi cabeza. Aturdido, descubro a mi bicicleta tumbada sobre mí. ¿Qué ha pasado?, susurro, y recuerdo, sí, que justo hace unos segundos he percibido un golpe de viento que ha sido el preludio, y causante, del otro golpe, el más contundente, sobre mi cráneo. Me levanto, pongo la bici de nuevo sobre el caballete, pero, ay, amigo, esta vez al otro lado, por si las moscas (y los vientos).

Me pica mucho el lugar donde he recibido la traidora agresión. Ya lo sé, me digo, ahora tendré la impresión de que estoy sangrando, incluso notaré cómo me baja la sangre, pero será una ilusión, en realidad no se tratará más que de un chichón curiosón. En esos momentos es cuando siento la sangre correr. Semicomplacido por haberme adelantado a este engaño perceptivo, sin darle importancia, me llevo la mano a la frente y… La punta de mis dedos está roja y pegajosa. Sangre. Sangre para Drácula, mascullo. Mi propia bicicleta, en un día tan plácido como hoy, se ha abalanzado contra mí malamente, sin ningún respeto ni consideración. Eso sí, empujada por un viento juguetón que quizás no medía las consecuencias de sus actos. ¿Será una señal?, me pregunto, dubitativo ¿una manera de que aprenda los sufijos con mayor fijación y realismo?, ¿una nueva vertiente de aprendizaje significativo? ¿O es que viento y bicicleta han buscado el modo de recordarme la antigua pedagogía de que la letra con sangre entra?

Busco una toallita con la que contener la ligera hemorragia. Escuece. Sonrío. Qué trompazo acabo de recibir, más bien qué bicicletazo, y no puedo dejar de recordar que, hace apenas un mes, en Senegal, Walkyria, la bici con la que viajaba, también me golpeó con fuerza, en el pecho, cuando su pata de cabra se hundió en un suelo que la lluvia tropical había convertido en blando barro. Entonces fue el cuadro quien me agredió porque me encontraba, al igual que hoy, a su lado, sobre la esterilla, pero entonces estaba meditando bajo la lluvia, con lo que el susto fue mayor aún.

Ya es casualidad… Dos bicicletazos seguidos… Menos mal que mi fondo de bicis se eleva a tan solo cuatro… Aunque me estremezco al pensar el modo, lugar y excusa que buscarán las dos que quedan para igualar lo que parece se ha convertido en moda, o broma, bicicleteril.

Al final va a resultar que reposar, leer, meditar junto a tu bici, lejos de ser una muestra de cariñosa atención, se ha convertido en un atrevido acto semi suicida.

Puede que todo sea una coincidencia… O puede que no… Atentos, compañeros…

chichon


El color de la piel

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Había pasado demasiado tiempo encerrada en esa habitación, esa casa y esa ciudad. Se me habían dormido los sentidos sentada delante de la pantalla del ordenador día tras día. Empecé a darme cuenta un viernes o un sábado al despertarme y ver el brazo estirado delante de mis ojos. Vi que no tenía la marca del sol en sus pliegues, que la piel estaba blanca, tan blanca que no la reconocía y empecé a pensar si no habría estado dormida durante varios meses.

Todavía tirada en la cama vinieron a mí algunos recuerdos de episodios cicloturistas. El sol pegándome fuerte reflejado en las eternas aguas de Ruidera; aquel rizado viento soplando con fuerza en el Atlas marroquí, agrietando mi cara y nublando mis ojos, pero llenándome tanto de vida que creía estar en el centro del Universo; el agua milagrosa de una tormenta necesaria en el sur de Extremadura, con personas de toda condición dando saltos de alegría a mi alrededor; esas curvas de ensueño en el cañón de Añisclo, donde sentirse pequeño era lo natural ante la enormidad de la naturaleza. En cada ruta pasaban tantas cosas que no había memoria para tanto suceso.

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Cuando, con la ayuda del interventor, vi la bicicleta acomodada en el furgón del tren regional, empecé a sentir que ya había empezado mi ruta, que ese poder del tren moviéndose sobre las vías era como la fuerza del pedaleo. Acomodada en mi asiento cerraba los ojos y me podía ver subiendo y bajando las piernas con fuerza sobre unos imaginarios pedales ferroviarios. Todo el tren se movía con la fuerza de mis piernas, los paisajes corrían a los lados y la gente en los caminos me saludaba agitando las manos. Hasta que tocaba parar en una estación y, entonces, estiraba los brazos sobre el asiento delantero… quiero decir, sobre los frenos, y entonces el tren paraba, la gente descendía, unos se abrazaban y reían, otros se despedían y lloraban, pero todo el mundo estaba agradecido a ese tren que les llevaba.

Ya en ruta sobre mi bicicleta, buscando mi camino y esta primavera disfrazada de verano, las cosas se ven de otra manera: van mucho más despacio, ahora siento de verdad que no tengo prisa alguna, que todo ocurre a un ritmo insólito y que la vida se alarga como este camino serpenteante que me lleva a algún sitio perdido de estas montañas.

Llevo el sol a cuestas, pero el sol no lo sabe, él se deja caer sobre los bosques y las mesetas y qué idea tiene el sol que allí estoy yo llevándomelo a trozos, haciéndome sudar.

Había rogado que cayeran sólo chirimiris que me hicieran parar a preparar toda la parafernalia de plásticos, chubasqueros, bolsas y demás protecciones, que cuando las acabas de preparar ya no te sirven para nada porque, para entonces, lo ha dejado, se ha cansado de esperar a la tranquila cicloturista que se está inventando tormentas y charcos enormes. Pero el norte es otra cosa. Aquí las nubes te traen y te llevan sin preguntarte. De todos modos, pensar ahora en las lluvias es fantasear con el destino, porque este sol me muerde los hombros y me dibuja formas en la piel, que delatarán mi vestuario durante varias semanas.

Una vez más siento que el tiempo no existe, que los caminos te sugieren lugares que todavía no se han inventado y me dejo llevar por estas laderas, estos ríos y estos árboles.

Me tumbo en esta pradera de un verde inexplicable a recibir este sol que tanto me llena de vida.

Acurrucada por el sonido del arroyo me quedo dormida, dando descanso a mis fatigadas piernas, tan poco acostumbradas últimamente a las pedaladas, aunque éstas hayan sido discretas y tranquilas.

Sueño con viajes inalcanzables, como el de ir a China en bicicleta, siguiendo la ruta de Marco Polo, si es que dicha ruta es posible de seguir. O cruzar de norte a sur el continente americano, haciendo amigos por el camino y ganándome la vida haciendo chapuzas, enseñando idiomas o contando en las plazas de los pueblos de América Latina las historias que me hayan acontecido .

Me despierto molesta por un fuerte picor en la espalda. Me he quemado la piel al quedarme dormida al sol. El dolor es horrible y me avergüenzo de no haberlo previsto, pese a mi experiencia cicloturista.

Me tapo y continúo la ruta, en busca de algún pueblo con asistencia médica o farmacéutica donde me puedan curar. 

Se empieza a nublar rápidamente. Todo parece indicar que va a caer una tormenta. Empiezo a desesperar. Ya no voy disfrutando del paisaje, sólo busco ese lugar donde refugiarme de la lluvia y ser atendida de las quemaduras.

Empieza a llover con fuerza, pronto se va a hacer de noche y, para acabar de arreglarlo todo, acabo de pinchar.

Estoy en medio de la nada, con el agua de lluvia cayéndome por todos lados, sin apenas comida, con la espalda quemada, con una rueda pinchada y empezando a anochecer. Dejo la bici a un lado, me siento sobre un tronco caído y me echo a llorar. Las lágrimas se las llevan los goterones de agua que caen de las hojas de los árboles, vencidos por la lluvia y el viento.

De pronto siento unas manos que me cogen del brazo muy lentamente, levanto la cabeza y veo una aldeana que me sonríe y me abraza. Siento como desaparecen los dolores, la lluvia y hasta la melancolía. Me coge de la mano y me pide que le siga, llevándome a una pequeña casa con un maravilloso fuego donde me ofrece comida, agua caliente para lavarme y un ungüento para la espalda.

 

Dije una vez en una tertulia de viajes que el dios de los cicloturistas te lo quita todo para luego poder dártelo todo y no puedo sino pensar que es totalmente cierto.

Aquí, durmiendo en este camastro, todavía frescos los ecos de mi conversación con Rosa, la aldeana, con el sonido del fuego de leña que va poco a poco muriendo, con esta sensación de que la vida es un maravilloso viaje por las sensaciones y los recuerdos, no puedo dejar de pensar que mi servidor de correo de internet va a reventar de mensajes recibidos y que no pienso volver para mirarlos. Que los únicos mensajes que voy a leer son los de los mapas que me acompañan, los de los pájaros, los de las montañas, los de las nubes y los de las arrugas en la piel de las gentes que encuentre en el camino.