El color de la piel

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Había pasado demasiado tiempo encerrada en esa habitación, esa casa y esa ciudad. Se me habían dormido los sentidos sentada delante de la pantalla del ordenador día tras día. Empecé a darme cuenta un viernes o un sábado al despertarme y ver el brazo estirado delante de mis ojos. Vi que no tenía la marca del sol en sus pliegues, que la piel estaba blanca, tan blanca que no la reconocía y empecé a pensar si no habría estado dormida durante varios meses.

Todavía tirada en la cama vinieron a mí algunos recuerdos de episodios cicloturistas. El sol pegándome fuerte reflejado en las eternas aguas de Ruidera; aquel rizado viento soplando con fuerza en el Atlas marroquí, agrietando mi cara y nublando mis ojos, pero llenándome tanto de vida que creía estar en el centro del Universo; el agua milagrosa de una tormenta necesaria en el sur de Extremadura, con personas de toda condición dando saltos de alegría a mi alrededor; esas curvas de ensueño en el cañón de Añisclo, donde sentirse pequeño era lo natural ante la enormidad de la naturaleza. En cada ruta pasaban tantas cosas que no había memoria para tanto suceso.

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Cuando, con la ayuda del interventor, vi la bicicleta acomodada en el furgón del tren regional, empecé a sentir que ya había empezado mi ruta, que ese poder del tren moviéndose sobre las vías era como la fuerza del pedaleo. Acomodada en mi asiento cerraba los ojos y me podía ver subiendo y bajando las piernas con fuerza sobre unos imaginarios pedales ferroviarios. Todo el tren se movía con la fuerza de mis piernas, los paisajes corrían a los lados y la gente en los caminos me saludaba agitando las manos. Hasta que tocaba parar en una estación y, entonces, estiraba los brazos sobre el asiento delantero… quiero decir, sobre los frenos, y entonces el tren paraba, la gente descendía, unos se abrazaban y reían, otros se despedían y lloraban, pero todo el mundo estaba agradecido a ese tren que les llevaba.

Ya en ruta sobre mi bicicleta, buscando mi camino y esta primavera disfrazada de verano, las cosas se ven de otra manera: van mucho más despacio, ahora siento de verdad que no tengo prisa alguna, que todo ocurre a un ritmo insólito y que la vida se alarga como este camino serpenteante que me lleva a algún sitio perdido de estas montañas.

Llevo el sol a cuestas, pero el sol no lo sabe, él se deja caer sobre los bosques y las mesetas y qué idea tiene el sol que allí estoy yo llevándomelo a trozos, haciéndome sudar.

Había rogado que cayeran sólo chirimiris que me hicieran parar a preparar toda la parafernalia de plásticos, chubasqueros, bolsas y demás protecciones, que cuando las acabas de preparar ya no te sirven para nada porque, para entonces, lo ha dejado, se ha cansado de esperar a la tranquila cicloturista que se está inventando tormentas y charcos enormes. Pero el norte es otra cosa. Aquí las nubes te traen y te llevan sin preguntarte. De todos modos, pensar ahora en las lluvias es fantasear con el destino, porque este sol me muerde los hombros y me dibuja formas en la piel, que delatarán mi vestuario durante varias semanas.

Una vez más siento que el tiempo no existe, que los caminos te sugieren lugares que todavía no se han inventado y me dejo llevar por estas laderas, estos ríos y estos árboles.

Me tumbo en esta pradera de un verde inexplicable a recibir este sol que tanto me llena de vida.

Acurrucada por el sonido del arroyo me quedo dormida, dando descanso a mis fatigadas piernas, tan poco acostumbradas últimamente a las pedaladas, aunque éstas hayan sido discretas y tranquilas.

Sueño con viajes inalcanzables, como el de ir a China en bicicleta, siguiendo la ruta de Marco Polo, si es que dicha ruta es posible de seguir. O cruzar de norte a sur el continente americano, haciendo amigos por el camino y ganándome la vida haciendo chapuzas, enseñando idiomas o contando en las plazas de los pueblos de América Latina las historias que me hayan acontecido .

Me despierto molesta por un fuerte picor en la espalda. Me he quemado la piel al quedarme dormida al sol. El dolor es horrible y me avergüenzo de no haberlo previsto, pese a mi experiencia cicloturista.

Me tapo y continúo la ruta, en busca de algún pueblo con asistencia médica o farmacéutica donde me puedan curar. 

Se empieza a nublar rápidamente. Todo parece indicar que va a caer una tormenta. Empiezo a desesperar. Ya no voy disfrutando del paisaje, sólo busco ese lugar donde refugiarme de la lluvia y ser atendida de las quemaduras.

Empieza a llover con fuerza, pronto se va a hacer de noche y, para acabar de arreglarlo todo, acabo de pinchar.

Estoy en medio de la nada, con el agua de lluvia cayéndome por todos lados, sin apenas comida, con la espalda quemada, con una rueda pinchada y empezando a anochecer. Dejo la bici a un lado, me siento sobre un tronco caído y me echo a llorar. Las lágrimas se las llevan los goterones de agua que caen de las hojas de los árboles, vencidos por la lluvia y el viento.

De pronto siento unas manos que me cogen del brazo muy lentamente, levanto la cabeza y veo una aldeana que me sonríe y me abraza. Siento como desaparecen los dolores, la lluvia y hasta la melancolía. Me coge de la mano y me pide que le siga, llevándome a una pequeña casa con un maravilloso fuego donde me ofrece comida, agua caliente para lavarme y un ungüento para la espalda.

 

Dije una vez en una tertulia de viajes que el dios de los cicloturistas te lo quita todo para luego poder dártelo todo y no puedo sino pensar que es totalmente cierto.

Aquí, durmiendo en este camastro, todavía frescos los ecos de mi conversación con Rosa, la aldeana, con el sonido del fuego de leña que va poco a poco muriendo, con esta sensación de que la vida es un maravilloso viaje por las sensaciones y los recuerdos, no puedo dejar de pensar que mi servidor de correo de internet va a reventar de mensajes recibidos y que no pienso volver para mirarlos. Que los únicos mensajes que voy a leer son los de los mapas que me acompañan, los de los pájaros, los de las montañas, los de las nubes y los de las arrugas en la piel de las gentes que encuentre en el camino.

 

Bicitren 2

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Bicitren-2, es una publicación dedicada a rutas de bici montaña por la Comunidad de Madrid utilizando el tren como medio de transporte para acceder a ellas. Son todas rutas de un día, con diferentes niveles de dificultad y con la posibilidad de bajarse el track de la ruta.

La información general se puede ver aquí.

http://www.madrid.org/cs/Satellite?c=CM_Actualidad_FA&cid=1354249777411&language=es&pagename=ComunidadMadrid%2FEstructura

Una ficha más en detalle e incluso un par de capítulos en pdf del libro lo podréis ver aquí:

http://www.madrid.org/edupubli/m_nove.htm

y los tracks completos , para Garmin, compe gps google earth y publicados por el autor Lorenzo Velayos Tomás, lo podrás descargar en su página web.

http://www.tombike.es/HTML/Bicitren-2.htm

Hay que valorar lo positivo que tiene esta publicación, que lo tiene y mucho, pero no podemos dejar de decir que pese a los consejos tan “deportivos” que se nos hace en el propio libro, desde luego cada uno podrá afrontar dichas rutas con un carácter más o menos deportivo o de paseo o de cicloturista, pues todas esas opciones caben en dichas rutas, no sólo la meramente deportiva.

Tampoco queremos dejar de apuntar que hemos visto algunos fallos en la publicación, como el consejo de circular en fila india en carretera, que no sólo no es una obligación con la actual normativa estatal en la mano, sino que se ha demostrado sobradamente como algo perjudicial para la seguridad del ciclista, al permitir a los vehículos motorizados adelantar a los ciclistas sin necesidad de desplazarse al carril contiguo, dejando una distancia de seguridad con el ciclista tanto exigua como ilegal. Lo ideal es circular en paralelo, pues evita la situación comentada y nos hace más visibles. La mayor parte de los atropellos a ciclistas por alcance lo son de ciclistas circulando en fila india o que circulaban solos.

Lo importante, en cualquier caso, es lo que nos une y ese es el espíritu de usar el ferrocarril para desplazarnos a estas rutas y de disfrutar del entorno sin necesidad de causar daños invasivos ni malos humos.

Ave, César, los que van a pedalear (y perder el tren) te saludan

La mañana es fresquita cuando bajo orgulloso, pedaleando, Bravo Murillo. Es temprano aún, no hay muchos coches. Intensa sensación de libertad en un asfalto tomado por asalto, calles a las que mis ruedas van arrancando el sueño. Me emociona ir camino de Atocha sabiendo que, en breve (pobre iluso) estaré cogiendo un tren que me llevará al lugar donde comenzaremos la Vía de la Plata. Algunos minutos después, he sacado dos billetes, indicando que viajamos con bicicletas. Luego he estado sentado, en el invernadero de Atocha, cerca de una hora, mirando las tortugas, leyendo mi librito, hinchando un pelín las ruedas… Cercana la hora de la partida, veo pasar a dos ciclistas, en dirección a las vías y les sonrío. Camaradas de viaje, supongo, en esta Semana Santa que algunos afortunados podemos empezar a gozar antes que los demás. Cuando Alicia llega, nos dirigimos tranquilos al control (desmonta alforjas, pulpo, saco, cinta negra, máquina, guardia jurado, televisor, cara de concentración, cinta negra, bultos avergonzados de haber mostrado sus intimidades, monta alforjas, saco, pulpo, adiós, adiós) nos dirigimos hacia el andén y, en el control de acceso a las vías, cuando queremos dar los billetes, nuestra primera sorpresa (vendrán más, no os impacientéis): nos dicen que ya han entrado dos bicis en el tren (¡maldición, los que he visto antes!) y este tren, que es de altas prestaciones (¿encima cachondeo?), sólo tiene capacidad para tres bicicletas. Vienen los ruegos, los “desmonto mi bici y la convierto en un bulto”, los “no puede ser porque sobrepasa las dimensiones de bulto” “no las sobrepasa”, “sí”, “¡No! (mirada intimidatoria, el ambiente se va enrareciendo), “no” (mirada tranquila, pasando del tema), los “mecagüentoyohesacadolosbilletesdiciendoqueteníamosbicis”, pero de nada sirve ante la férrea labor de placaje que nos hace la cuadrilla uniformada. Nos remiten a Atención al Cliente, pero nuestra atención de clientes se centra en ver,  aterrados, ¡hipercabreados!, cómo el tren se marcha ante nuestras ruedas. Baja a atención al cliente, escucha su comprensión, su “tenéis toda la razón”, su “podéis escoger entre el dinero u otro billete”, y así nos vemos redactando la queja y cambiando nuestros billetes para el siguiente tren, que sale dentro de varias horas y que en vez de las cinco y pico, va a necesitar… ¡siete horas! para llegar a Mérida, (¡oh, Emerita Augusta, tú que con tanto pesar escuchas el llanto de estos dos pobres cicloturistas que, a cientos de kilómetros, se ven impedidos a arribar a las puertas de tu gloriosa ciudad!) Con dolor de gladiadores heridos por tridente oxidado, se nos informa de que la persona que nos vende el billete de tren no puede saber en ese momento –ni nunca, vamos a ser francos- si hay espacio o no en el mismo para las bicicletas, porque nadie le ha comunicado, ni el ordenador le puede mostrar si –como ha sido nuestro caso- ya se ha hecho reserva previa de las plazas para bicicleta de las que dispone el tren, por lo que lo mismo da que le digas que viajas con bici como que llevas para el desayuno un bocadillo de mortadela…Recibirás la misma agradable sonrisa y se te extenderá un billete que te conducirá, directamente, a la puerta del misterio. “¿Habrá espacio en este tren de altas prestaciones para la bici?”, te preguntarás, acariciándote la barbilla, eso sí, sin poder mirar el Mare Nostrum ni su inmensidad antaño azul surcada de galeras, pues ante ti tan solo tendrás mesas donde ávidamente son devorados cafés con donuts y zumos de naranja. Pero caminarás, sin miedo, con tus sandalias, por la arena, hacia la puerta de embarque…

No hace falta repetir que, varias horas después, tuvimos que pasar otra vez el control (para más detalles, léanse la descripción arriba descriptivamente descrita) y volver, de nuevo, a situarnos frente a la barrera de placaje, que por fin se abrió cariñosa ante nosotros. Cogemos el tren siendo atendidos por la misma cuadrilla laboral, (esta vez de buen rollito: ¿veis como no había problemas, tontitos? Este tren tiene un espacio muy bueno para vuestras bicis, venid, venid, no os preocupéis que ya me encargo yo de ayudaros con la bicicleta, entenderéis que yo cumplía mi labor, etecé, etecé)

Tras arrancar la máquina, descubrimos que viajar en este regional es interesante de ser vivido, como mucho, una vez en la vida. Parece, en algunos tramos, una diligencia que a punto estuviese de descuajaringarse. El traqueteo cafetero, la velocidad punta que alcanza en determinados momentos (acabo de ver a dos escarabajos haciendo el amor), son factores que inducen a recordar aquellos viejos tiempos nunca vividos, afortunadamente, en que uno echaba el día (con su noche correspondiente) para llegar desde la capital de la Península a uno de sus puntos extremos. Ante esta ralentización temporal, observo los olivos, las sendas de tierra que serpentean entre ellos, y casi me parece ver a esas legiones que, a pie, recorrían las calzadas a lo ancho y pancho de Hispania, (y lo hacían, seguramente, más veloces que nosotros…) Reflexiono y descubro, con pesar, cómo esta experiencia pone de manifiesto la distancia existente entre mis valores – mi apología por la lentitud frente a las prisas y el estrés-, y el modo en que reacciono ante una situación que me permite ponerlos en práctica. Como en tantas otras cosas que defiendo, me digo que aún me queda mucho por aprender, por vivir, para ser coherente conmigo mismo…

Emérita Augusta se sorprende al vernos llegar de noche, pues sabe que hace ya muchos lustros abandonamos nuestra villa, cerca de Complutum, pero nos acoge cariñosa y, para compensar el agravio sufrido, nos facilita un albergue de peregrinos donde dormir (¡por los dioses!, ¿camino de peregrinos?, ¿a Santiago de Compostela? ¡Un nuevo espacio okupado a los paganos por la Santa Madre Iglesia!) El albergue es un bello edificio de piedra donde algunas horas más tarde, cuando queramos mimir, seremos deleitados por el potente roncar de un hombretón de barba blanca y prominente buche (umm, se parece a Santa Claus…) que me obligará a utilizar los tapones para los oídos que a punto estuve de no coger por creerlos innecesarios. Pero eso será después, porque lo primero que hicimos fue cenar y, luego, visitar la ciudad. Una urbe que se abrió, silenciosa, ante nuestros pasos meditabundos, ante nuestras preguntas, que buscaban un acto festivo nocturno en el centro de la emérita Emérita Augusta. A lo largo de nuestro caminar, nos encontramos con el Arco de Trajano -que en realidad es de la época de otro emperador-, y con el Templo de Diana -en el que nunca se rindió devoción a dicha diosa-. Seguimos recorriendo esta ciudad de sutiles engaños y, después de ver una dramatización del juicio de Cristo en el que los soldados romanos reían y saludaban a los suyos, entre el público, volvemos (¡Santa Claus nos espera con su sierra sonora!) al albergue. Al día siguiente emprendemos nuestro camino, esta vez sí, por fin, sobre nuestras queridas bicicletas a través de la Vía de la Plata. Del hermoso viaje, pinceladas: campos rojos, verdes, amarillos, muchas pedaladas, encinas, conejos, un miliario romano, águilas, algunas averías, camaradería, sendas de piedras molestosas, bajadas espídicas, otro miliario tumbadito, algún amago de lluvia, Santa Claus roncante en el siguiente albergue, unos ciclistas del País Vasco que recorren la Vía desde el norte, otros de Madrid que se desviarán hacia Monfragüe, bocatas, sopitas calentadas en el hornillo hecho con latas de cerveza, etcétera, etcétera.

Merida Salamanca, foto 1                                                        Merida Salamanca, foto 2

Tres días y medio después, 235 kilómetros más tarde, me desligo del grupo y pedaleo hacia Plasencia, donde cogeré el tren a Madrid (espero). Para llegar a esta urbe he de subir una ristra de kilómetros pesadísimos, desde Corcubión, por una carretera hipersaturada de vehículos contaminantes que, al pasar, lanzan bruscos golpes de aire sobre mi tranquilo pedaleo arcenístico. También interviene un camión, cuyo conductor no tiene mejor idea que pitarme justo cuando está a mi altura, con lo que si su propósito era avisarme de su llegada, casi consigue que del susto me meta debajo de sus inmensas ruedas. Luego, para más inri, el viento en contra, las patitas cansadas, el sudor que se enfría con este frío y, una vez he coronado la parte más elevada, justo cuando estoy incorporándome del sillín para enderezar mi espalda, zas, un mosquito en el ojo derecho. Estoy solo, no tengo ningún espejo, y le noto moverse inquieto unos segundos. ¡Por Júpiter!, ¿quién te manda meterte ahí? Con cuidado, y fortuna, al tun tun, puedo sacarle, ya cadáver, de mi ojo. Le hago un entierro digno –su cuerpo, muerto ya, ofrecido al viento- y bajo a Plasencia. Con temeroso tembleque espiritual, al sacar el billete, pido confirmación de que tengo plaza para la bici. Un par de llamadas telefónicas y se me dice que sí (¿podré confiar en este señor de azul que me recuerda a otros señores de azul? Que los hados me sean favorables…) Como dispongo de algo de tiempo, realizo una no muy extensa visita a la ciudad: una hermosa plaza mayor, una ración de patatas pobres con pimiento y huevo revuelto, una cervecita y, antes de partir, un encuentro con los camaradas mayriteños. ¡Qué agradable ver esas bicicletas apoyadas unas sobre otras, ocupando un espacio considerable en plena Plaza Mayor, reivindicando otro modo de viajar, de vivir, a lo largo de esta península de bárbaros! ¡Y sentarme, y charlar al solecito! Pero me tengo que ir, que sale mi tren. Me levanto, adiós, adiós, cojo mi bici, tris tras, tris tras, llego a la estación, un té con un bollito, y, al venir el tren de altas prestaciones dejo a mi bici colgada, como si fuera un chorizo -de un gancho terrible que está junto a una ventana- y me siento. Mis muslos burbujean. Me quito las sandalias. Arena entre mis dedos. El sol. Sus rayos oblicuos cayendo sobre esa calzada pisada por legiones antaño invencibles. Roce de escudos, un trote rítmico. El águila imperial reverberando sobre sus cabezas, puntas de lanza que brillan con destellos de plata, ese cielo hermoso (que al día siguiente verterá nieve sobre mis compañeros), esos árboles que son como garabatos sobre el verde, y yo, mirando a través del cristal, que me voy quedando dormido, me…voy…quedando…dormido…, m..e…….. v…o…y………………………………..

Walter Post Villacorta

RENFE cobra a los ciclistas por un servicio tercermundista

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Ni aún pagando un billete en toda regla  por nuestra bici podemos asegurarnos un espacio para colocarla en el tren, Tras obtener dos billetes para bicicletas hace unos días nos encontramos con que el tren es de la serie 470 pero sin máquina autoventa y espacio para bicis. Todo ello estaba ocupado por asientos. Sin embargo fuera del tren sí que estaba el logotipo de la bicicleta.

Es decir. Te hacen pagar por un espacio que no tienes. Encima el tren te indica que hay un vagón para bicis y es falso. Y por último, como tenemos los billetes y por lo tanto el derecho a viajar, nos metemos dejando las bicis apoyadas en la puerta y teniendo que ir en cada estación a mirar si el andén cae por ese lado y, si es el caso, cambiando las bicis de lado, con la consiguiente molestia a los viajeros y, por supuesto, la consiguiente molestia a nosotros mismos que no disfrutamos nada del largo viaje. Hemos puesto la correspondiente reclamación, por supuesto, exigiendo además la devolución del dinero que hemos pagado, porque eso no son maneras de viajar.

La guarda de seguridad que subió en Zaragoza (cuando ya llevábamos más de la mitad del viaje) nos indicó cómo colocar nuestras bicis para no estorbar las puertas, ni bloquear el acceso a los botones de apertura y cierre de las mismas. Los pedalibreros ya lo hemos hecho así  en otras ocasiones, pero realmente es una situación que crea un peligro y resulta un problema de seguridad ¿RENFE puede permitirse poner en riesgo a los viajeros?

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Afortunadamente, en el viaje de vuelta Barcelona – Madrid, el tren disponía de espacio para las bicis y pudimos sentarnos tranquilamente a disfrutar del paisaje durante el itinerario.

Vaya nuestro agradecimiento a los interventores que, en general, son gente de buena disposición y amable con los ciclistas, facilitan con diligencia la info de que disponen y comprenden nuestras necesidades. Nos gustaría hallar esta sensibilidad también en las autoridades y técnicos en materia ferroviaria que redactan y publican la normativa de trenes.

Por otra parte, algo que observamos con agradable sorpresa en la estación de Barcelona – Sants fue un cartel informativo sobre la intermodalidad tren + bici. De forma esquemática explica la normativa para llevar tu bici en los distintos tipos de trenes. Nos gustaría que en otras estaciones como Chamartín, Atocha, Príncipe Pío, Nuevos Ministerios existiera una información tan clara y accesible. Lo mismo es aplicable a otras provincias, por supuesto, si no existe ya.

Normas generales (bici + tren)

Normas generales (bici + tren).

 

¿Calidad en el servicio de RENFE para los usuarios y sus bicis?

NO GRACIAS, LOS CICLISTAS SOMOS TRATADOS COMO VIAJEROS DE CUARTA CATEGORÍA

¿Será posible algún día esta amistad? Creo que sí.

¿Será posible algún día esta amistad? Creo que sí.

Es incomprensible que un país de la Unión Europea, supuestamente moderno y avanzado en las últimas tecnologías, no sea capaz de coordinar el billete de un viajero y el de su bicicleta para obtenerlo vía internet.

Tengo el encargo de un amigo que viaja en tren de obtener billetes para su bici en los siguientes trenes:

  • Día 20 de julio de 2013: Tren regional nº 33050, 8,07 h. (MCHAMARTIN a MORA NOVA)- 2 bicicletas
  • Día 28 de julio de 2013: Tren regional nº 33501, 8,47 h. (BCN FRANCA a MCHAMARTIN)- 2 bicicletas

Él ha conseguido los billetes por internet sin mayor inconveniente, pero, enterado de que ya no se puede obtener un permiso para bicicletas como hasta ahora, sino que es preciso obtener un billete al coste de 3 euros cuando el trayecto supera los 100 km., se encuentra con la situación de que el sistema informático no lo proporciona. No sabe cómo hacerlo y me presto a ayudarle, pues me interesa mucho.

Llamo a RENFE y me informan en el teléfono de estaciones 902432343 (ADIF) que puedo sacar dicho billete en cualquiera de las estaciones principales de venta anticipada (Príncipe Pío, Atocha, Nuevos Ministerios o Chamartín). Decido acercarme a Atocha antes de ir a trabajar por la mañana, con el fin de evitar las colas de espera de la tarde (ojo, es preciso enterarse del horario de apertura de cada una de ellas, en Atocha y Chamartín están desde las 6,00 AM, en Príncipe Pío a partir de las 9,00 AM y en Nuevos Ministerios no supieron decirme, ya que es una oficina de venta privada).

Cuál es mi sorpresa que al llegar a Atocha en la venta anticipada de la zona del AVE y largo recorrido no tienen preparado el sistema. Corro por el pasillo hacia venta anticipada de la zona de Cercanías. En el puesto que me corresponde el chico me informa que en Atocha no me pueden facilitar el billete para bicis, que sólo puede hacerse en Chamartín y he de desplazar me allí. Ante mi protesta por la información que me facilita, la cual difiere diametralmente con la recibida por teléfono, me indica que pregunte en “Atención al cliente”. Me dirijo allí y la encargada me pregunta qué puesto me ha dicho eso, que me ha informado incorrectamente.

De vuelta al puesto nº 9, que me atendió, el joven me pide disculpas y procede a sacarlo. Como no llevo el billete físicamente, sino anotados en un papel los datos de nº de tren y fechas, le dejo el pen drive donde tengo los billetes electrónicos. Casualmente, no puede leer el contenido de este soporte, ni puede instalar el software necesario.

Intenta hacerlo de otra manera y “negativo”, no hay plazas disponibles para bicicletas en ninguno de los trenes. Es tan extraño que le digo que “es imposible, el sistema no está bien, no funciona”, seguridad amparada por los años que llevo viajando en tren con la bici. Mi objetivo es irme con los billetes, así que mi decisión imperturbable le hace dirigirse otra vez a sus superiores (los cuales no le habían informado de este nuevo sistema de obtención de billetes para bicis, dicho sea de paso) para ver la manera de atenderme. Efectivamente, la implantación del billete para bici es nueva en Atocha y no funciona bien todavía. Finalmente, procede a facilitarme un billete que llaman “fuera de venta” (debe ser un truquito, cuando la aplicación no marcha en condiciones) y me voy tan contenta (bueno en realidad es un billete por cada bicicleta y trayecto donde señala el motivo del mismo “bicicleta a bordo tren 33050”.

Os adjunto el billete escaneado para que lo veáis. Supongo que esta no es la opción normal. No obstante, es su obligación proporcionar el billete como sea, que para eso la normativa ya está en vigor. Y no es justo que nos hagan desplazarnos por todo Madrid para obtener el billete de bici. Alguien que vive en Cuatro Vientos, por ejemplo ¿ha de costearse un billete de Cercanías para llegar a una estación de venta anticipada y obtener su billete de bicicleta, además del tiempo que emplea en realizar este trámite?

Billetes bici. 3 euros por trayecto y bicicleta.

Billetes bici. 3 euros por trayecto y bicicleta.

Por cierto, en el reverso de billete se indica que este servicio está cubierto por el Seguro Obligatorio de Viajeros (S.O.V.) y el Seguro de Responsabilidad Civil (S.R.C.). Por lo que entiendo que, en caso de desperfecto, habrá alguna compensación económica. Lo cierto es que no he mirado el Reglamento al respecto.

En conclusión, los ciclistas somos viajeros con los mismos derechos y obligaciones que el resto de viajeros. Por lo que considero  una absoluta incoherencia este sistema de venta de billetes, y en consecuencia, solicito que este servicio sea facilitado lo antes posible por internet, al mismo tiempo que las condiciones para llevar las bicis en los trenes mejoren sustancialmente.

Cicloturismo y defensa del servicio público ferroviario de regionales en el corredor Madrid-Segovia

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Hay ciertas líneas de tren que aparentemente se presentan como deficitarias, entre otras cosas porque han sido abandonadas a su suerte durante décadas. Y este es la actual situación de la línea Cercedilla-Segovia, permanentemente amenazada de cierre.

El 25 de Septiembre de 1993, se procedió a la clausura del tramo Segovia-Medina del Campo, que precisamente ahora, se va a reconconvertir en la “Via Verde del Valle del Eresma”, actualmente en fase de obras, esperando su apertura para Agosto de 2013.

Interesadamente, desde la apertura de la línea de Alta Velocidad Madrid-Segovia-Valladolid, solo se prioriza ésta opción, en detrimento del tren convencional de toda la vida, el cuál (desde 12-05-2013) ha sufrido un recorte en el número de circulaciones diarias, pasando de 7 a 3 entre semana, e “inventando” un nuevo transbordo en Cercedilla, para poder llegar a Segovia, aspecto que antes no ocurría y que introduce un plus de incomodidad para el pasajero, así como un incremento de 7 minutos más en el tiempo de viaje, para así ir tirando -literalmente hablando- viajeros del tren, y luego justificar su cierre definitivo.

Nos oponernos activamente a las pretensiones del Ministerio de Fomento de reducir de manera significativa los servicios ferroviarios regionales y de media distancia.

Creemos que no podemos seguir aceptando pasivamente la reducción de servicios ferroviarios aduciendo para ello criterios de rentabilidad económica y de baja afluencia de viajeros, más aún cuando esta situación ha sido consecuencia directa del abandono y la desinversión al que el ferrocarril convencional ha estado sometido durante mucho tiempo.

El mantenimiento del ferrocarril obedece, al mismo tiempo, a la necesidad de ahorro y eficiencia energética, a la lucha contra las emisiones de gases de efecto invernadero que provocan el cambio climático, a la mayor seguridad que este ofrece y a la exigencia de promover un cambio en nuestro modelo productivo.

Pensamos que el atractivo que supone la próxima apertura de la “Via Verde del Valle del Eresma” (iniciativa en la que ha colaborado el Ayuntamiento de Segovia y la Fundación de los Ferrocarriles Españoles), puede contribuir al auge del cicloturismo en nuestra región, y así de paso aumentar la estadística positiva de ocupación de ésta línea, por lo que reivindicamos su mantenimiento y mejora, así como la promoción de la intermodalidad BICI+TREN, reservando más espacios en el tren para el transporte de bicicletas, ofreciendo alternativas, como bajar los precios (en Francia en la región del Languedoc-Rousillon en las líneas más deficitarias se ofertan los trenes a sólo 1 euro y con ello se ha incrementado su uso) y adecuando los horarios a las necesidades reales de la población.

Cicloexcursión: “Via Verde del Valle del Eresma”: Segovia-Coca
Madrid. 22 y 23 de Junio de 2013.

Bici+tren: Sí, se puede

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Se vienen dando algunas voces de alarma en torno al tema del fomento del uso del tren en lo que respecta a la programación de rutas cicloexcursionistas realizadas por Pedalibre. Esto mismo está ocurriendo en otras asociaciones cicloexcursionistas.

Resulta obvio que el actual status del bici+tren en nuestro país no favorece esta combinación intermodal, es más, dificulta esta planificación del viaje, máxime cuándo queremos lograr una participación de grupos grandes (15 personas o más), por lo límites existentes en la oferta a 3 plazas/bici en muchos trenes (Media Distancia, Intercitys). Es por esto que muchos socios convocantes de excursiones cicloturistas, optan directamente por recurrir al automóvil privado, para así resolver aparentemente el problema, descartando el uso del ferrocarril, como medio para llegar a los puntos de inicio y regreso de las rutas que se proponen.

En la actualidad, el ferrocarril atraviesa uno de sus momentos más dramáticos, amenazado por la fragmentación y privatización, la eliminación de muchos servicios de viajeros con alto contenido social y por el cierre de líneas en los territorios que más lo necesitan.

Desde Pedalibre pensamos que en muchas ocasiones,  con un poco de esfuerzo planificador, se pueden seguir proponiendo rutas que tengan en cuenta la posibilidad de incluir al tren en primera opción, aprovechando los horarios de viernes tarde y sábado por la mañana para la ida, en el caso de una excursión de fin de semana, para así realizar una salida escalonada e igualmente para el regreso; y complementando con el autobús si existiera; recurriendo al uso del vehículo privado motorizado como complemento, pero en último lugar. Y no al revés.

En Madrid, por ejemplo, siguen existiendo aún unos cuantos  corredores ferroviarios de Media Distancia que permiten el uso del Bici+Tren, aún con sus limitaciones:

-Madrid-Cercedilla-Segovia
-Madrid-Cuenca-Valencia
-Madrid-Guadajara-Sigüenza-Arcos de Jalón-Zaragoza-Barcelona
-Madrid-Talavera-Navalmoral-Plasencia-Cáceres-Badajoz
-Madrid-Avila-Salamanca
-Madrid-El Escorial-Avila-Medina-Valladolid-León-Burgos-Santander-Vitoria-Irún
-Madrid-Alcázar de S. Juan-Albacete
-Red de Cercanías de Madrid

¿De verdad que hay que seguir haciendo la mayor parte de las veces uso del vehículo privado motorizado por falta de oferta en el tren a la hora de planificar las cicloexcursiones?

Desde Pedalibre proponemos cambiar de estrategia y, al organizar excursiones cicloturistas, pensar primero en cuáles son las líneas de tren que admiten bicicletas (que aún son muchas, como podéis ver, y llevan a lugares de indudable interés cicloturista) y, a partir de ahí, organizar la ruta que nos permita ser lo más coherente posible con nuestra idea de transporte y de sostenibilidad.

Creemos que ahora, más que nunca, sería necesario seguir utilizando el ferrocarril que hemos construido entre todos, y que pertenece a la sociedad, fomentando su uso, tanto en nuestra Asociación como en otras afines o grupos individuales, y exigiendo que se adecue a nuestros intereses, si éstos no son satisfechos, como colectivo usuario de la combinación bicicleta+tren.

Más información sobre bici+tren

Campaña bicis al tren, completísimo blog de ConBici sobre la materia