Pedalibre

Asociación cicloturista y de ciclismo urbano


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La bicicleta en Renfe Larga Distancia

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Esperando al tren (con bultos raros)

Hace no mucho, históricamente hablando, Renfe cambió su normativa respecto al transporte de bicicletas en trenes de larga distancia. Por lo que a los colectivos pro-bici respecta, fue algo unilateral por parte de la compañía y, sorprendentemente, para mejorar las condiciones previas.

Tengo la impresión de que esta mejora no ha sido suficientemente difundida entre quienes podemos valernos de ella, quizá porque nos la hemos encontrado hecha y Renfe tampoco ha puesto ningún interés en publicitarla. Después de haberla puesto en práctica y comprobar que es real, hemos aprendido lecciones de esas que no te enseñan en la escuela. Aquí va un resumen…

Las novedades

La (llamémosla) nueva norma nos trae una noticia buena y una mala…

La noticia buena es que esta norma supone un salto importantísimo respecto a la situación anterior; abre una puerta que hasta ahora estaba prácticamente cerrada: ahora se pueden transportar bicis en los trenes de larga distancia, incluidos los de alta velocidad.

La noticia mala es que hay ciertas condiciones y, sobre todo, que la nueva norma no ha venido acompañada de ninguna reforma en el material para facilitar el transporte de las bicis.

A continuación, un resumen de la situación actual…

Lo que dice (la norma)

Transcribo lo que aparece en la normativa:

Viajar con Bicicletas

Para todos nuestros trenes

Plegadas o desmontadas

Siempre que superen las dimensiones señaladas para ser consideradas equipaje de mano, serán admitidas en los servicios AVE, Larga Distancia y Avant para trayectos nacionales con las siguientes condiciones:
Que la bicicleta se encuentre plegada o desmontada dentro de una funda de unas dimensiones máximas de 120 x 90 x 40 cm (largo-alto-ancho).

Los pedales deben estar desmontados y el manillar girado 90º.

Luego cuenta alguna cosa más sobre especificidades del transporte de bicis en plazas acostadas (camas y literas), que ya existían en la normativa anterior. Me centro a propósito en las novedades que afectan a Larga Distancia, que es de lo que quiero hablar. Media Distancia (antiguos “Regionales”) y Cercanías tienen normas diferentes, con la excepción de los servicios Avant, que son Media Distancia pero cuyo material rodante es similar al de Larga Distancia y para los que aplicaría la misma normativa de transporte de bicis que en Larga Distancia. Un lío, ya sé…

Para quien lo quiera consultar y se atreva, la normativa completa está en http://www.renfe.com/viajeros/info/bicicletas.html

Parte del lío es culpa de la incompetencia de Renfe para ordenar bien las ideas y explicarlas adecuadamente. Re-ordenamos el discurso para que se entienda mejor:

Lo que quiere decir

La organización de la información es equívoca, por no decir errónea: bajo un título “Para todos nuestros trenes”, hay un subtítulo “Plegadas o desmontadas” y un texto que sólo aplica a Larga Distancia (es decir, ¡no a todos los trenes!). Si la realidad es compleja, deberían, por lo menos, dedicarle un poco más de esfuerzo a explicarla mejor.

Os traduzco lo que realmente quieren decir:

En los trenes de Larga Distancia, las bicis sólo se pueden llevar plegadas (en las bicis en las que eso sea una opción) o desmontadas (ruedas y pedales). Debe usarse una funda. El bulto final no puede pasar de 120 x 90 x 40. Y lo del manillar.

Ya está. No dice nada más.

Lo que significa

Esta normativa significa que podemos llevar bicis en los trenes de larga distancia sin problemas y sin tener que dar explicaciones; en teoría, al menos. No hay que pagar nada extra por llevar la bici, no hace falta reservar espacio, ni siquiera avisar que se pretende viajar con una bici. En teoría, no hay límite al número de bicis que se pueden llevar por tren. Recordad, eso sí, que en el tren la autoridad es del revisor/a. Si decide que las bicis no caben, molestan o hay cualquier pega, puede decidir que las bicis no viajan. En principio, prima la atención al cliente (y la persona que viaja con bici lo es) pero no dejamos de estar sujetos a una cierta arbitrariedad.

¿Bienvenidos/as a la nueva arcadia intermodal ibérica?

Sí y no… continúo…

Limitaciones de espacio

La teoría está muy bien pero se queda corta si no se ve respaldada por la práctica. Renfe ha hecho una norma abierta y progresista pero se ha quedado a medias. No ha terminado de respaldarla con la realidad física de los trenes.

Podéis esmeraros en conseguir un bulto acorde a las medidas requeridas e, inocentemente, esperar que, si se han tomado la molestia de especificar con tanto detalle, será porque habrá un espacio dentro del tren donde quepa un bulto de tal tamaño… así sería en una compañía normal pero ¡esto es Renfe! y cualquier cosa es posible.

A estas alturas, ya os imagináis lo que va a pasar… efectivamente, en los trenes no hay (casi) ningún espacio para equipajes donde quepa un bulto de 120 x 90 x 40.

Casos prácticos según tipo de tren

Los Talgo/Altaria y los AVE tienen más o menos los mismos espacios para equipajes:

  • La típica balda continua encima de las filas de asientos
  • Un maletero pequeño detrás de la última fila de asientos
  • Un maletero grande en el extremo del vagón

Los Alvia, parecido, con un par de diferencias: no existe el maletero pequeño; y el maletero grande tiene más fondo.

Las mejores condiciones se dan en los Alvia. Se pueden colocar las bicis en el maletero grande:

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Maletero del Alvia con dos bicis apiladas

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Maletero del Alvia otra vez

El encaje no es ideal, los bultos sobresalen un poco, pero queda bastante aceptable. En las fotos hay dos bicis apiladas. Se podrían, probablemente, poner tres bicis y en la balda de arriba podrían ponerse más aunque habría que tener cuidado con la estabilidad del conjunto.

El mayor reto es encontrar hueco para hacer esto. En cabecera de viaje, se puede conseguir pero en estaciones intermedias suele ser difícil. Siempre podemos recurrir a mover maletas, si hiciera falta, con el riesgo que esto siempre conlleva de que alguien se lo tome mal.

En los Talgo/Altaria y AVE, la cosa se complica. El maletero grande tiene menos fondo y no hay manera de encajar el bulto de 120 x 90 x 40 sin que sobresalga demasiado en alguna dimensión:

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Maletero del AVE. El del Talgo/Altaria es similar

Una bici tumbada como aparecía en las fotos del Alvia sobresaldría más o menos lo mismo que esa maleta oscura pero, claro, a lo largo de mucha más longitud. Lo hemos probado en un Talgo y quedaba fatal. Molestaba visualmente y ocupaba un espacio de pasillo que se necesitaba para pasar sin dificultad. No tenía futuro.

Fijaos que el maletero tiene dos baldas (la de arriba sale por poco en la foto), separando tres espacios. Si hubiera tenido sólo una balda, las bicis habrían cabido de pie y se habrían podido apilar dos por cada altura, para un total de cuatro bicis por maletero (dejando muy poco sitio para otras maletas, eso sí)

El maletero del Alvia no sólo es más profundo sino que tiene sólo una balda, lo que viene bien a la hora de encajar bultos grandotes como las bicis.

No hemos viajado con bicis en trenes AVE pero sí en Talgo/Altaria y, visto que el material rodante es prácticamente el mismo, las conclusiones sobre lo que hemos encontrado en estos nos parecen extensibles a aquellos.

Para llevar bicis en el Talgo, hemos probado varias opciones:

  1. En la balda continua situada encima de los asientos
  2. En el maletero pequeño (alias el maletero-ranura)
  3. Donde hemos podido

Balda continua

Esta balda es bastante profunda y es posible meter la bici tumbada. Por lo demás, todo son pegas: subirla ahí requiere esfuerzo y hay riesgo de molestar a otras personas en la operación; la bici sobresale un poco y no da una impresión muy tranquilizadora, aunque nos pareció bastante estable. Desde luego, como se caiga en un bache, la liamos. Por fin, la bici necesita mucho espacio contiguo de balda y puede ser difícil que lo haya; si no lo hay, tendríamos que ponernos a mover bultos, con lo delicado que es eso (nunca sabes cómo se lo va a tomar la gente)

Maletero pequeño

Éste es un espacio casi de fortuna, en el hueco que queda entre la última fila de asientos y la pared del fondo. Es como una ranura del ancho aproximado de una maleta. Tiene dos alturas, separadas por una balda. En la parte de abajo, es posible que quepa una bici de pie.

Digo “es posible” porque el encaje es muy, muy, muy ajustado, en todas las dimensiones. Si el bulto no es escrupuloso con los 120 x 90 x 40, no va a entrar. Y, con todo, esto sólo sirve en los vagones de clase Preferente. Esto es así porque, en esos vagones, hay tres asientos por fila (2 a un lado del pasillo y 1 al otro) y los asientos son más anchos que en clase Turista (en la que hay cuatro asientos por fila, 2 a cada lado). El maletero-ranura que está detrás del grupo de dos asientos de clase Preferente es el único que tiene fondo suficiente para que la bici entre sin sobresalir. Lo intentamos en los maleteros-ranura de clase turista y no fue posible: la parte de bici que sobresalía se comía medio pasillo.

Por desgracia, olvidé hacer fotos de los episodios con los maleteros-ranura.

Opciones de fortuna

Esto incluye el coche-bar, donde pusimos dos bicis en la esquina del fondo a indicación del revisor. No es un buen sitio pero no molestan mucho si el bar no tiene mucho público. Tampoco tengo fotos de esto pero os podéis imaginar…

La otra opción, a la desesperada: bici vertical, tumbada encima de la puerta de salida del vagón, previa consulta al revisor sobre qué lado del tren era el que no se necesitaba abrir. Puede hacer falta cambiar la bici de puerta si no todos los andenes de las estaciones intermedias caen al mismo lado. El revisor tiene esta información.

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En el descansillo del Talgo

Esta opción no gusta nada a los revisores y puede resultarnos un incordio si hiciera falta cambiar las bicis de lado con frecuencia.

No esperaríais que fuera a ser fácil…

Leyendo entre líneas

La bici arrastra muchos sanbenitos en nuestra sociedad y el transporte en los trenes lleva asociados unos cuantos, tanto por parte de Renfe como, posiblemente, del resto del pasaje. Este efecto es más serio cuanto mayor sea la “categoría” percibida del tren en cuestión: en los Cercanías, vale casi todo; en los Media Distancia, más o menos… son trenes de batalla. En Larga Distancia, el ambiente es más aséptico, Renfe vende asepsia y la gente espera que así resulte. Meterte en un tren de estos con una bici, en el mejor de los casos, va a llamar la atención; y es muy posible que esto degenere en actitud de rechazo.

Si queremos tener un futuro viable para el transporte de bicis en Larga Distancia, es importante que tengamos estos factores emocionales en cuenta y que actuemos con discreción.

El desmontaje y el embalado

La idea del desmontaje es que el bulto tenga un tamaño manejable y sea compacto. Esto tiene lógica y, personalmente, me parece un compromiso aceptable. Sólo hay que desmontar ruedas, pedales y guardabarros, que es una operación relativamente sencilla.

La idea del embalado es que el bulto no dañe ni manche nada. Esto también tiene lógica y, nuevamente, es algo que puedo comprender y aceptar de buen grado.

Las dimensiones

De las tres dimensiones en cuestión, hay dos que son fáciles de cumplir para una bici de las nuestras: alto (90 cm) y ancho (40 cm). La dimensión que nos lo puede poner difícil es ese 1.20 m de largo máximo. Si sólo quitamos las ruedas y sus guardabarros, en mi experiencia, la cosa se queda en 1.25-1.30 m. Si nos ponemos estrictos con esa dimensión y queremos cumplirla a rajatabla, la siguiente pieza que podemos mover es el portabultos o el manillar. Lo más sencillo y efectivo suele ser desacoplar el manillar de la potencia y colocarlo integrado en el conjunto.

Hasta ahora, en ningún caso a venido nadie a medirnos el bulto ni hemos recibido comentarios al respecto del tamaño.

El factor asepsia

Esto entronca con la parte psicológica-percibida de la bici. Ni Renfe ni sus clientes (así, grosso modo) quieren ver sucias bicis en sus impolutos trenes. Tampoco quieren ver bultos de esos que lleva la gente pobre. Necesitan que el conjunto sea, como mínimo, aséptico, mejor aún si es un bulto con glamour.

Lo del glamour puede ser complicado de conseguir pero lo de la asepsia es relativamente sencillo. Nuestra estrategia más último-grito es utilizar fundas específicas para bicicleta. Esto le da un tinte de normalidad al hecho de llevar la bici embalada: si hay una funda específica (y se puede comprar, hay alguien que la vende), será que está bien hacerlo.

En un viaje lineal, habría, probablemente, que cargar con la funda de marras durante todo el viaje. Esto invalida las fundas complejas y pesadas, que las hay, pero también las hay sencillas y ligeras y, para lo que se busca (la percepción de normalidad), sirven perfectamente.

En una ocasión, una revisora nos “perdonó la vida”, permitiéndonos viajar a pesar de que nuestro embalaje, según ella, no era aceptable. Estábamos de vuelta tras un viaje de varias semanas y habíamos improvisado un paquete con plástico de ferretería recién comprado y cinta de embalar (las fotos del viaje en el Alvia corresponden a esa ocasión). Era un plástico grueso y resistente y el paquete nos quedó estupendo, cumplía perfectamente los objetivos teóricos de proteger y compactar pero ¡no cumplía el objetivo no escrito de la asepsia!

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El embalado de la discordia

La revisora no lo verbalizó así pero no me cabe duda de que su problema era ese. Nos dijo que era necesario usar una funda específica para bicis, cosa que no es cierta (en ningún sitio de la norma dice tal cosa) pero preferimos no discutir y dejarle ganar su mini-guerra a cambio de que nos dejara en paz.

Discreción

Otro aspecto clave de la parte psicológica es intentar no llamar mucho la atención. Va a ser difícil no hacerlo pero, al menos, que sea lo menos posible. Renfe y su parroquia se olvidarán enseguida de que estamos ahí si encajamos bien el equipaje sin mucho jolgorio. Es un factor clave de normalización del transporte de bicis en el tren.

Consideraciones prácticas

Algunas pueden parecer obvias. Otras, no tanto…

El embalado requerido es relativamente sencillo, se puede hacer en 20 ó 30 minutos. Esto posibilita algo muy importante: hacerlo in-situ, en la estación, con lo que podemos usar la bici para desplazarnos hasta allí y llevar cómodamente el resto de nuestro equipaje (alforjas y tal). La bici, una vez embalada, deja de ser un vehículo útil y se convierte en un muerto intransportable. De ahí la importancia de poder hacer el embalado en el último momento.

Para un viaje largo (a partir de varias semanas), probablemente no merezca la pena cargar durante todo el trayecto con una funda para sólo usarla en el viaje de ida y/o en el de vuelta. En tal caso, se puede improvisar el embalado para el viaje de vuelta con algo que compremos (como el plástico recio de ferretería) o que apañemos pero perdemos el factor asepsia. Otra posible opción es enviar por correo o de alguna otra forma la funda al punto final del viaje. Para viajes de una semana o menos, que son la mayoría de los que vamos a hacer sin salir de la península, nuestra opción normal es llevarnos la funda encima, aunque sea peso muerto durante el pedaleo.

Usamos fundas específicas para bicis en versión básica: una simple funda de nailon recio, sin estructura, de forma rectangular y abierta por uno de los lados largos. Las únicas que hemos encontrado localmente (es decir, sin recurrir a internet) son del Decathlon. Las dos que tenemos pesan 365 y 555 gramos; aunque es el mismo producto, varía ligeramente la construcción según el año y la versión.

Las fundas que usamos no se cierran. Podríamos buscar unas que se cerraran completamente o añadirles un velcro o cremallera a las que tenemos. Como sólo las vamos a manipular nosotros/as, el riesgo de perder alguna pieza suelta es bajo y las hemos dejado como están.

Es importante que la bici sea un bulto compacto y sin piezas sueltas (especialmente, si la funda no se puede cerrar completamente). Usamos cinta plana con hebilla para unir las dos ruedas al resto de la bici. Con una cinta por bici debería bastar. Conviene llevar algún adhesivo (cinta de embalar o similar) por si hay alguna emergencia. Los pedales van mejor dentro de una alforja.

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Nótese la cinta plana que une las tres piezas (rueda, rueda y resto)

Si tenemos un pulpo (que, normalmente, llevamos de todas formas), lo usamos para abrazar el bulto, dándole apariencia más compacta.

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Paquete listo

Es fundamental que el bulto tenga un asa y que se pueda transportar colgado del hombro. Pensad que, aunque sea una distancia corta (llegar al andén y transitar por él), tendremos que cargar con la bici embalada y (a la vez) con el resto del equipaje. La bici pesa y, llevada en la mano, rozaría con el suelo, con lo que habría que transportarla izando a pulso, algo que requiere mucho esfuerzo. La mejor forma de llevarla es colgada del hombro, de forma que libre el suelo y, así, además, nos deje las manos libres para llevar el resto de bultos.

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Bicis al hombro (luego, al tren)

El asa se puede implementar con un lazo de cinta que pasamos alrededor de un elemento fijo de la bici; la barra del cuadro suele ser el mejor sitio, aunque dependerá de cada bici.

En resumen

Hasta que apareció la nueva normativa, la única forma de llevar bicis en trenes de Larga Distancia era en los servicios con literas o camas. La nueva normativa supone un salto adelante muy grande. Os animo a aprovecharla.

La nueva norma está muy bien pero sólo en la teoría. La práctica le va a la zaga, de forma que llevar bicis en Larga Distancia es ahora posible pero sigue sin ser fácil.

Las condiciones actuales hacen poco viable viajar con bicicletas para un grupo mínimamente grande. No voy a dar números de corte pero os podéis imaginar. Personalmente, nuestro record es 4. Pudimos viajar y no se hundió el mundo pero no resultó sencillo.

Es más que posible que esta normativa penda de un hilo fino, el de las sensibilidades a flor de piel cada vez que hay una bici en las proximidades. Por eso insisto en la importancia de cuidar al máximo las formas: discreción y buena pinta. Lleva una bici, siéntete como si llevaras unos palos de golf.

Para más información, el Petete de la intermodalidad bici-tren está en el blog Bicisaltren, de nuestra coordinadora ConBici; y, concretamente, en este artículo.


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Reunión con la Consejería de Transporte

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El día 19 de enero de 2016 tuvimos una reunión con el Consejero de Transporte, Vivienda e Infraestructuras, don Pedro Rollán, asistiendo también el Director Gerente del Consorcio Regional de Transportes de Madrid, Juan Ignacio Merino.

Por parte de las entidades de la Mesa Nacional de la Bicicleta asistimos Carlos Núñez, de AMBE, Alfonso Triviño, de la ACP y Juan Merallo, de Pedalibre-ConBici.

En el Documento de Propuestas al Consejero de Transportes podéis ver lo que les presentamos. Decidimos tirar alto. Estamos cansados de pedir migajas y parches y hemos ido a por todas, a pedir una gestión integral de la movilidad, en la que esté incluida la bicicleta. De lo contrario seguirán avanzando los años y las legislaturas políticas y seguirá sin pasar nada o muy poco.

En primer lugar solicitamos una Ley de Movilidad Sostenible de la Comunidad de Madrid, a imagen y semejanza de la Comunidad Valenciana, Andalucía, Cataluña y el País Vasco. Les explicamos que se avanza poco (y a veces mal) si sólo se aplican medidas de estímulo hacia la bicicleta, que es necesario abordar la gestión de la demanda, en el ámbito de la movilidad, y darle una vuelta a los factores que generan los problemas para buscar soluciones de origen (disuadir del uso de los vehículos contaminantes, para entendernos).

Sobre este particular nos contestaron que lo tenían que pensar, pues supone decisiones de ámbitos superiores.

Les pedimos la creación de un ente de la bicicleta, que gestione, analice y coordine todo el caos normativo y de políticas públicas inconexas que hay en la Comunidad, proponiendo un departamento dentro del Consorcio Regional de Transportes, al estilo del “Transport for London” inglés. Hay que decir que el Consorcio es quien está ya haciendo algunas acciones que serán pronto inauguradas, relacionadas sobre todo con la intermodalidad, pero nuestra petición va más allá. Les solicitamos que este Ente haga también campañas de difusión de los beneficios de la bicicleta.

En el terreno de la intermodalidad les planteamos mejoras de la accesibilidad con la bicicleta en los trenes y estaciones de Cercanías, en los autobuses interurbanos, en Metro y aparcamientos para bicicletas en los intercambiadores. Sobre esto último parecen estar haciendo ya algo y es lo que presentarán en breve. Además nos comentan lo ya aparecido en prensa de que quieren integrar a las bicicletas públicas de la región con el abono de transporte, para lo que están ya en diálogo con varias de estas ciudades.

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Ahondamos en el ya consabido problema de la accesibilidad ciclista a las grandes ciudades y de las conexiones interurbanas, como el enlace Coslada-Avenida de Arcentales, además de reclamar el mantenimiento de la infraestructura existente. Nos ofrecemos para proponer soluciones para cualquiera de los casos, para lo que nos solicitan entrar a formar parte de un grupo de trabajo sobre el tema.

Reclamamos la asignación de parte de la red de carreteras como de uso frecuente por parte de ciclistas en fines de semana con reducción de la velocidad para los vehículos a motor, anunciándoles que el día anterior la DGT había publicado normativa en ese sentido.

Se solicitó que la Comunidad de Madrid fuera promocionada como destino de viajes cicloturistas y la incorporación de la cultura de la bicicleta en las empresas de la Comunidad.

La sensación general es de que se quieren hacer y ya se están haciendo algunas cosas  (lo que ya es un avance en comparación a lo que se había hecho hasta ahora), aunque aún muy tímidamente si las comparamos con algunas de las Comunidades Autonómas de nuestro país, donde hay una mayor planificación y ordenación general, que es a donde deberíamos intentar acabar apuntando y, esperemos, sea ese finalmente el camino.

Podéis ahondar más en nuestras propuestas mirando el documento completo.


Alvia 04087 rumbo a lo desconocido

  • ¿En el Alvia con la bici?- se le arquean las cejas- “No vas a poder subirla”.
  • Es una plegable- contesto, con una sonrisa recién estrenada, una sonrisa fresca, de 7:35. El informador informante de la oficina de información de la estación de Chamartín mueve a un lado y otro, con microgestos desaprobadores, mi comentario y quién sabe si, quizás, también mi sonrisa.

Marcho al andén 20 con ese ligero vértigo que cohabita, en el estómago, con mi frugal desayuno de 6:35. A medida que me aproximo al andén donde se encuentra el tren de alta velocidad, con destino Bilbao-San Sebastián-Irún, la atmósfera se torna más tétrica, dado que no hay mucha iluminación una vez se pasa la cafetería donde algunos viajeros toman su desayuno, relajadamente, ajenos a mi angustia y pasos inciertos. El acceso a las vías se encaja, oculto, en el ala derecho de la estación de ferrocarril, un lugar sórdido desde el que unas escaleras mecánicas descienden al infierno. Poca gente se aventura por estos parajes, y menos aún los que cogen esas escaleras vacías, hambrientas, que reclaman almas perdidas. Delante de mí una pareja arrastra sus cadenas, su equipaje: él, algunas maletas con ruedas, mientras que la espalda de ella sucumbe bajo el peso de la funda que, por sus dimensiones y forma, imagino guarda un chelo o contrabajo. “¿Una músico?” – susurro “, y yo un ciclista urbano… A ver quien tiene el alma más condenada… Si a ella no le ponen impedimentos, por el tamaño brutal de su instrumento musical”, reflexiono, acariciándome la barbilla ante el inesperado pareado “, ¿por qué habrían de ponérmelo a mí?” Pero mis palabras suenan huecas al caer golpeándose contra las paredes de mi laringe, produciendo un eco inquietante a medida que descienden: “a mí… a mí… a mí…” Cuando llegan al fondo, y se escucha el impacto acuoso, una determinación surge con ímpetu de mis perversas profundidades: La tomaré como rehén en caso de que me dificulten el paso al tren, la pondré a ella delante, la utilizaré como escudo, coraza argumento, aliada, lo que sea, con tal de establecer paralelismos disuasorios si los guardianes del infierno me niegan acceder al tren, dado que el tamaño de su instrumento -protegido en un brillante y curvilíneo estuche negro- dista poco del de mi querida Dahon Curve Mu plegable.

Al llegar al andén diviso la bestia blanca esperando ya, semiadormecida, sobre los raíles. Un suave ronroneo eléctrico vibra a lo largo de su cuerpo articulado. Una fila de condenados, con apenas fuerzas para sujetar los billetes en sus manos desvaídas, esperan cabizbajos su turno. El sonido de sus cadenas arrastrándose hacia el control rasga este silencio ignominioso y comienza a erizar el escaso vello de mis pantorrillas. “No esperaré a que vean una bicicleta”, me digo, anticipándome a mí mismo “. La mejor defensa es el ataque”. Quito las alforjas y pliego al máximo, como nunca, mi pequeña metalizada, sorprendiéndome lo reducida que puede llegar a quedar. Pasito a pasito me va llegando el turno. Un ser oscuro, alejado de la barrera de acceso, erguido junto a la bestia blanca, observa la comitiva de ánimas. Mi respiración se detiene cuando posa sobre mi equipaje sus ojos fríos. Mi corazón empieza a encabritarse cuando, llegado el momento en que he de mostrar mi billete a esa mano de uñas rojas –desde las que aún gotea sangre- y que sale de la ventanilla, rasgando las telarañas que la cubren, el ser oscuro se arranca hacia mí.

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“Aquí viene el golpe”, me digo, tensándome y sujetando con fuerza a mi pobre pequeña plegable, que aprieta su cuerpo asustado contra el mío a medida que el demoníaco interventor se aproxima a nosotros.

“La bicicleta ha de estar metida en una bolsa”. Escucho el susurro diabólico escaparse de los dientes maltrechos, mientras un dedo enfermizo, señala a mi pequeña. Un sonar de violines rasga la atmósfera y sus notas agudas quedan vibrando, suspendidas sobre nuestras cabezas. Los cuerpos de los condenados se petrifican y clavan su mirada en mí. El ser oscuro me observa desde sus ojos pustulentos bajo los que cuelgan bolsas de piel verdusca.

“No lo sabía”, añado, “, lo siento. Para la próxima vez lo tendré en cuenta. Muchas gracias”. Disparo humildad y cortesía mientras mis manos sudorosas continúan agarrotadas a mi pequeña temblorosa.

El ser maligno hace un imperceptible movimiento con su desproporcionada y deforme cabeza y se aparta apenas unos centímetros de mí, dejándome un estrecho paso franco. Con refrenada velocidad me dirijo al tren, sin mirar atrás, conteniendo la respiración.

Una vez en el vagón que me corresponde, mi Dahon me sonríe, varias gotas de grasa aún perlan su cuadro. Observo el modo en que los cables de sus frenos y cambio se relajan, se sueltan, a medida que la encajo en el hueco para equipaje del que dispone este ignominioso tren.DSCN1487

Al cabo de unos minutos, mi querida bicicleta duerme profundamente, acurrucada sobre sí misma en lo que, para ella, no deja de ser una posición fetal. Tras colocar las alforjas en la parrilla de la parte superior, me acomodo en mi asiento, suspiro y pongo los cascos. El “Lullabye” de los Cure comienza a tamborilear sólo para mí mientras el Alvia es engullido por el oscuro túnel…

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El color de la piel

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Había pasado demasiado tiempo encerrada en esa habitación, esa casa y esa ciudad. Se me habían dormido los sentidos sentada delante de la pantalla del ordenador día tras día. Empecé a darme cuenta un viernes o un sábado al despertarme y ver el brazo estirado delante de mis ojos. Vi que no tenía la marca del sol en sus pliegues, que la piel estaba blanca, tan blanca que no la reconocía y empecé a pensar si no habría estado dormida durante varios meses.

Todavía tirada en la cama vinieron a mí algunos recuerdos de episodios cicloturistas. El sol pegándome fuerte reflejado en las eternas aguas de Ruidera; aquel rizado viento soplando con fuerza en el Atlas marroquí, agrietando mi cara y nublando mis ojos, pero llenándome tanto de vida que creía estar en el centro del Universo; el agua milagrosa de una tormenta necesaria en el sur de Extremadura, con personas de toda condición dando saltos de alegría a mi alrededor; esas curvas de ensueño en el cañón de Añisclo, donde sentirse pequeño era lo natural ante la enormidad de la naturaleza. En cada ruta pasaban tantas cosas que no había memoria para tanto suceso.

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Cuando, con la ayuda del interventor, vi la bicicleta acomodada en el furgón del tren regional, empecé a sentir que ya había empezado mi ruta, que ese poder del tren moviéndose sobre las vías era como la fuerza del pedaleo. Acomodada en mi asiento cerraba los ojos y me podía ver subiendo y bajando las piernas con fuerza sobre unos imaginarios pedales ferroviarios. Todo el tren se movía con la fuerza de mis piernas, los paisajes corrían a los lados y la gente en los caminos me saludaba agitando las manos. Hasta que tocaba parar en una estación y, entonces, estiraba los brazos sobre el asiento delantero… quiero decir, sobre los frenos, y entonces el tren paraba, la gente descendía, unos se abrazaban y reían, otros se despedían y lloraban, pero todo el mundo estaba agradecido a ese tren que les llevaba.

Ya en ruta sobre mi bicicleta, buscando mi camino y esta primavera disfrazada de verano, las cosas se ven de otra manera: van mucho más despacio, ahora siento de verdad que no tengo prisa alguna, que todo ocurre a un ritmo insólito y que la vida se alarga como este camino serpenteante que me lleva a algún sitio perdido de estas montañas.

Llevo el sol a cuestas, pero el sol no lo sabe, él se deja caer sobre los bosques y las mesetas y qué idea tiene el sol que allí estoy yo llevándomelo a trozos, haciéndome sudar.

Había rogado que cayeran sólo chirimiris que me hicieran parar a preparar toda la parafernalia de plásticos, chubasqueros, bolsas y demás protecciones, que cuando las acabas de preparar ya no te sirven para nada porque, para entonces, lo ha dejado, se ha cansado de esperar a la tranquila cicloturista que se está inventando tormentas y charcos enormes. Pero el norte es otra cosa. Aquí las nubes te traen y te llevan sin preguntarte. De todos modos, pensar ahora en las lluvias es fantasear con el destino, porque este sol me muerde los hombros y me dibuja formas en la piel, que delatarán mi vestuario durante varias semanas.

Una vez más siento que el tiempo no existe, que los caminos te sugieren lugares que todavía no se han inventado y me dejo llevar por estas laderas, estos ríos y estos árboles.

Me tumbo en esta pradera de un verde inexplicable a recibir este sol que tanto me llena de vida.

Acurrucada por el sonido del arroyo me quedo dormida, dando descanso a mis fatigadas piernas, tan poco acostumbradas últimamente a las pedaladas, aunque éstas hayan sido discretas y tranquilas.

Sueño con viajes inalcanzables, como el de ir a China en bicicleta, siguiendo la ruta de Marco Polo, si es que dicha ruta es posible de seguir. O cruzar de norte a sur el continente americano, haciendo amigos por el camino y ganándome la vida haciendo chapuzas, enseñando idiomas o contando en las plazas de los pueblos de América Latina las historias que me hayan acontecido .

Me despierto molesta por un fuerte picor en la espalda. Me he quemado la piel al quedarme dormida al sol. El dolor es horrible y me avergüenzo de no haberlo previsto, pese a mi experiencia cicloturista.

Me tapo y continúo la ruta, en busca de algún pueblo con asistencia médica o farmacéutica donde me puedan curar. 

Se empieza a nublar rápidamente. Todo parece indicar que va a caer una tormenta. Empiezo a desesperar. Ya no voy disfrutando del paisaje, sólo busco ese lugar donde refugiarme de la lluvia y ser atendida de las quemaduras.

Empieza a llover con fuerza, pronto se va a hacer de noche y, para acabar de arreglarlo todo, acabo de pinchar.

Estoy en medio de la nada, con el agua de lluvia cayéndome por todos lados, sin apenas comida, con la espalda quemada, con una rueda pinchada y empezando a anochecer. Dejo la bici a un lado, me siento sobre un tronco caído y me echo a llorar. Las lágrimas se las llevan los goterones de agua que caen de las hojas de los árboles, vencidos por la lluvia y el viento.

De pronto siento unas manos que me cogen del brazo muy lentamente, levanto la cabeza y veo una aldeana que me sonríe y me abraza. Siento como desaparecen los dolores, la lluvia y hasta la melancolía. Me coge de la mano y me pide que le siga, llevándome a una pequeña casa con un maravilloso fuego donde me ofrece comida, agua caliente para lavarme y un ungüento para la espalda.

 

Dije una vez en una tertulia de viajes que el dios de los cicloturistas te lo quita todo para luego poder dártelo todo y no puedo sino pensar que es totalmente cierto.

Aquí, durmiendo en este camastro, todavía frescos los ecos de mi conversación con Rosa, la aldeana, con el sonido del fuego de leña que va poco a poco muriendo, con esta sensación de que la vida es un maravilloso viaje por las sensaciones y los recuerdos, no puedo dejar de pensar que mi servidor de correo de internet va a reventar de mensajes recibidos y que no pienso volver para mirarlos. Que los únicos mensajes que voy a leer son los de los mapas que me acompañan, los de los pájaros, los de las montañas, los de las nubes y los de las arrugas en la piel de las gentes que encuentre en el camino.

 


Bicitren 2

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Bicitren-2, es una publicación dedicada a rutas de bici montaña por la Comunidad de Madrid utilizando el tren como medio de transporte para acceder a ellas. Son todas rutas de un día, con diferentes niveles de dificultad y con la posibilidad de bajarse el track de la ruta.

La información general se puede ver aquí.

http://www.madrid.org/cs/Satellite?c=CM_Actualidad_FA&cid=1354249777411&language=es&pagename=ComunidadMadrid%2FEstructura

Una ficha más en detalle e incluso un par de capítulos en pdf del libro lo podréis ver aquí:

http://www.madrid.org/edupubli/m_nove.htm

y los tracks completos , para Garmin, compe gps google earth y publicados por el autor Lorenzo Velayos Tomás, lo podrás descargar en su página web.

http://www.tombike.es/HTML/Bicitren-2.htm

Hay que valorar lo positivo que tiene esta publicación, que lo tiene y mucho, pero no podemos dejar de decir que pese a los consejos tan “deportivos” que se nos hace en el propio libro, desde luego cada uno podrá afrontar dichas rutas con un carácter más o menos deportivo o de paseo o de cicloturista, pues todas esas opciones caben en dichas rutas, no sólo la meramente deportiva.

Tampoco queremos dejar de apuntar que hemos visto algunos fallos en la publicación, como el consejo de circular en fila india en carretera, que no sólo no es una obligación con la actual normativa estatal en la mano, sino que se ha demostrado sobradamente como algo perjudicial para la seguridad del ciclista, al permitir a los vehículos motorizados adelantar a los ciclistas sin necesidad de desplazarse al carril contiguo, dejando una distancia de seguridad con el ciclista tanto exigua como ilegal. Lo ideal es circular en paralelo, pues evita la situación comentada y nos hace más visibles. La mayor parte de los atropellos a ciclistas por alcance lo son de ciclistas circulando en fila india o que circulaban solos.

Lo importante, en cualquier caso, es lo que nos une y ese es el espíritu de usar el ferrocarril para desplazarnos a estas rutas y de disfrutar del entorno sin necesidad de causar daños invasivos ni malos humos.


Ave, César, los que van a pedalear (y perder el tren) te saludan

La mañana es fresquita cuando bajo orgulloso, pedaleando, Bravo Murillo. Es temprano aún, no hay muchos coches. Intensa sensación de libertad en un asfalto tomado por asalto, calles a las que mis ruedas van arrancando el sueño. Me emociona ir camino de Atocha sabiendo que, en breve (pobre iluso) estaré cogiendo un tren que me llevará al lugar donde comenzaremos la Vía de la Plata. Algunos minutos después, he sacado dos billetes, indicando que viajamos con bicicletas. Luego he estado sentado, en el invernadero de Atocha, cerca de una hora, mirando las tortugas, leyendo mi librito, hinchando un pelín las ruedas… Cercana la hora de la partida, veo pasar a dos ciclistas, en dirección a las vías y les sonrío. Camaradas de viaje, supongo, en esta Semana Santa que algunos afortunados podemos empezar a gozar antes que los demás. Cuando Alicia llega, nos dirigimos tranquilos al control (desmonta alforjas, pulpo, saco, cinta negra, máquina, guardia jurado, televisor, cara de concentración, cinta negra, bultos avergonzados de haber mostrado sus intimidades, monta alforjas, saco, pulpo, adiós, adiós) nos dirigimos hacia el andén y, en el control de acceso a las vías, cuando queremos dar los billetes, nuestra primera sorpresa (vendrán más, no os impacientéis): nos dicen que ya han entrado dos bicis en el tren (¡maldición, los que he visto antes!) y este tren, que es de altas prestaciones (¿encima cachondeo?), sólo tiene capacidad para tres bicicletas. Vienen los ruegos, los “desmonto mi bici y la convierto en un bulto”, los “no puede ser porque sobrepasa las dimensiones de bulto” “no las sobrepasa”, “sí”, “¡No! (mirada intimidatoria, el ambiente se va enrareciendo), “no” (mirada tranquila, pasando del tema), los “mecagüentoyohesacadolosbilletesdiciendoqueteníamosbicis”, pero de nada sirve ante la férrea labor de placaje que nos hace la cuadrilla uniformada. Nos remiten a Atención al Cliente, pero nuestra atención de clientes se centra en ver,  aterrados, ¡hipercabreados!, cómo el tren se marcha ante nuestras ruedas. Baja a atención al cliente, escucha su comprensión, su “tenéis toda la razón”, su “podéis escoger entre el dinero u otro billete”, y así nos vemos redactando la queja y cambiando nuestros billetes para el siguiente tren, que sale dentro de varias horas y que en vez de las cinco y pico, va a necesitar… ¡siete horas! para llegar a Mérida, (¡oh, Emerita Augusta, tú que con tanto pesar escuchas el llanto de estos dos pobres cicloturistas que, a cientos de kilómetros, se ven impedidos a arribar a las puertas de tu gloriosa ciudad!) Con dolor de gladiadores heridos por tridente oxidado, se nos informa de que la persona que nos vende el billete de tren no puede saber en ese momento –ni nunca, vamos a ser francos- si hay espacio o no en el mismo para las bicicletas, porque nadie le ha comunicado, ni el ordenador le puede mostrar si –como ha sido nuestro caso- ya se ha hecho reserva previa de las plazas para bicicleta de las que dispone el tren, por lo que lo mismo da que le digas que viajas con bici como que llevas para el desayuno un bocadillo de mortadela…Recibirás la misma agradable sonrisa y se te extenderá un billete que te conducirá, directamente, a la puerta del misterio. “¿Habrá espacio en este tren de altas prestaciones para la bici?”, te preguntarás, acariciándote la barbilla, eso sí, sin poder mirar el Mare Nostrum ni su inmensidad antaño azul surcada de galeras, pues ante ti tan solo tendrás mesas donde ávidamente son devorados cafés con donuts y zumos de naranja. Pero caminarás, sin miedo, con tus sandalias, por la arena, hacia la puerta de embarque…

No hace falta repetir que, varias horas después, tuvimos que pasar otra vez el control (para más detalles, léanse la descripción arriba descriptivamente descrita) y volver, de nuevo, a situarnos frente a la barrera de placaje, que por fin se abrió cariñosa ante nosotros. Cogemos el tren siendo atendidos por la misma cuadrilla laboral, (esta vez de buen rollito: ¿veis como no había problemas, tontitos? Este tren tiene un espacio muy bueno para vuestras bicis, venid, venid, no os preocupéis que ya me encargo yo de ayudaros con la bicicleta, entenderéis que yo cumplía mi labor, etecé, etecé)

Tras arrancar la máquina, descubrimos que viajar en este regional es interesante de ser vivido, como mucho, una vez en la vida. Parece, en algunos tramos, una diligencia que a punto estuviese de descuajaringarse. El traqueteo cafetero, la velocidad punta que alcanza en determinados momentos (acabo de ver a dos escarabajos haciendo el amor), son factores que inducen a recordar aquellos viejos tiempos nunca vividos, afortunadamente, en que uno echaba el día (con su noche correspondiente) para llegar desde la capital de la Península a uno de sus puntos extremos. Ante esta ralentización temporal, observo los olivos, las sendas de tierra que serpentean entre ellos, y casi me parece ver a esas legiones que, a pie, recorrían las calzadas a lo ancho y pancho de Hispania, (y lo hacían, seguramente, más veloces que nosotros…) Reflexiono y descubro, con pesar, cómo esta experiencia pone de manifiesto la distancia existente entre mis valores – mi apología por la lentitud frente a las prisas y el estrés-, y el modo en que reacciono ante una situación que me permite ponerlos en práctica. Como en tantas otras cosas que defiendo, me digo que aún me queda mucho por aprender, por vivir, para ser coherente conmigo mismo…

Emérita Augusta se sorprende al vernos llegar de noche, pues sabe que hace ya muchos lustros abandonamos nuestra villa, cerca de Complutum, pero nos acoge cariñosa y, para compensar el agravio sufrido, nos facilita un albergue de peregrinos donde dormir (¡por los dioses!, ¿camino de peregrinos?, ¿a Santiago de Compostela? ¡Un nuevo espacio okupado a los paganos por la Santa Madre Iglesia!) El albergue es un bello edificio de piedra donde algunas horas más tarde, cuando queramos mimir, seremos deleitados por el potente roncar de un hombretón de barba blanca y prominente buche (umm, se parece a Santa Claus…) que me obligará a utilizar los tapones para los oídos que a punto estuve de no coger por creerlos innecesarios. Pero eso será después, porque lo primero que hicimos fue cenar y, luego, visitar la ciudad. Una urbe que se abrió, silenciosa, ante nuestros pasos meditabundos, ante nuestras preguntas, que buscaban un acto festivo nocturno en el centro de la emérita Emérita Augusta. A lo largo de nuestro caminar, nos encontramos con el Arco de Trajano -que en realidad es de la época de otro emperador-, y con el Templo de Diana -en el que nunca se rindió devoción a dicha diosa-. Seguimos recorriendo esta ciudad de sutiles engaños y, después de ver una dramatización del juicio de Cristo en el que los soldados romanos reían y saludaban a los suyos, entre el público, volvemos (¡Santa Claus nos espera con su sierra sonora!) al albergue. Al día siguiente emprendemos nuestro camino, esta vez sí, por fin, sobre nuestras queridas bicicletas a través de la Vía de la Plata. Del hermoso viaje, pinceladas: campos rojos, verdes, amarillos, muchas pedaladas, encinas, conejos, un miliario romano, águilas, algunas averías, camaradería, sendas de piedras molestosas, bajadas espídicas, otro miliario tumbadito, algún amago de lluvia, Santa Claus roncante en el siguiente albergue, unos ciclistas del País Vasco que recorren la Vía desde el norte, otros de Madrid que se desviarán hacia Monfragüe, bocatas, sopitas calentadas en el hornillo hecho con latas de cerveza, etcétera, etcétera.

Merida Salamanca, foto 1                                                        Merida Salamanca, foto 2

Tres días y medio después, 235 kilómetros más tarde, me desligo del grupo y pedaleo hacia Plasencia, donde cogeré el tren a Madrid (espero). Para llegar a esta urbe he de subir una ristra de kilómetros pesadísimos, desde Corcubión, por una carretera hipersaturada de vehículos contaminantes que, al pasar, lanzan bruscos golpes de aire sobre mi tranquilo pedaleo arcenístico. También interviene un camión, cuyo conductor no tiene mejor idea que pitarme justo cuando está a mi altura, con lo que si su propósito era avisarme de su llegada, casi consigue que del susto me meta debajo de sus inmensas ruedas. Luego, para más inri, el viento en contra, las patitas cansadas, el sudor que se enfría con este frío y, una vez he coronado la parte más elevada, justo cuando estoy incorporándome del sillín para enderezar mi espalda, zas, un mosquito en el ojo derecho. Estoy solo, no tengo ningún espejo, y le noto moverse inquieto unos segundos. ¡Por Júpiter!, ¿quién te manda meterte ahí? Con cuidado, y fortuna, al tun tun, puedo sacarle, ya cadáver, de mi ojo. Le hago un entierro digno –su cuerpo, muerto ya, ofrecido al viento- y bajo a Plasencia. Con temeroso tembleque espiritual, al sacar el billete, pido confirmación de que tengo plaza para la bici. Un par de llamadas telefónicas y se me dice que sí (¿podré confiar en este señor de azul que me recuerda a otros señores de azul? Que los hados me sean favorables…) Como dispongo de algo de tiempo, realizo una no muy extensa visita a la ciudad: una hermosa plaza mayor, una ración de patatas pobres con pimiento y huevo revuelto, una cervecita y, antes de partir, un encuentro con los camaradas mayriteños. ¡Qué agradable ver esas bicicletas apoyadas unas sobre otras, ocupando un espacio considerable en plena Plaza Mayor, reivindicando otro modo de viajar, de vivir, a lo largo de esta península de bárbaros! ¡Y sentarme, y charlar al solecito! Pero me tengo que ir, que sale mi tren. Me levanto, adiós, adiós, cojo mi bici, tris tras, tris tras, llego a la estación, un té con un bollito, y, al venir el tren de altas prestaciones dejo a mi bici colgada, como si fuera un chorizo -de un gancho terrible que está junto a una ventana- y me siento. Mis muslos burbujean. Me quito las sandalias. Arena entre mis dedos. El sol. Sus rayos oblicuos cayendo sobre esa calzada pisada por legiones antaño invencibles. Roce de escudos, un trote rítmico. El águila imperial reverberando sobre sus cabezas, puntas de lanza que brillan con destellos de plata, ese cielo hermoso (que al día siguiente verterá nieve sobre mis compañeros), esos árboles que son como garabatos sobre el verde, y yo, mirando a través del cristal, que me voy quedando dormido, me…voy…quedando…dormido…, m..e…….. v…o…y………………………………..

Walter Post Villacorta


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RENFE cobra a los ciclistas por un servicio tercermundista

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Ni aún pagando un billete en toda regla  por nuestra bici podemos asegurarnos un espacio para colocarla en el tren, Tras obtener dos billetes para bicicletas hace unos días nos encontramos con que el tren es de la serie 470 pero sin máquina autoventa y espacio para bicis. Todo ello estaba ocupado por asientos. Sin embargo fuera del tren sí que estaba el logotipo de la bicicleta.

Es decir. Te hacen pagar por un espacio que no tienes. Encima el tren te indica que hay un vagón para bicis y es falso. Y por último, como tenemos los billetes y por lo tanto el derecho a viajar, nos metemos dejando las bicis apoyadas en la puerta y teniendo que ir en cada estación a mirar si el andén cae por ese lado y, si es el caso, cambiando las bicis de lado, con la consiguiente molestia a los viajeros y, por supuesto, la consiguiente molestia a nosotros mismos que no disfrutamos nada del largo viaje. Hemos puesto la correspondiente reclamación, por supuesto, exigiendo además la devolución del dinero que hemos pagado, porque eso no son maneras de viajar.

La guarda de seguridad que subió en Zaragoza (cuando ya llevábamos más de la mitad del viaje) nos indicó cómo colocar nuestras bicis para no estorbar las puertas, ni bloquear el acceso a los botones de apertura y cierre de las mismas. Los pedalibreros ya lo hemos hecho así  en otras ocasiones, pero realmente es una situación que crea un peligro y resulta un problema de seguridad ¿RENFE puede permitirse poner en riesgo a los viajeros?

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Afortunadamente, en el viaje de vuelta Barcelona – Madrid, el tren disponía de espacio para las bicis y pudimos sentarnos tranquilamente a disfrutar del paisaje durante el itinerario.

Vaya nuestro agradecimiento a los interventores que, en general, son gente de buena disposición y amable con los ciclistas, facilitan con diligencia la info de que disponen y comprenden nuestras necesidades. Nos gustaría hallar esta sensibilidad también en las autoridades y técnicos en materia ferroviaria que redactan y publican la normativa de trenes.

Por otra parte, algo que observamos con agradable sorpresa en la estación de Barcelona – Sants fue un cartel informativo sobre la intermodalidad tren + bici. De forma esquemática explica la normativa para llevar tu bici en los distintos tipos de trenes. Nos gustaría que en otras estaciones como Chamartín, Atocha, Príncipe Pío, Nuevos Ministerios existiera una información tan clara y accesible. Lo mismo es aplicable a otras provincias, por supuesto, si no existe ya.

Normas generales (bici + tren)

Normas generales (bici + tren).