Atropello ciclista en Madrid en el Día Mundial de la Bicicleta

por Walter Post Villacorta

El pasado miércoles, 3 de junio, Día mundial de la bicicleta, David Sáiz
disfrutaba, pedaleando, en la cadena ciclista que se había organizado en
Madrid con el objeto de reivindicar –una vez más, y otra, y otra, y otra- que
nuestra ciudad se transformara en una urbe más amable para las bicis
–amén de para otros medios no contaminantes, activos, de desplazamiento,
por supuesto-. Recuerdo haberle saludado, cuando pasó junto a mí. Sonreía,
contento, por poder estar de nuevo en las calles, con su bicicleta, uniéndose
a un acto convocado por un grupo de asociaciones preocupadas por la
calidad del aire, por la ocupación abusiva del espacio público por parte del
coche.

Unas horas más tarde, David yacía en la calzada de la calle Bravo Murillo,
malherido, al haber sido arrollado por un vehículo cuyo conductor, ebrio,
se había dado a la fuga
. Es curiosa la terminología que usa la Policía para
definir esta situación: Accidente entre vehículos, lo llaman, dándole al
acto de arrollar, y al de ser arrollado, el mismo estatus, como si ambos
vehículos –ambos conductores, que es de lo que se trata- estuviesen en
igualdad de condiciones. Es una muestra más del abismo que nos separa
del reconocimiento de nuestra condición de ciclistas urbanos, condición
ésta especial, por su vulnerabilidad, que debería ser tenida en cuenta a la
hora de contemplar una normativa más acorde a la realidad y que debería,
por lo tanto, generar unas medidas –urbanas, legislativas, políticas, etc.-
adecuadas a dicha condición.

A David, afortunadamente, no le pasó nada grave. Se recupera de las
contusiones y aprovecha su convalecencia para denunciar nuestra
realidad. Es lamentable –y digno de encomio- ver los vídeos en que narra
el accidente y reclama más protección para nuestro colectivo. Del
conductor, irresponsable, culpable de un homicidio –es una opinión
personal- más o menos involuntario o voluntario, claro, depende de cómo
fuera el atropello, no sabemos nada (excepto que, afortunadamente,
gracias a la policía, fue localizado), pero nos tememos lo peor…

Que las autoridades son más permisivas de lo que, desde nuestro punto
de vista, debieran serlo en situaciones como ésta, es una obviedad, pues a
estas alturas conducir borracho debería suponer, por justicia, la anulación
permanente del permiso de conducir, dado que esa persona ha
demostrado no estar apta para asumir la responsabilidad que supone
conducir. Y no vale con regañinas o pérdidas de puntos que permiten
seguir haciéndolo. Un vehículo de 1.000 kilos manejado por una persona
irresponsable es un arma letal, y no debería haber segundas
oportunidades para matar a alguien. Ya va siendo hora de que se tome
conciencia de que los coches son potenciales armas letales, y es un
hecho que aún muchas personas olvidan cuando están al volante. Si ellas
no son lo suficientemente responsables para ello, otros deberían asumir
dicha responsabilidad.

David ha sido afortunado, le dicen los médicos, porque podría haber
quedado seriamente afectado. No se puede decir lo mismo de los ciclistas
muertos con anterioridad en nuestro país –aproximadamente uno a la
semana-, como tampoco se puede entender por qué nuestro gobierno
central, de manera general, y nuestro ayuntamiento, de manera
específica, no asumen su responsabilidad a la hora de afrontar un
problema de salud pública como es el de reducir –hasta hacer
desaparecer, por supuesto- la contaminación que afecta a nuestras
ciudades (la cual causa alrededor de 10.000 muertos anuales) impulsando
medios sostenibles, no contaminantes y saludables como los que, desde
nuestra asociación, demandamos.

A la crisis ecológica que teníamos antes del COVID se suma, ahora, la
sanitaria. Si ya antes de la pandemia la generación de residuos era
inasumible para los ecosistemas, ahora, con los millones de mascarillas y
guantes que se desechan, dicha crisis se agudizará hasta niveles
inadmisibles. Si ya antes de la pandemia la utilización masiva de vehículos
contaminantes colapsaba nuestras carreteras y ciudades, ahora, que se
prevé que el sector del automóvil va a incrementar sus ventas en un 40 % –
debido al miedo de los ciudadanos a utilizar el transporte público, para no
infectarse del virus- se augura un futuro demencial. De nada ha servido
ver cómo otras ciudades, otros países, han aprovechado la coyuntura para desarrollar políticas afines a la bicicleta, que se ha demostrado un medio
de transporte idóneo para afrontar la crisis sanitaria. De nada ha servido
evidenciar la asombrosa capacidad de regeneración del aire, en apenas
dos meses, que se ha constatado, por no hablar del resurgimiento voraz
de la vida a partir de la flora y fauna que nos rodea. Nuestro gobierno
prepara ya 2.700 millones de euros en ayudas para el sector del
automóvil, en lugar de emplearlos para una ineludible, urgente,
reconversión industrial -que garantice un futuro más saludable para las
generaciones venideras-, y en unas políticas de desarrollo de
infraestructuras ciclistas, subvenciones para la adquisición de bicis, etc.
que reincidan –si es que ése es el objetivo- en la prevención de los
contagios.

Y ya que hablamos de salud (¿hemos dejado de hacerlo a lo largo de este
artículo?), no se ha dejado de cacarear, durante los últimos meses, el
mantra: La salud es lo primero, pero ahora que se trata de evitar que
sigamos contaminando nuestro aire, ¿dónde queda ese propósito?
¿Seremos tan cerriles de desvincular el uso de los coches de las
enfermedades –también letales, aunque no se quiera mirar en esa
dirección, porque supone enfrentarse a poderosos lobbys- que nos asolan
debido a dicha contaminación?

Y para los que nos gusta el cine, quiero finalizar este artículo haciendo
mención a la película Troya (Wolfgang Petersen, 2004), a la escena en que
Ayax –bajo licencia cinematográfica, dado que Homero nunca describió
dicho desembarco- gritaba a los remeros de su navío, cuando aún no
habían arribado la costa:¡Remad, remad!, ¡los griegos están muriendo en
las playas de Troya!
” para hacer un símil que viene, desgraciadamente,
muy al caso, y gritar a todos y todas las que creemos en la bicicleta como
elemento fundamental para la construcción de un mundo nuevo:
¡Pedalead, pedalead, compañer@s!, ¡los ciclistas están muriendo en
nuestras calles, en nuestras carreteras y ciudades!
Apretemos los
dientes, unámonos y sigamos siendo tan valientes, tan soñadores, como
David. Y luchemos por ese sueño porque, como podemos ver, no nos lo
van a dar gratis. De eso podemos estar seguros.

¡Ánimo, David, estamos contigo!

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Un comentario

  1. Como ciudadano, como miembro de peda libre, como ciclista y como automovilista estoy totalmente de acuerdo con lo escrito por walter.
    Es muy reprochable que asociaciones de automovilistas no hayan denunciado este hecho y otros anteriores .
    Quiero recalcar que mientras las asociaciones de automovilistas no sean beligerantes con los conductores que infringen las normas de movilidad, no están cumpliendo con sus obligaciones ni con la normativa vigente.
    Es preciso convocar a estas asociaciones para hablar con ellas sobre la solución para evitar tantas muertes inocentes.
    En sus manos está informar a los conductores de automóviles que no están solos en las calzadas, que las tienen que compartir entre otros con los ciclistas.
    Muchos automovilistas son ciclistas y viceversa.
    También a nosotros nos corresponde informar a todos los ciclistas que tienen que respetar las normas de movilidad.
    Emulando al reverendo King diría que he tenido un sueño.
    Las asociaciones de ciclistas y de automovilistas teníamos una reunión con el alcalde de madrid para poner fin a una disputa estéril y llegar al acuerdo más lógico.
    La movilidad compartida más eficiente.
    Saludos
    German

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