Centauros del asfalto

El centauro es, como todos sabemos, un ser mitológico. Mezcla de hombre y caballo, aúna la fuerza animal con la inteligencia y raciocinio humanos. Es condición del ciclista, al pedalear por la ciudad, poner los pies sobre el suelo y ser consciente tanto del peso de su cuerpo en las plantas de los pies como del calor y presión de sus manos sobre el manillar. Es en esos instantes cuando me siento algo centauro yo también. Este ser híbrido entre peatón –que camina- y conductor de vehículo –que se desplaza sobre ruedas- que somos los ciclistas nos confiere un modo de sentir la ciudad peculiar y distintivo. De algún modo, los motoristas se podrían asemejar a nosotros, pero el ruido y vibración del motor que tienen entre sus piernas aniquilan esta sutil percepción. A los ciclistas, como a los peatones, tocar suelo nos confiere un vínculo especial con el espacio en el que vivimos, nos hace tomar conciencia de nuestro cuerpo constantemente, pero lo extraordinario de los ciclistas es que lo hacemos sobre la calzada, un lugar frecuentado mayoritariamente por máquinas que, aun cuando no lo percibamos de manera consciente, suponen una amenaza. Es sutil, pero muy real. Recuerdo que ésta fue una de mis primeras grandes sensaciones cuando comencé a utilizar la bici en la ciudad (además, por supuesto, de las de vulnerabilidad y lentitud): la intensidad del asfalto bajo mis pies y el goce de convertirme, día a día, en un ser mitológico.

 

Centauros -y centáurides- que pedaleamos mientras nuestra respiración se acelera y nuestra mente estudia velocidades y trayectorias, analiza objetos moviéndose o se deleita con la forma en que las nubes anaranjean el cielo. Seres humanos -mezcla de animales y ángeles- que se encuentran, a través del pedaleo, equilibrados, integrados. Intelecto y músculo convergiendo en un mismo objetivo. Hombres, mujeres y máquinas rodantes no contaminantes ni asustantes unidos.

 

Centauros y centáurides del asfalto que lo humanizan y descontaminan, que siembran, sobre la calzada, entre humos, ruido y prisas, con labor de granjero paciente, semillas de sudor, silencio y calma.

Centauromaquia

Cuando los deseos huyen

Los aldeanos, sombrero de paja, mejillas redondas, enrojecidas por un sol borracho de polvo, sudor y tierra, cogen agua del caño limpio y brillante del manantial, a las afueras del pueblo. A su lado, las furgonetas, con las puertas traseras abiertas, muestran los bidones de plástico vacíos que esperan pacientemente su turno para ser llenados. Me acerco a los hombres con los míos de la bici en una mano y el mapa en la otra. Tras el saludo, comienza la típica conversación-interrogatorio.
– Así que a Lisboa, eh? – añade uno de ellos, tras haberles informado de nuestra ruta -. Pues te quedan … ummmmm… más kilómetros que los que tenías desde Madrid.
– Querrá decir que tengo, por delante, algunos kilómetros menos que los que he hecho hasta aquí, ¿no es así? – contesto, con el objeto de corresponder su intervención pero sin obviar que de Madrid a Badajoz (donde ya casi estamos) hay 400 kilómetros y que, por lo tanto, sólo restan 200 más hasta la capital portuguesa.
– No, majete- me dice, y arrellana su codo sobre la rodilla que tiene elevada, apoyado el pie en el borde de granito de la pila de la fuente -. Te digo que tienes muchos más de aquí a Lisboa que de Madrid a Lisboa –  y, tras decir esto, me mira solemnemente y juega con el palillo que tiene en la boca. Una sonrisa que nace en mi cerebro viaja, sin mi consentimiento, a mis labios, desde donde brilla con ese puntito de condescendencia intelectual para tan desacertado cálculo geográfico-matemático. Descubierta la evidencia de mi reflexión, me veo obligado a expresar lo que pienso: “No puede ser de mayor longitud un tramo del itinerario que el total del mismo”.
– Sí, sí que puede – corrobora, y echa un vistazo, de reojo, al bidón que se está llenando. – Te lo demostraré – dice, mientras aparta el recipiente de plástico, rebosante, lo lleva al vehículo y pone otro vacío bajo el caño – ¿Me dejas el mapa?
Se lo alargo. Lo despliega sobre el capó de la furgoneta y me dice:”Cuenta los que tienes desde aquí a Lisboa”.
Así lo hago y, para mi sorpresa, efectivamente, me salen alrededor de 700. “No puede ser”, susurro “, habré contado mal”. Sumo con cautela los tramos parciales que unen las grandes ciudades y esta vez me salen 915. “¿Qué está pasando?” mascullo, mientras no dejo de clavar mi mirada en el desconcertante mapa.
– Cuanto más quieras llegar a Lisboa- escucho a mi espalda -, más lejos estarás de ella.
Me giro. Mofletes sonrientes, camisa a cuadros, el otro hombre, delgado como una espiga, que hasta el momento no había abierto la boca, luce una mirada traviesa tras haber intervenido.

– Eso no es posible- rebato -, desde Madrid había seiscientos y pico a Lisboa. No puedo estar más lejos ahora, aquí en Badajoz, que cuando estaba desayunando en mi casa.
– Pues así es, amigo mío -, sentencia, contundentemente, el que no deja de sustituir bidones llenos por vacíos – En este lugar, para obtener las cosas debes dejar de desearlas. ¿Que tienes sed? Ni se te ocurra coger el botijo e ir a por agua a la fuente. No estará en el lugar donde habitualmente se encuentra.

– Ciertamente cierto – aporta el enjuto.
– ¿Ah, no?- replico – ¿Entonces, cómo es que han venido ustedes a buscar agua a este manantial?
– No hemos venido – explica -, llevábamos los bidones en la furgoneta sin ninguna intención de llenarlos.
– Sin ninguna intención – escucho por lo bajito decir al otro.
– Y cuando hemos pasado por este lugar de camino al pueblo, – me dice el primero, mientras juega con el palillo- , pues la fuente estaba aquí, donde suele estar siempre que no se la busca, y… ¡mira por donde! – exclama, dándose una palmada en el muslo -, ya tenemos agua para una temporada.
– Es de locos – mascullo.
– En este lugar- refuerza el delgado cual vara de mimbre -. Nunca nada aparece cuando lo buscas. Cuanto más lo quieres, más lejos estás de conseguirlo.
Miro a Hermes, que está a unos metros, acomodando las cosas de sus alforjas, sin estar seguro de que esté escuchando la conversación, me encojo de hombros. “¿Y la comida, cuando tienes hambre?”, pregunto, dirigiéndome a ellos de nuevo.”La cama, cuando estás cansado, o el baño, cuando necesitas darte una ducha…”
Caída de ojos y ligera elevación de hombros del delgadito.
– ¿Y qué me dicen de la compañía, la amistad… el amor?
Los hombres se miran en silencio.
– Ya, entiendo – convengo, sin tener muy claro qué más decir ni, por supuesto, dando completo crédito a cuanto me acaban de explicar. Les doy las gracias y, tras haberme aprovisionado de agua, monto en la bicicleta. Nos vamos pedaleando y le cuento a mi amigo la conversación. En el horizonte, lejos -cada vez más- la hilera de montañas a las que nos dirigimos para llegar a la frontera portuguesa se empequeñece a medida que pasan los kilómetros. Sonrío y comprendo.

Con la caída de la tarde, cuando ya las piernas pesan y parece que he pinchado sin que así sea, cuando las fuerzas van abandonándome metro a metro y me paro, a beber agua, y vuelvo a pedalear cansinamente, sigo reflexionando sobre el peculiar encuentro, la singular revelación, hasta que me doy cuenta de que, en el fondo, en nuestro mundo cotidiano, a veces, las cosas también suelen funcionar así…

 

Relato extraído del blog: “Un conejo se escapa y nos mete en el mapa”, crónica de nuestro viaje a Lisboa que puedes consultar en:

http://acasosdemadridalisboa.blogspot.com.es/

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Carta al conductor que me pitó tres veces en la subida de Campoamor

Campoamor-light

Autor de la foto: Joaquín Moreno

Ya se notaba desde el inicio de la cuesta que, con tu vrrrruuuum vrruuuum, tenías algo que decirme.

Yo seguía a mi ritmo de bici, dejándote a mi izquierda todo el espacio que podía por si hubieras sido una moto u otro vehículo pequeño pero no, no cabías.

No puedo ni quiero tomar el riesgo de acercarme más a la fila de coches aparcados a mi derecha.

Y llega el primer pitido.  Te entiendo, te escucho, y me empeño, pero no dejas de soltar tu irritación con un segundo pitido que casi se pierde con el ruido de tu motor.

Es una suerte que no puedas adelantarme en esta calle estrecha, que estaría yo tragando todo el humo de tu coche enfurecido, cuando más oxigeno necesito.

Y casi llegamos al final de la calle.  Yo todavía más animada a la vista del semáforo en verde, a unos pocos metros. Y tú soltando este tercer bocinazo que me quita toda la energía.  Me desinflo como un globo, mis piernas dejan de funcionar y mi bici se para en plena cuesta.

Miro atrás, con cara de desánimo que dice “no se puede pitar”, “no se puede faltar tanto el respeto a una bici que está en su sitio en el tráfico”.

Sales del coche para hablar conmigo, y me encanta.  Tenemos tanto que decirnos.  Pocos son los conductores que se atreven a dejar el ámbito protegido de sus coches.

Me dices que vives en Basilea y que allí eres ciclista.

–    Pero ¿por qué no lo eres en Madrid también, donde tanto te necesitamos? ¿Y te pitan los coches en Basilea?
–    No, porque no voy por el centro del carril.
–    Pues, igual allí tienes la suerte de tener tu propio espacio, en forma de carril bici…

Y yo, que siempre llevo copias de la normativa… ¡Se me acabaron todas!

Como me ves secar unas lágrimas que se me caen por las mejillas (tengo alergias que empeoran mucho con la contaminación), piensas que me has hecho llorar y no sabes cómo disculparte.  Me hace mucha gracia.  Y a ti se te quita toda la rabia. La adolescente que iba en el asiento pasajeros de tu coche, tapándose la cara por la vergüenza que tenía de viajar contigo, ahora nos mira con cara de incredulidad.

Como el semáforo se vuelve a poner en verde, y para no retrasar al tráfico que se nos va acumulando por detrás, tiramos para adelante.

Pero creo que a los dos nos hubiera gustado seguir charlando detrás de un buen café, buscando juntos maneras de convivir entre coche y bici.  Hubiera escuchado tu desesperación por tener que ir a tan poca velocidad. Te hubiera podido repetir cuánto duelen los pitidos a los oídos que no van protegidos por la cáscara de un coche, y lo grosero que es el mensaje que conllevan (“¡Quítate de allí, que me estorbas!”).

Pues, verás la cantidad de soluciones que hay:

  • Muévete en un vehículo más pequeño, que montado en bici, por ejemplo, me habrías adelantado sin problema.
  • Quitemos una de las dos filas de coches aparcados.  Así recuperamos espacio para darles a los peatones la acera que se merecen, quedando espacio para la bici que, además, podrá circular sin miedo a la repentina apertura de puertas.
  • O elige un recorrido por calles más anchas, dejando las calles tranquilas para el tráfico más tranquilo.

No sé si me leerás, o si me leerán los que inevitablemente van a tener que seguir subiendo esta cuesta a ritmo de bici, porque, hasta que se quiten unos coches de las calles, no tenemos más remedio que compartir el poco espacio que queda, de la mejor manera posible y con mucho respeto el uno por el otro.

Me pongo a la búsqueda de un blog para automovilistas, que son a quienes realmente se dirige esta carta.

Saludos y ánimo a todos los que compartimos la vía pública.

Clarice Woitrin Bricteux

 

Rumbo a Hita (ka)

Otro relato antiguo, pero al que tengo gran cariño. Algunos de sus aspectos despiertan mi sonrisa (ciertas reflexiones), desvinculado como estoy ya de ellos, otros, sin embargo, se mantienen vigentes: su poesía.

 

Las puertas responden, inquietas, al silbato del tren. Se cierran y la maquinaria empieza a piafar. Rumbo a Hita(ca). Sentados, tras acoplar nuestras bicicletas, nosotros, compañeros de Ulises abordamos, a medida que vamos escapando lentamente de este paisaje urbano, los temas que tanto nos gustan, y así nos vemos embebidos, una vez más, en la Bici Crítica y sopesamos, de nuevo, la necesidad de establecer una conducta común entre los miembros de Pedalibre ante un evento que va adquiriendo dimensiones extraordinarias y que, algunos, profetizan, “Morirá de éxito”. ¿Parar ante los semáforos en rojo?, ¿llamar la atención a los que no respetan a los peatones?
El barco sigue su rumbo, se escuchan –allá a lo lejos- algunas sirenas cantar, y su dulce llamada nos arrastra a través de las vías de hierro, rumbo a la isla soñada. En Guadalajara embarca Ulises, y su llegada viene acompañada de isobaras misteriosas, un reloj mágico y miradas inquietas a ese cielo abigarrado de grises que amenaza la travesía. Una vez en Matillas, los caballos de hierro empiezan a ser revisados y, algunos minutos después (crema, alforjas, gorra, un cambio de pantalón…) empieza la jornada a través de las tierras del Cid. El cielo se oscurece, y a medida que ascendemos la meseta castellana, un suave manto de gotitas refresca nuestro sudor. “Son nubes rotas”, añade Ulises, para tranquilizarnos, y nosotros seguimos remando. La confianza en sus designios meteorológicos, por parte de los argonautas, es absoluta. Las sirenas se zambullen alegres a nuestro lado, sus cabellos rubios flamean entre el verde de los campos de trigo.
La carretera se inclina hacia arriba y el plato pequeño se resiste a entrar. Los muslos empiezan a endurecerse, tiran de la rótula con fuerza, pero sigo remando, contento de sentirme cada vez más preparado para jornadas de mayor duración, elevándome sobre esas casitas de tejados rojizos, cuyas tejas se ven tiznadas por algún que otro liquen. Me pregunto si Polifemo estará allá arriba, sentado sobre una peña, observándonos con su único ojo, siguiendo el lento discurrir de los compañeros, pedal arriba, pedal abajo, mientras el azul del cielo comienza a resquebrajar los grises y un sol tímido calienta mi rostro. “Sí, son nubes rotas”, susurro, y como es habitual en mí, empiezo a dejarme hipnotizar por estas tierras rojas, cubiertas de amapolas y margaritas, sobre las que crecen, retorcidos, los olivos. Miro hacia abajo, una vez alcanzada la altura desde la cual navegaremos con fluidez hacia la isla, ya sin mayor esfuerzo. Mi corazón late sereno. El pueblo, el tañer de una campana solitaria, las nubes rotas en el cielo azul… Polifemo ha debido de marcharse, cansado de esperarnos, me digo y, una vez agrupados, empezamos un descenso que imprime velocidad a nuestras ruedas y refresca nuestros rostros calientes. El viento agita los campos de cereales de distintos tonos verdes, olas de un mar vegetal entre cuyas espigas se ocultan, traviesas, colas de sirena. Pedaleo a través de estos campos hermosos, escuchando el silencio sólo horadado por el leve chirriar de la cadena, saboreando los versos que el viento susurra:

La primavera besaba
suavemente la arboleda,
y el verde nuevo brotaba
como una verde humareda

 
Cierro los ojos, ningún coche, carretera recta, uno puede abrir los brazos, extender los dedos para abarcar el cielo, y dejarse caer, caer, caer hacia Machado

Las nubes iban pasando
sobre el campo juvenil…
Yo vi en las hojas temblando
las frescas lluvias de abril

 
Observo esas nubes a las que canta el poeta. Sus panzas oscuras se dulcifican a medida que la mirada asciende hacia sus crestas algodonosas. Ni ellas mismas tienen muy claro qué quieren ser. Las nubes, pienso, como las personas, guardan en su corazón luces y tinieblas.
En la llegada al cruce con Valfermoso de las Monjas el grupo vuelve a socializarse, se dirige hacia este pueblín con pedalada lenta. Una vez allí, sentados en los peldaños de acceso a la iglesia, algunos nísperos, mandarinas, la habitual charla ulisiana sobre la inconveniencia de los frutos secos durante la marcha y, también, un engrase de cadena con aceite que esa amable anciana ha cedido a Pablo. “Echa, echa más, hombre”, indica, pero son necesarias tan solo unas gotitas. Ahora la cadena guarda, entre sus eslabones, rayos de sol de oliva castellana.
La marcha continúa, y viene el Monasterio, y su silencio, cuando recorremos su jardín por turnos, y discutimos sobre si es olmo o avellano, y un golpe de viento travieso que tumba dos bicicletas. Más tarde: el pedal, el muslo, la brisa, el campo rojo y esos árboles que mecen sus ramas, saludándonos, mientras Reme me habla de sus experiencias con perros atacones de bicis en países lejanos.
Luego otra vez la natural disgregación del grupo, de las parejas que charlan, el encuentro con el viento, con la carretera solitaria, con ese río que fluye a nuestra izquierda, y de nuevo el poeta, a mi lado, con su fina voz de plata.

Bajo ese almendro florido,
todo cargado de flor,
-recordé-, yo he maldecido
mi juventud sin amor.

 

¡Ay, juventud!, ay, amor… Podría uno pasarse una vida entera, recorrer de puntillas -o pisando con indómita fuerza- su juventud hablando del amor, buscándolo, bebiéndolo, rasgándolo para darse cuenta, en su senectud, de que aún no sabe nada de él… Yo maldije, como el poeta, mi juventud sin amor, y la maldije más aún -¿quién no?- cuando me llegó el desamor… Estiro mi espalda, mis vértebras crujen cuando las curvo hacia delante. Miro los verdes campos de cebada, mientras los claroscuros que el viento provoca sobre sus crestas espigadas me confunden, me hacen creer que son sombras que el sol crea a través de las nubes, pero no, siguen siendo olas que se mecen, que me mecen, entre sueños del pasado, del presente, del por venir…
Se vislumbra Hita(ca). Los argonautas nos detenemos para deleitarnos con su apariencia de volcán en la meseta castellana. Quizás allí arriba se encuentre Penélope, tejiendo –y deshaciendo, por la noche, cuando nadie la ve- el sudario de Laertes. De igual modo, puede que también ella, en este momento de su vida, esté destejiendo los recuerdos que juntos construimos susurro a susurro, beso a beso, caricia a caricia, a través de otras pedaladas, otros caminos, otras onzas de chocolate. Destejiéndolas lo suficiente para abrir un huequito y encontrar nuevo aire que respirar. Hay que reconocer que se pasa mucho frío cuando quieres abrigarte con sueños del pasado, y es tan hermoso –tan dolorosamente necesario- sentir calor… Por ello me digo que es probable, -legítimo, incluso- que ya esté confeccionando un nuevo lienzo, con colores diferentes, y que su corazón no se obstine, como el mío, en mantener duelos eternos, herméticos a otras miradas, otros teléfonos…
Comenzamos el último tramo en ascenso hacia la isla. El grupo se disgrega en ritmos distintos. La pista nos agarra con sus surcos de tierra, las piedras se entrecruzan y las sirenas intensifican su canto, ineludible, desde allá arriba, llamándonos. Ninguno llevamos tapones de cera y remamos, remamos a través de nuestro sudor y de esta sensación de plenitud que me embarga. Luego la coronación de la villa, la plaza de piedra, los soportales, estirar los músculos, el paté vegetal y los frutos secos. Conversaciones y alimentos compartidos. De las sirenas, como es habitual, no queda más que un suave rumor que, acaso, no haya sido más que un sueño. Al finalizar, nos ponemos en pie y recorremos las calles de este tranquilo paraje. El poeta camina a mi lado.

Hoy, en mitad de la vida,
me he parado a meditar…
¡Juventud nunca vivida,
quién te volviera a soñar!

Y a soñar nos echamos, desde uno de los miradores cuando observamos los campos multicolores, las carreteras que van y vienen fragmentando paisajes suaves. Pero el sueño se resquebraja. Allá, en lontananza, grúas, grúas y más grúas, siniestras cruces apóstoles de otra religión, la de la especulación, la del llanto de la tierra. Cruces que a uno le hacen desear, por su exagerada presencia, que acuda presta esa crisis económica tanto tiempo anunciada para que todo se paralice, para que nos dé tiempo a respirar, y caminar, y pedalear sobre un mundo no tan drásticamente transformado en hormigón y asfalto. De repente, un gato, en ese tejado, buscando los huevos que esos estorninos, que aletean y pían con rabia, intentan defender. Me ha parecido escuchar una voz conocida, giro mi rostro: Penélope se oculta, juega conmigo al escondite, entre las ruinas de esta iglesia de Hita, y veo el tapiz, deshilachándose a lomos del viento, a medida que su cuerpo desaparece tras esa esquina. Suspiro, y no la sigo. Quizás esté empezando a cansarme de este juego.
Luego viene la marcha, de nuevo el sillín, y una carretera de reciente creación, desproporcionada para esta hermosa tierra de nadie donde duerme el centeno, y pronto la respuesta: “Pasión Inmobiliaria”, se puede leer en esos carteles que se clavan sobre los campos, ahítos de vida, como puñales de una civilización incivilizada, hitos que marcan la delimitación de un próximo cementerio. ¡Ah, un virus!, sí, un virus que corrompe, mata al huésped en el que vive, y gracias al cual vive…

Mucho más tarde, ya en el tren, dejamos de remar satisfechos, piernas vibrando y la mirada serena. Una tortita de arroz con chocolate, un plátano, mientras este barco nos lleva de nuevo a nuestro hogar y resuenan aún en nuestro interior los cantos de sirena. Al cabo de un rato, vamos entrando, lentamente, en polígonos industriales, y nuestros ojos se convierten en cemento y cristal. Pobres argonautas urbanos, pienso, -¿ilusos?- que quieren transformar su mundo a golpe de pedal… Las manos se van estrechando a medida que los nombres de las estaciones son más conocidos, las bicis van desalojando el vagón hasta que quedamos sólo Juan Luis y yo, y entonces, suavemente, sobreviene una pregunta: ¿por qué se es tan feliz conduciendo una bici, aunque se haga en un entorno tan hormigonadamente feo como es la ciudad en la que vivimos? Se me ocurre que podría ser una buena pregunta que lanzar a la lista de correo, para que todos pudiéramos sorprendernos por la creatividad que emana de nuestros corazones, por la profundidad de este misterioso vínculo afectivo que establecemos con un aparato mecánico con ruedas. Quizás lo haga, sí, y podamos dar luz entre todos a una nueva entrega de ese Rumbo a Hita(ca).
La estación de Nuevos Ministerios aparece tras las ventanas del barcotren. Me despido de Juan. Salgo a la calle. Coches, humo, ruidos. Pero yo pedaleo tranquilo, escuchando de nuevo el lejano, pero dulce, canto de las sirenas que me llaman, nos llaman, a recorrer el presente, el por venir, a lomos de nuestras bicicletas.

Ulysses_And_The_Sirens_by_Léon_Belly

¿Cómo descubriste la bici urbana?

primera vez

 

Hace unos día, cuando acudí a un acto organizado por la Plataforma Madrid en Transporte Público entablé conversación con Alberto, un ciclista habitual que me contó cómo descubrió la bicicleta:

Hace unos 4 años, estando en Nueva York de visita turística, viajando en autobús, se le ocurrió preguntar a una neoyorquina qué haría ella si disponía de 3 días libres para visitar la ciudad. “Alquilar una bici y visitar con ella Central Park y otros parques junto con la ciudad de los rascacielos” le contestó. Alberto no lo dudó y se lanzó alegremente en su bici alquilada a recorrer este parque urbano de 3,4 km2. Fue un placer descubrir la ciudad sobre dos ruedas, únicamente con la energía de sus piernas.

Desde entonces, está enganchado y este ciudadano madrileño se mueve con orgullo por nuestra capital madrileña en bicicleta y la aconseja vivamente. Dice que le da muchas satisfacciones, llega rápido a su destino, aparca fácilmente, ahorra tiempo y dinero, no contamina y está en forma. ¿Qué más puede desear?

Alberto me hizo recordar cómo había yo descubierto la bici urbana.

Por el año 2002 conocí una pareja perteneciente a la Asociación Pedalibre. Me hablaron de la misma y me acerqué a una de sus reuniones. Lo primero que me impresionó fue los viajes cicloturistas que organizan. Estupendos. Me apunté a uno con la bici “malucha”, comprada tras  un viaje estival a Marruecos. Me dije, “en vez de llevar regalos inútiles a mis seres allegados voy a comprarme una bici baratita”. Y así lo hice.

Era arduo subir las cuestas con aquella bici de hierro del Decathlon, muy bonita sí, pero con componentes muy limitados. La ilusión que albergaba era mayor que el material de mi ciclo y de esta manera emprendí mi primer viaje cicloturista por la hermosa Hoz del río Dulce. Me pareció precioso, fascinante, no llevaba transportín, ni alforjas y la pareja encantadora de Pedalibre llevó la tienda de campaña y mi equipaje. Ese primer recorrido de fin de semana me animó a realizar sucesivos viajes y al mismo tiempo acciones urbanas reivindicativas.

Los miembros de la asociación me daban sabios consejos para moverme por la ciudad. Su amabilidad y paciencia ilimitadas me alentaban constantemente. Es fácil compartir con ellos experiencias. Desde el año 2003 aproximadamente que comencé intensamente a usar la bici he utilizado este vehículo de dos ruedas con grandes satisfacciones.

¡Qué recuerdos, son innumerables y diversos… ¡¡también resultó placentero y emotivo  escuchar la primera experiencia de bici urbana de Alberto! Ah, cómo me gustaría que me contaras la tuya ¿te animas?

GRACIAS POR CONTAR TU EXPERIENCIA EN EL APARTADO DE COMENTARIOS

Un fragor lejanamente cercano

He aquí un relato que escribí hace ya mucho, mucho tiempo, en una galaxia lejana…

La Vía Verde de la Sierra va tiñéndose de gris, las nubes se deslizan sobre nuestras cabezas y dejan caer pequeñas gotas, apenas visibles, sobre los chubasqueros, las alforjas, los guantes con los que agarramos el manillar. Entramos en uno de los treinta túneles con los que esta vía – cuyo espacio nunca llegó a atravesar tren alguno- nos deleita. La luz artificial no se ha activado a nuestro paso –algunos minutos después, aprenderemos a pulsar el interruptor que hay a la entrada de los túneles que no tienen encendido automático- por lo que la oscuridad va lentamente engulléndonos. A medida que avanzamos, da la sensación de que las paredes oscuras se van estirando y estirando. Ante la ausencia de luz, el resto de los sentidos se hacen más presentes: escucho el rodar de unas ruedas que no veo sobre un suelo que no veo, oigo mi rítmica respiración, siento el calor del cuerpo, que empieza a sudar, la presión que mis pies ejercen sobre los pedales… Y la boca de luz arqueada me recibe por fin, me entrego de nuevo a la luz, a los cielos oscuros sobre los que flotan nubes de distintos grises, a los campos mojados y a los trinos de los trigueros. El viento muerde las costillas, y me subo, una vez más, la cremallera del chubasquero que me protege del frío de esta Semana Santa andaluza pasada por agua…

Al cabo de algunos minutos, llegamos al puente, frente al peñón de Zaframagón, y nos detenemos (pata de cabra, giro de manillar, equilibrio inestablemente estable) Queríamos divisar los buitres leonados que sobrevuelan los peñascos describiendo círculos, pero la lluvia vuelve a arrancar. Las 14:20 horas. Ya no nos da tiempo a llegar donde está el resto de cicloturistas de los Encuentros, además –pensamos- seguramente la comida bajo la enorme encina se habrá visto truncada por el agua, así que decidimos regresar a Olvera. Sólo llevamos 14 kilómetros, pero la vuelta, debido a la ligera ascensión, el viento y el barro del suelo, se hace más dura que la ida. Respiración agitada, piernas cansadas, calor de nuevo en el pecho, las axilas. Algunos toros bravos mugen a nuestra izquierda, y un poco más adelante unos perros salen a nuestro encuentro, ladrándonos, y escoltándonos algunos metros. La lluvia amaina. Salimos de otro túnel. Un cernícalo da vueltas sobre los olivos, se detiene y queda suspendido, diríase que pegado a ese cielo ahora azul. La arena del valle es roja y desciende en busca de la vaguada tachonada de distintos verdes, rojos y ocres. Decidimos hacernos una foto con este túnel. Águeda coloca su bici en el interior y yo la mía en el exterior. Sobre el trasportín de la suya, colocamos precariamente las cámaras. Activamos los disparadores automáticos y salimos corriendo hacia mi bicicleta. Rodeo su cuerpo entre mis brazos. Los cascos impiden a nuestras cabezas reposar la una sobre la otra. Los disparadores saltan y rubricamos el evento con un beso. Cuando estamos pensando en arrancar de nuevo, escuchamos un fragor, lejano, proveniente del túnel, que va en aumento. Nos miramos. Parece que se acerca. Pero no puede ser. No se permite el tráfico motorizado en la Vía Verde. El desconcierto paraliza nuestros gestos, nuestras miradas, el ruido sigue creciendo… Sin ningún lugar a dudas se acerca a nosotros. Gritamos para quitar las bicis, pues cualquiera que sea el vehículo no tendrá tiempo para frenar y las arrollará. Los reflejos muerden nuestras piernas, nuestros brazos. Cada uno corre hacia su bici para ponerla a un lado. El fragor aumenta y aumenta y en mi imaginación se disparan imágenes voluptuosas (un tren, un trailer… la mente no repara en tamaños ni en existencia de raíles, sólo sabe activar mecanismos de defensa.) De repente, el monstruo mecánico aparece: un cuatro por cuatro conducido por un anciano que no debe ir a más de 20 kilómetros por hora. Al salir del túnel, el sonido que producen sus ruedas desciende a niveles irrisoriamente reales. El hombre nos mira y sonríe amigablemente. Le vemos alejarse despacio. Águeda bromea con el espectáculo de mi cuerpo corriendo, le recordé a Indiana Jones escapando de algún peligro inminente. Reímos juntos. Nos montamos en las bicis, pedaleo suave, el viento…

El mago de Oz: la voz amplificada que asusta, la sombra engrandecida por una luz bien colocada… Cuántas cosas no son lo que parecían… Cuántos miedos paralizando las ruedas de nuestras decisiones, llenando de tierrecilla nuestras cadenas, haciendo chirriar nuestros cambios… Sonrío de nuevo. Sigo pedaleando. Tomaremos un café, calentito, en algún bar, leyendo un buen libro hasta la hora de la cena. Qué placer estar vivo, junto a ella, mientras los cernícalos aletean, las amapolas se mecen y las bicis siguen rueda que te rueda, al ritmo de mi corazón.

Descarga del día 15-4-07 055

Ave, César, los que van a pedalear (y perder el tren) te saludan

La mañana es fresquita cuando bajo orgulloso, pedaleando, Bravo Murillo. Es temprano aún, no hay muchos coches. Intensa sensación de libertad en un asfalto tomado por asalto, calles a las que mis ruedas van arrancando el sueño. Me emociona ir camino de Atocha sabiendo que, en breve (pobre iluso) estaré cogiendo un tren que me llevará al lugar donde comenzaremos la Vía de la Plata. Algunos minutos después, he sacado dos billetes, indicando que viajamos con bicicletas. Luego he estado sentado, en el invernadero de Atocha, cerca de una hora, mirando las tortugas, leyendo mi librito, hinchando un pelín las ruedas… Cercana la hora de la partida, veo pasar a dos ciclistas, en dirección a las vías y les sonrío. Camaradas de viaje, supongo, en esta Semana Santa que algunos afortunados podemos empezar a gozar antes que los demás. Cuando Alicia llega, nos dirigimos tranquilos al control (desmonta alforjas, pulpo, saco, cinta negra, máquina, guardia jurado, televisor, cara de concentración, cinta negra, bultos avergonzados de haber mostrado sus intimidades, monta alforjas, saco, pulpo, adiós, adiós) nos dirigimos hacia el andén y, en el control de acceso a las vías, cuando queremos dar los billetes, nuestra primera sorpresa (vendrán más, no os impacientéis): nos dicen que ya han entrado dos bicis en el tren (¡maldición, los que he visto antes!) y este tren, que es de altas prestaciones (¿encima cachondeo?), sólo tiene capacidad para tres bicicletas. Vienen los ruegos, los “desmonto mi bici y la convierto en un bulto”, los “no puede ser porque sobrepasa las dimensiones de bulto” “no las sobrepasa”, “sí”, “¡No! (mirada intimidatoria, el ambiente se va enrareciendo), “no” (mirada tranquila, pasando del tema), los “mecagüentoyohesacadolosbilletesdiciendoqueteníamosbicis”, pero de nada sirve ante la férrea labor de placaje que nos hace la cuadrilla uniformada. Nos remiten a Atención al Cliente, pero nuestra atención de clientes se centra en ver,  aterrados, ¡hipercabreados!, cómo el tren se marcha ante nuestras ruedas. Baja a atención al cliente, escucha su comprensión, su “tenéis toda la razón”, su “podéis escoger entre el dinero u otro billete”, y así nos vemos redactando la queja y cambiando nuestros billetes para el siguiente tren, que sale dentro de varias horas y que en vez de las cinco y pico, va a necesitar… ¡siete horas! para llegar a Mérida, (¡oh, Emerita Augusta, tú que con tanto pesar escuchas el llanto de estos dos pobres cicloturistas que, a cientos de kilómetros, se ven impedidos a arribar a las puertas de tu gloriosa ciudad!) Con dolor de gladiadores heridos por tridente oxidado, se nos informa de que la persona que nos vende el billete de tren no puede saber en ese momento –ni nunca, vamos a ser francos- si hay espacio o no en el mismo para las bicicletas, porque nadie le ha comunicado, ni el ordenador le puede mostrar si –como ha sido nuestro caso- ya se ha hecho reserva previa de las plazas para bicicleta de las que dispone el tren, por lo que lo mismo da que le digas que viajas con bici como que llevas para el desayuno un bocadillo de mortadela…Recibirás la misma agradable sonrisa y se te extenderá un billete que te conducirá, directamente, a la puerta del misterio. “¿Habrá espacio en este tren de altas prestaciones para la bici?”, te preguntarás, acariciándote la barbilla, eso sí, sin poder mirar el Mare Nostrum ni su inmensidad antaño azul surcada de galeras, pues ante ti tan solo tendrás mesas donde ávidamente son devorados cafés con donuts y zumos de naranja. Pero caminarás, sin miedo, con tus sandalias, por la arena, hacia la puerta de embarque…

No hace falta repetir que, varias horas después, tuvimos que pasar otra vez el control (para más detalles, léanse la descripción arriba descriptivamente descrita) y volver, de nuevo, a situarnos frente a la barrera de placaje, que por fin se abrió cariñosa ante nosotros. Cogemos el tren siendo atendidos por la misma cuadrilla laboral, (esta vez de buen rollito: ¿veis como no había problemas, tontitos? Este tren tiene un espacio muy bueno para vuestras bicis, venid, venid, no os preocupéis que ya me encargo yo de ayudaros con la bicicleta, entenderéis que yo cumplía mi labor, etecé, etecé)

Tras arrancar la máquina, descubrimos que viajar en este regional es interesante de ser vivido, como mucho, una vez en la vida. Parece, en algunos tramos, una diligencia que a punto estuviese de descuajaringarse. El traqueteo cafetero, la velocidad punta que alcanza en determinados momentos (acabo de ver a dos escarabajos haciendo el amor), son factores que inducen a recordar aquellos viejos tiempos nunca vividos, afortunadamente, en que uno echaba el día (con su noche correspondiente) para llegar desde la capital de la Península a uno de sus puntos extremos. Ante esta ralentización temporal, observo los olivos, las sendas de tierra que serpentean entre ellos, y casi me parece ver a esas legiones que, a pie, recorrían las calzadas a lo ancho y pancho de Hispania, (y lo hacían, seguramente, más veloces que nosotros…) Reflexiono y descubro, con pesar, cómo esta experiencia pone de manifiesto la distancia existente entre mis valores – mi apología por la lentitud frente a las prisas y el estrés-, y el modo en que reacciono ante una situación que me permite ponerlos en práctica. Como en tantas otras cosas que defiendo, me digo que aún me queda mucho por aprender, por vivir, para ser coherente conmigo mismo…

Emérita Augusta se sorprende al vernos llegar de noche, pues sabe que hace ya muchos lustros abandonamos nuestra villa, cerca de Complutum, pero nos acoge cariñosa y, para compensar el agravio sufrido, nos facilita un albergue de peregrinos donde dormir (¡por los dioses!, ¿camino de peregrinos?, ¿a Santiago de Compostela? ¡Un nuevo espacio okupado a los paganos por la Santa Madre Iglesia!) El albergue es un bello edificio de piedra donde algunas horas más tarde, cuando queramos mimir, seremos deleitados por el potente roncar de un hombretón de barba blanca y prominente buche (umm, se parece a Santa Claus…) que me obligará a utilizar los tapones para los oídos que a punto estuve de no coger por creerlos innecesarios. Pero eso será después, porque lo primero que hicimos fue cenar y, luego, visitar la ciudad. Una urbe que se abrió, silenciosa, ante nuestros pasos meditabundos, ante nuestras preguntas, que buscaban un acto festivo nocturno en el centro de la emérita Emérita Augusta. A lo largo de nuestro caminar, nos encontramos con el Arco de Trajano -que en realidad es de la época de otro emperador-, y con el Templo de Diana -en el que nunca se rindió devoción a dicha diosa-. Seguimos recorriendo esta ciudad de sutiles engaños y, después de ver una dramatización del juicio de Cristo en el que los soldados romanos reían y saludaban a los suyos, entre el público, volvemos (¡Santa Claus nos espera con su sierra sonora!) al albergue. Al día siguiente emprendemos nuestro camino, esta vez sí, por fin, sobre nuestras queridas bicicletas a través de la Vía de la Plata. Del hermoso viaje, pinceladas: campos rojos, verdes, amarillos, muchas pedaladas, encinas, conejos, un miliario romano, águilas, algunas averías, camaradería, sendas de piedras molestosas, bajadas espídicas, otro miliario tumbadito, algún amago de lluvia, Santa Claus roncante en el siguiente albergue, unos ciclistas del País Vasco que recorren la Vía desde el norte, otros de Madrid que se desviarán hacia Monfragüe, bocatas, sopitas calentadas en el hornillo hecho con latas de cerveza, etcétera, etcétera.

Merida Salamanca, foto 1                                                        Merida Salamanca, foto 2

Tres días y medio después, 235 kilómetros más tarde, me desligo del grupo y pedaleo hacia Plasencia, donde cogeré el tren a Madrid (espero). Para llegar a esta urbe he de subir una ristra de kilómetros pesadísimos, desde Corcubión, por una carretera hipersaturada de vehículos contaminantes que, al pasar, lanzan bruscos golpes de aire sobre mi tranquilo pedaleo arcenístico. También interviene un camión, cuyo conductor no tiene mejor idea que pitarme justo cuando está a mi altura, con lo que si su propósito era avisarme de su llegada, casi consigue que del susto me meta debajo de sus inmensas ruedas. Luego, para más inri, el viento en contra, las patitas cansadas, el sudor que se enfría con este frío y, una vez he coronado la parte más elevada, justo cuando estoy incorporándome del sillín para enderezar mi espalda, zas, un mosquito en el ojo derecho. Estoy solo, no tengo ningún espejo, y le noto moverse inquieto unos segundos. ¡Por Júpiter!, ¿quién te manda meterte ahí? Con cuidado, y fortuna, al tun tun, puedo sacarle, ya cadáver, de mi ojo. Le hago un entierro digno –su cuerpo, muerto ya, ofrecido al viento- y bajo a Plasencia. Con temeroso tembleque espiritual, al sacar el billete, pido confirmación de que tengo plaza para la bici. Un par de llamadas telefónicas y se me dice que sí (¿podré confiar en este señor de azul que me recuerda a otros señores de azul? Que los hados me sean favorables…) Como dispongo de algo de tiempo, realizo una no muy extensa visita a la ciudad: una hermosa plaza mayor, una ración de patatas pobres con pimiento y huevo revuelto, una cervecita y, antes de partir, un encuentro con los camaradas mayriteños. ¡Qué agradable ver esas bicicletas apoyadas unas sobre otras, ocupando un espacio considerable en plena Plaza Mayor, reivindicando otro modo de viajar, de vivir, a lo largo de esta península de bárbaros! ¡Y sentarme, y charlar al solecito! Pero me tengo que ir, que sale mi tren. Me levanto, adiós, adiós, cojo mi bici, tris tras, tris tras, llego a la estación, un té con un bollito, y, al venir el tren de altas prestaciones dejo a mi bici colgada, como si fuera un chorizo -de un gancho terrible que está junto a una ventana- y me siento. Mis muslos burbujean. Me quito las sandalias. Arena entre mis dedos. El sol. Sus rayos oblicuos cayendo sobre esa calzada pisada por legiones antaño invencibles. Roce de escudos, un trote rítmico. El águila imperial reverberando sobre sus cabezas, puntas de lanza que brillan con destellos de plata, ese cielo hermoso (que al día siguiente verterá nieve sobre mis compañeros), esos árboles que son como garabatos sobre el verde, y yo, mirando a través del cristal, que me voy quedando dormido, me…voy…quedando…dormido…, m..e…….. v…o…y………………………………..

Walter Post Villacorta

Relatos, una nueva categoría en nuestra página

Literatura, nueva categoríaI want to read my bicycle

Espero que todo aquél que se asome, con curiosidad, a esta sección  encuentre en el mundo de los relatos bicicléticos divertimento y complicidad. Bicicleta y viajes, bicicleta y ciudad, bicicleta y emociones, sentimientos, miedos y esperanzas. Todo cabe en esa puerta literaria que nos conduce a lo más cercano, a lo más lejano.

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