Viaje en bici por los pueblos del sureste de Madrid

  • Por los pueblos del sureste de Madrid, del Tajo al Tajuña y la Alcarria Madrileña
  • Desde Colmenar de Oreja a Brea de Tajo, Olmeda de las Fuentes y Valdilecha
  • Del 5 al 8 de diciembre de 2020

La Comunidad de Madrid está en confinamiento perimetral, es puente y queremos pedalear, nos lanzamos a descubrir el sureste de la región. Salimos de Colmenar de Oreja, con interesante plaza y casco histórico, hacia el sureste de la Comunidad buscando el Tajo y la frontera con Castilla-La Mancha por Cuenca y Guadalajara.

Rodando hacia las ricas vegas, cultivos y villas del Tajo, Villamanrique y Fuentidueña con sus fuentes, iglesias, solares, torreones de antiguas familias y encomiendas: la Mayor de Castilla y la de Santiago.

Por la tarde entramos a la llanura de Estremera, dejando a la derecha la cárcel, hasta la plaza con la nobleza de sus casonas y las columnas del pórtico del ayuntamiento. Entre relojes, campanas y campanadas salimos y remontamos hasta Brea de Tajo. Ya de tarde, frío y sin alojamiento. El alcalde, Rafael, y su ferviente y servicial amigo Salvador deciden que esa noche Manuel y yo dormiremos en el hostal Higuerlop de Estremera.

Obedecemos y nos dejamos llevar. Paseo nocturno por el pueblo y cena con aperitivo de suculentos torreznos. Descansamos.

De mañana toca volver a subir a Brea de Tajo, ahora con más ánimo. Pedaleamos entre pinares -mientras vamos alcanzando cota- hasta que aparece el pueblo; esta vez pasamos de largo (previniendo des-encuentros) y partimos, primero subiendo hacia Carabaña y después a la derecha rumbo a Orusco de Tajuña. Cambiamos de paisaje, que ahora es de dehesa, con sembrados entre grandes encinas y quejigos amarillentos.

Reconfortantes carreteras solitarias… Seguimos subiendo, coronamos un alcor y entramos en el dominio de olmedas y olmos; pasamos por Valdehormeña, primero por la urbanización de parcelas con sus chalets y después por la antigua, blanca y auténtica hacienda, que nos cautiva, pero que solo podemos visitar furtivamente amenazados por un sinfín de carteles de prohibido el paso.

Y seguimos bajando arroyos –Arroyo de Valdeolmeña- y veguillas hasta toparnos, ya en Orusco, con la vía verde del Tajuña; refrigerio calentito en un bar muy transitado por ciclistas de diverso pelaje.

Y ahora sí, por la vía verde siguiendo el Tajuña hasta Ambite que está colgado en la falda de la sierra y enfrente, faldeando la otra ladera, aparece ya a lo largo y a lo ancho un Ambite de nueva factura y urbanizaciones varias. Aventura en la encina milenaria y en el Palacio de Ambite. Encontramos una pareja con niños que nos guarda las bicis mientras nosotros, acompañados de su pequeña Nara, nos acercamos a la encina y al palacio. Y allí, feliz coincidencia, otra pareja- con perro- se acerca con la intención de visitar el palacio para proponerle a la dueña el rodaje de un vídeo.

Ella accede y nos enseña el imponente edificio del siglo XVII con sucesivas y acertadas reformas. Lo mejor: las vistas al sur con los balcones que iluminan las estancias más hermosas. Historias y anécdotas familiares. Consigo arrancar a Manuel de las fauces de la Historia, nos despedimos de la dueña y de la pareja y volvemos a las bicis, ¡que se nos está haciendo muy tarde!

Olivos, viñas y almendros por las umbrías descendiendo hacia Villar del Olmo donde comimos aprovechando el poco sol que bajaba hasta lo hondo del regato, en un banco del jardín y salimos subiendo hacia la prometida Olmeda de las Fuentes. Algo más de tráfico mientras a la izquierda se iba perfilando el caserío aterrazado blanco y verde de ciprés como albaicín de la Alcarria. Cautivador.

Mientras paseábamos buscando secretamente un sitio para acampar, nos sorprendió Nahuel con su hija y con su perro. Pacífico y amable, quería ayudarnos de corazón, porque es también ciclista experimentado en alforjas y carrito de niños. Nos deja su teléfono y se ofrece a ayudarnos a buscar sitio de acampada.

Entramos al pueblo, trepando por una buena rampa, en busca de La casa del médico anunciado alojamiento rural del ayuntamiento que resulta estar cerrado. Y allí mismo, bien alto, entre el consultorio y la casa de niños, que es como llaman en los pueblos de Madrid a las guarderías, encontramos un espacio de tierra recogido de vientos, que nos pareció el mejor sitio para pasar la noche. Pero antes, ya oscurecido, bajamos al centro del pueblo y, de igual manera a la que les sucedía a los cómicos de otro tiempo, por la calle se nos acercaban los niños que querían saber de nuestras bicis y alforjas, de cómo viajábamos, dormíamos y comíamos… ¡Cuánta expectación! El adulto que les acompañaba, y que resultó ser el secretario del ayuntamiento, nos habló de los atractivos del municipio, de su ilustre paisano Jerónimo Páez -descubridor de las fuentes del Nilo- y de la obra de los artistas contemporáneos allí afincados. Y así, en animada charla, como si nos conociéramos de toda la vida, sentimos lo que yo llamo el corazón de la bici, el corazón que la gente te abre solo por saber que has llegado rodando hasta su pueblo. Y nos fuimos contentos al Portón, a tomar un vino y cenar calentitos.

La noche ventosa pasó sobre nosotros sin molestar y salimos de mañana subiendo hasta la planicie alcarreña, pedregosas tierras rojas en barbecho y muchos olivares.

Llegamos con viento a Pezuela de la Torres, cafelito para seguir ya bajando hacia Corpas, con su palacio abandonado, que nos recuerda a los de Pastrana, en la plaza; viento frío bajando hasta el cruce sin llegar a Valverde de Alcalá y luego remontando hacia Nuevo Baztán con el palacio y la fábrica de Juan de Goyeneche, un emprendedor de su tiempo. No podemos visitarlo porque es tarde y estamos en pandemia.

Llueve, está fría la orilla, nos acogen en un restaurante. Nos abrigamos y disfrutamos de un cocido a la leña en puchero de barro en el mismísimo patio, debajo de un toldo y a salvo de los comensales -gritones y potenciales contagiadores- que abarrotan la zona techada. Reconfortante. Ahora nos calzamos los escarpines y atravesamos las Eurovillas, urbanización de postín en medio de un monte de encinas. Mientras se nos iba haciendo de noche descendimos hasta Valdilecha. Nos sorprende este pueblo medianito, con iglesias, ermitas y buenas casas. Cena en la Ochava-mollejas de cordero-y noche en el Hostal Nuria, donde puedo asegurar que experimenté la mejor relación calidad precio en materia de alojamientos de mi historia reciente (cama de más de 2 metros con colchón nuevo ¡por 25 euros!); por la mañana cuando nos devolvió las bicicletas le agradecimos a Ezequiel, el dueño del hostal, la comodidad de la habitación.

Ya el último día, también ventoso, enfilamos por el Tajuña hacia Tielmes, flanqueamos los cerros excavados de antiguas cuevas y llegamos hasta la conocida casa-cueva que no pudimos visitar por ser día de fiesta; nos acercamos al lavadero del pueblo interesante y bien restaurado.

Pedaleamos por un valle y una vega, dejando a la derecha varias entradas a otra gran urbanización (Perales de arriba) y remontamos el repechón de Valdelaguna. Es día de fiesta y hay teatro en el atrio de la iglesia, tres actrices-actores subidos en un improvisado escenario haciendo mimo al estilo del Tricicle. Unos vinos y una ración de callos al sol en la plaza nos resarció del frío; y salimos para el pueblo vecino, Belmonte del Tajo situado, en efecto, en lo más alto de un buen cerro y tirando de nuestras bicis buscamos abrigo en el atrio de la iglesia; en un banco al sol calentamos y nos comimos un cuscús y hasta echamos un piconcino de siesta.

Salimos de Belmonte con viento de cara y enseguida aparecieron en el horizonte las torres de Colmenar de Oreja. Después de colgar las bicis en el portabicis, nos despedimos del pueblo visitando el imponente puente de Zacatín y la plaza mayor. Un viaje gozoso con Manuel por estas soledades que tanto me gustan y que ha reconfortado mi corazón y avivado mi deseo de seguir descubriendo mundos, cercanos o lejanos.

Josefa Masa Calles
Madrid 12 de diciembre de 2020

Track de la ruta en Wikiloc por Manuel Jurado Alcudia


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