Pedalibre

Asociación cicloturista y de ciclismo urbano

Alvia 04087 rumbo a lo desconocido

  • ¿En el Alvia con la bici?- se le arquean las cejas- “No vas a poder subirla”.
  • Es una plegable- contesto, con una sonrisa recién estrenada, una sonrisa fresca, de 7:35. El informador informante de la oficina de información de la estación de Chamartín mueve a un lado y otro, con microgestos desaprobadores, mi comentario y quién sabe si, quizás, también mi sonrisa.

Marcho al andén 20 con ese ligero vértigo que cohabita, en el estómago, con mi frugal desayuno de 6:35. A medida que me aproximo al andén donde se encuentra el tren de alta velocidad, con destino Bilbao-San Sebastián-Irún, la atmósfera se torna más tétrica, dado que no hay mucha iluminación una vez se pasa la cafetería donde algunos viajeros toman su desayuno, relajadamente, ajenos a mi angustia y pasos inciertos. El acceso a las vías se encaja, oculto, en el ala derecho de la estación de ferrocarril, un lugar sórdido desde el que unas escaleras mecánicas descienden al infierno. Poca gente se aventura por estos parajes, y menos aún los que cogen esas escaleras vacías, hambrientas, que reclaman almas perdidas. Delante de mí una pareja arrastra sus cadenas, su equipaje: él, algunas maletas con ruedas, mientras que la espalda de ella sucumbe bajo el peso de la funda que, por sus dimensiones y forma, imagino guarda un chelo o contrabajo. “¿Una músico?” – susurro “, y yo un ciclista urbano… A ver quien tiene el alma más condenada… Si a ella no le ponen impedimentos, por el tamaño brutal de su instrumento musical”, reflexiono, acariciándome la barbilla ante el inesperado pareado “, ¿por qué habrían de ponérmelo a mí?” Pero mis palabras suenan huecas al caer golpeándose contra las paredes de mi laringe, produciendo un eco inquietante a medida que descienden: “a mí… a mí… a mí…” Cuando llegan al fondo, y se escucha el impacto acuoso, una determinación surge con ímpetu de mis perversas profundidades: La tomaré como rehén en caso de que me dificulten el paso al tren, la pondré a ella delante, la utilizaré como escudo, coraza argumento, aliada, lo que sea, con tal de establecer paralelismos disuasorios si los guardianes del infierno me niegan acceder al tren, dado que el tamaño de su instrumento -protegido en un brillante y curvilíneo estuche negro- dista poco del de mi querida Dahon Curve Mu plegable.

Al llegar al andén diviso la bestia blanca esperando ya, semiadormecida, sobre los raíles. Un suave ronroneo eléctrico vibra a lo largo de su cuerpo articulado. Una fila de condenados, con apenas fuerzas para sujetar los billetes en sus manos desvaídas, esperan cabizbajos su turno. El sonido de sus cadenas arrastrándose hacia el control rasga este silencio ignominioso y comienza a erizar el escaso vello de mis pantorrillas. “No esperaré a que vean una bicicleta”, me digo, anticipándome a mí mismo “. La mejor defensa es el ataque”. Quito las alforjas y pliego al máximo, como nunca, mi pequeña metalizada, sorprendiéndome lo reducida que puede llegar a quedar. Pasito a pasito me va llegando el turno. Un ser oscuro, alejado de la barrera de acceso, erguido junto a la bestia blanca, observa la comitiva de ánimas. Mi respiración se detiene cuando posa sobre mi equipaje sus ojos fríos. Mi corazón empieza a encabritarse cuando, llegado el momento en que he de mostrar mi billete a esa mano de uñas rojas –desde las que aún gotea sangre- y que sale de la ventanilla, rasgando las telarañas que la cubren, el ser oscuro se arranca hacia mí.

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“Aquí viene el golpe”, me digo, tensándome y sujetando con fuerza a mi pobre pequeña plegable, que aprieta su cuerpo asustado contra el mío a medida que el demoníaco interventor se aproxima a nosotros.

“La bicicleta ha de estar metida en una bolsa”. Escucho el susurro diabólico escaparse de los dientes maltrechos, mientras un dedo enfermizo, señala a mi pequeña. Un sonar de violines rasga la atmósfera y sus notas agudas quedan vibrando, suspendidas sobre nuestras cabezas. Los cuerpos de los condenados se petrifican y clavan su mirada en mí. El ser oscuro me observa desde sus ojos pustulentos bajo los que cuelgan bolsas de piel verdusca.

“No lo sabía”, añado, “, lo siento. Para la próxima vez lo tendré en cuenta. Muchas gracias”. Disparo humildad y cortesía mientras mis manos sudorosas continúan agarrotadas a mi pequeña temblorosa.

El ser maligno hace un imperceptible movimiento con su desproporcionada y deforme cabeza y se aparta apenas unos centímetros de mí, dejándome un estrecho paso franco. Con refrenada velocidad me dirijo al tren, sin mirar atrás, conteniendo la respiración.

Una vez en el vagón que me corresponde, mi Dahon me sonríe, varias gotas de grasa aún perlan su cuadro. Observo el modo en que los cables de sus frenos y cambio se relajan, se sueltan, a medida que la encajo en el hueco para equipaje del que dispone este ignominioso tren.DSCN1487

Al cabo de unos minutos, mi querida bicicleta duerme profundamente, acurrucada sobre sí misma en lo que, para ella, no deja de ser una posición fetal. Tras colocar las alforjas en la parrilla de la parte superior, me acomodo en mi asiento, suspiro y pongo los cascos. El “Lullabye” de los Cure comienza a tamborilear sólo para mí mientras el Alvia es engullido por el oscuro túnel…

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